miércoles, 12 de junio de 2019

ADIÓS A LAS HUMANIDADES


Todo conocimiento admite dos usos distintos: puede servir a un propósito inmediato, como guía de una actividad técnica, y puede servir a una finalidad más permanente y menos visible al orientar el pensamiento y la conducta a largo plazo. Al segundo uso le llamamos humanidades, y alude al refinamiento y al embellecimiento de la vida. Su carácter es formativo.

Como decía William James: las humanidades ayudan “a reconocer a un hombre bueno cuando lo tengas delante”. ¿Pero cuál es el estado actual de las humanidades? Con elegancia, con sensibilidad y modestia, Jacques Barzun acomete el riesgo que entraña esta pregunta.

ADIÓS A LAS HUMANIDADES

Por: Jacques Barzun
Traducción de Beatriz Martínez de Murguía

¡Ay las humanidades! de dientes para afuera todo el mundo habla de su importancia, todo el mundo está de acuerdo en que no hay nada mejor que un humanista completo, pero lo cierto es que ni los estudiantes se humanizan en su contacto con las humanidades ni tampoco las eligen masivamente, y la opinión mayoritaria, aunque velada, es que las humanidades son sólo para quienes quieren dedicarse profesionalmente a alguna de sus ramas.

Si esto es cierto, y tengo muy buenas razones para creer que lo es, eso significa que la atención que se ha dedicado a las humanidades durante su larga y pública agonía ha estado mal dirigida. ¿En qué consiste la equivocación? Para empezar, ¿sabemos realmente cuáles son las humanidades? Por lo general se cuenta el estudio de la lengua y la literatura, la historia de las artes, la filosofía; en ocasiones, la historia, aunque eso depende del capricho de los científicos sociales; en cualquier caso no tiene mayor importancia. La triple división -ciencias, ciencias sociales, humanidades-, útil en términos de organización académica, contiene el germen del mal que ha infectado prácticamente todo intento de dar un nuevo impulso a las humanidades y hacerlas provechosas. El hecho de que se agrupen determinadas “materias” por su oposición a otras materias denominadas no humanistas ha dado lugar a que las humanidades se transformen, al igual que esas otras materias, en meras especializaciones. Como consecuencia, su propósito original se ha perdido o ha quedado pervertido.

Tan es así que la literatura y las artes se estudian ya de una forma puramente técnica. No se estudia poesía y narrativa o arte y música para recibir y disfrutar lo que en sí ofrecen, sino para poner en práctica algún complicado método que excluye cuidadosamente las sensaciones, el placer y la meditación. Estos “enfoques”, como se les denomina (y acertadamente puesto que no llegan al corazón del asunto), pueden ser o no adecuados para aquellos estudiantes que deseen especializarse en lo que alguna vez fue una materia humanística. Lo que importa no es su valor, sino que si las humanidades se convierten en otras tantas ciencias sociales o ciencias de cualquier clase, no puede esperarse que de ello resulte una mayor humanización.

En realidad, esta afirmación es una tautología velada, pero implica el criterio básico de que la enseñanza de humanidades a quienes no son especialistas requiere una actitud humanista. El maestro debe extraer de las humanidades todo lo que éstas tienen que decir sobre el ser humano, y tanto el programa de estudios como el departamento, el decano y las asociaciones profesionales deben permitírselo. La conclusión ofrece descubrimientos inesperados. Escuchemos hablar sobre ello a William James, en una reunión de las primeras mujeres graduadas en universidades norteamericanas.

Hace tiempo ya que lo que se enseña en particular en las universidades recibe el nombre de “humanidades” y éstas a menudo se identifican con el griego y el latín. Pero el griego y el latín tienen un valor humanístico general en cuanto literaturas, no en cuanto idiomas; de modo que en un sentido amplio el término humanidades se refiere fundamentalmente a la literatura e incluso, en un sentido más amplio, al estudio de las grandes obras maestras en prácticamente cualquier campo de la actividad humana. La literatura mantiene la primacía, puesto que no sólo se compone de obras maestras sino que trata en gran medida de obras maestras, y cuando adopta la forma de crítica o historia apenas es algo más que una interesante crónica de grandes golpes maestros.

Debemos tomar la definición que ofrece James de manera literal: los “golpes maestros humanos” incluyen los grandes logros de los científicos físicos:
Si se enseña históricamente casi cualquier cosa puede tener un valor humanístico. La geología, la economía y la mecánica son humanidades cuando se enseñan en relación a los logros sucesivamente alcanzados por los genios a quienes estas ciencias deben su razón de ser. Si no se enseña de esta manera la literatura se reduce a una gramática, el arte a un catálogo, la historia a una lista de fechas y las ciencias naturales a una hoja de fórmulas y pesos y medidas.

La criba de la creación humana: a eso debemos referimos cuando hablamos de humanidades.

La exclamación final de James no pretende intimidar a los departamentos de ciencias para que se orienten hacia las humanidades, aunque algunos científicos ya lo hagan y otros más estén deseando hacerlo. James vio como una auténtica posibilidad lo que en parte ya se lleva a cabo en los cursos de historia y filosofía de la ciencia, donde se estudia la creación científica como parte de la biografía y la historia cultural humanas.

Pero la enseñanza implícita en las palabras de James puede aplicarse de manera aún más general. Lo que dice es que todo conocimiento puede tener dos usos distintos: puede servir a un propósito inmediato y tangible en cuanto guía de la actividad técnica, y puede servir a una finalidad más permanente y menos visible al orientar el pensamiento y la conducta a largo plazo. Si al primer uso le denominamos vocacional o profesional, el segundo puede llamarse social o moral (o filosófico o civilizador); el término no importa. Uno alude al conocimiento práctico y el otro al refinamiento.

Durante los últimos cien años, las escuelas y universidades americanas han confundido ambos usos sin saberlo, con la esperanza de que sus estudiantes se beneficiaran de los dos. Es un buen propósito. Las dos actividades merecen la pena y son valiosas desde el punto de vista práctico, pero requieren usos distintos tanto de la materia que se imparte como de la mente, y no es posible fundirlos en uno solo.

¿Cómo llegó a cometerse este error? A finales del siglo XIX las universidades estaban sometidas a una gran presión por parte de las ciencias naturales, de la economía organizada, de las tecnologías en crecimiento y de las nuevas profesiones. Además, los estudios de postgrado estaban subiéndose al carro de la especialización. De alguna manera los cursos de licenciatura tenían que justificar de nuevo su existencia. Sólo podían aferrarse al campo de las letras para tener una función diferenciada, de modo que para atender la demanda social de profesionales y la demanda académica de especialistas, las universidades acabaron con el plan de estudios clásico y tradicional e inventaron el sistema electivo. El gran exponente de este cambio fue el doctor Eliot de Harvard, que era químico.

Como científico, el doctor Eliot seguramente esperaría que un futuro químico o geólogo cursara tres, cuatro, seis o más años de su materia para convertirse en un consumado científico. Pero estaba muy satisfecho si ese mismo estudiante de licenciatura cursaba, aparte de sus materias científicas, un semestre de una cosa y otro de otra durante cuatro años, quizá cuatro años de estudio iniciales. La necesidad de construir, de manera rigurosa y controlada una educación humanista se olvidó se extravió en el cambio. El plan de estudios universitario se rompió en pedacitos y los departamentos se transformaron en pequeños principados que competían por los estudiantes y buscaban su prestigio en la especialización.

No todos los pensadores de la educación cometieron la misma equivocación. William James se dio cuenta de ello, también John Jay Chapman, así como Woodrow Wilson, director de Princeton, que vivió más de cerca el conflicto institucional. En 1910 dirigió un discurso en Madison, Wisconsin, a la Asociación de Universidades Americanas acerca de “la importancia de la carrera de letras como diferente de las carreras profesionales y semiprofesionales”. Inició diciendo: “Toda especialización, incluida la formación profesional, es nítidamente individualista en su objetivo... El objetivo... es el interés particular de la persona que busca esa formación”. En su opinión dicha exclusividad era “el peligro intelectual y económico de nuestra época”: un peligro intelectual porque el individuo que sólo ha sido formado es una herramienta y no una mente, y un peligro económico porque la sociedad requiere de mentes y no sólo de herramientas. Wilson temía la osificación social e institucional producida por las rutinas establecidas. Consideraba que “para cuando un hombre llega a la edad en que su hijo puede asistir a la universidad, está tan inmerso en una especialización que ya no puede entender el país ni la época en que vive”. Por ello la tarea de la universidad (debía ser) re-generalizar cada generación a medida que apareciera”.

La afirmación de Wilson es precisa además de sugerente: re-generalizar, es decir, corregir un defecto recurrente. Para lograrlo deseaba “una disciplina cuyo objetivo sea hacer del hombre que la recibe un ciudadano del mundo social e intelectual moderno, en contraposición... con una disciplina que tenga por objetivo convertirlo en discípulo aventajado de una cierta especialización”. Abogaba por un cuerpo de estudios que tuviese como finalidad “una orientación general, la generación de una visión del área de conocimiento... el desarrollo de la capacidad de comprensión”.

William James y Woodrow Wilson ayudan a comprender que las humanidades, las letras, se sitúan en el extremo opuesto de las especializaciones profesionales, incluido el estudio académico de las humanidades; parece fácil de comprender, pero está claro que resulta difícil de recordar. ¿Por qué? Porque el impulso hacia las profesiones provoca la pregunta escéptica de ¿qué utilidad pueden tener las letras para la formación profesional? ¿No serán un obstáculo para la instrucción o se verán perjudicadas por ésta? Ni James ni Wilson se oponen a la especialización o a la formación profesional. Las reticencias se originan en el lado contrario, el de los oficios y las profesiones, y hace falta con­frontarlas. Así lo hizo James en una frase ya famosa aunque no siempre se entienda: “Después de reflexionarlo largamente, ésta es la respuesta más concisa que me es posible ofrecer: el mejor reclamo que una institución educativa puede hacer sobre uno, lo mejor que puede aspirar a alcanzar para uno mismo es: que te ayude a reconocer a un hombre bueno cuando lo tengas delante”. (Está claro que al referirse a un hombre no se refería a un varón sino a un ser humano). Al dirigirse a las mujeres, Wilson, añadía: Esto es tan cierto en el caso de las escuelas masculinas como en el de las femeninas, y me esforzaré en mostrar que esto ni es una broma ni tampoco una abstracción sesgada”. La explicación de su aforismo era la siguiente:

Se dice que en las escuelas (vocacional y profesional) se obtiene una habilidad práctica relativamente estrecha, mientras que en las “universidades” se recibe una cultura más liberal, un punto de vista más amplio, una perspectiva histórica, un clima filosófico o algo parecido a lo que frases de este tipo intentan expresar. Se oye decir que en las escuelas se transforma a la persona en un instrumento eficaz para la realización de una determinada cosa, pero aparte de ello es posible que quede como una especie de petróleo crudo y humeante incapaz de proyectar la luz... ¿Qué significa esto realmente? Para empezar, no cabe duda de que la formación profesional u ocupacional más estrecha no sólo convierte a la persona en una herramienta práctica y habilidosa en su campo, sino que también le hace capaz de evaluar la habilidad de los demás... Buen trabajo, trabajo limpio, trabajo terminado: mal trabajo, trabajo descuidado, trabajo mal terminado: estas palabras ex­presan un contraste idéntico en muchos y muy diversos sectores de actividad...

...Puesto que lo que precisamente reivindica nuestra educación es no padecer esa “estre­chez”, ¿también permite que seamos buenos jueces de lo que es de primera calidad y de lo que es de segundo orden?

La respuesta es Sí, por supuesto:

Al estudiar de esta manera se aprende cuáles son las actividades .que han resistido el paso del tiempo; se adquieren criterios para reconocer lo excelente y duradero. Todas las letras y ciencias y las instituciones representan la búsqueda de la perfección... y cuando se ve la diversidad de las clases de excelencia, la variedad de los criterios, la flexibilidad de sus adaptaciones, se obtiene una comprensión más rica del significado de términos como “mejor” y “peor”... Nuestras capacidades críticas se desarrollan de una manera más precisa y menos dogmática. Se simpatiza más con los errores de los hombres incluso en el momento en que se entien­den; se percibe el patbos de causas perdidas y de las equivocaciones de tiempos pasados incluso cuando se celebra aquello que los venció,.. Lo que se conoce como el sentido crítico, el sentido de los valores ideales, es la simpatía por el trabajo bien hecho de un hombre dondequiera que se haya realizado, la admiración por lo realmente admirable, el menosprecio de aquello que es barato, de mala calidad y poco duradero, Es lo más importante de lo que los hombres llaman sabiduría.

Todo ello nos remite a eso que todavía hoy proclamamos como “la búsqueda de la excelencia”. Si esta máxima no es hipócrita, sí resulta ineficaz. La educación superior otorga títulos que certifican en teoría la excelencia, pero luego se requieren pilas de cartas de recomendación para poder distinguir a la persona realmente meritoria de las demás. Hace falta también suponer que entre las cartas haya una que sea veraz y contribuya a hacerse un juicio acertado. Como no parece suficiente, también se solicita el resultado de exámenes supuestamente objetivos. Es decir que no nos es posible reconocer a un buen hombre cuando lo tenemos delante. No es capaz de reconocerlo la oficina de ingresos, ni el jefe de personal y con demasiada frecuencia tampoco el electorado. Se podría decir, como réplica a eso, que para poder formarse una opinión atinada hace falta experiencia. Cierto, pero no es menos cierto que una educación humanista no sólo ofrece una experiencia indirecta sino que también prepara a la persona para absorber rápidamente la experiencia que le proporcione la vida.

Hace falta inculcar a los estudiantes desde el inicio estas respuestas a la pregunta de ¿para qué sirve la disciplina' humanista? Es necesario hacerles entender, o al menos aceptar provisionalmente, que sus estudios son intensamente prácticos. Debidamente aprendidas, las humanidades transformarán su mente y su carácter de una manera que no puede ser descrita, pero que les será útil a lo largo de su vida.

Es tan importante hacer explícita esa expectativa como abstenerse de emitir falsas promesas. El estudio de las humanidades no hace a la persona más ética, más tolerante, más alegre, más leal, más amable de corazón, más exitosa con el sexo opuesto o más popular. Es posible que contribuya a que algo de eso suceda, aunque sólo sea indirectamente, mediante la consecución de una mente bien organizada, capaz de inquirir y distinguir lo falso de lo verdadero y los hechos de la mera opinión; una mente formada y capacitada para escribir, leer y calcular; una mente atenta al mundo y abierta a cualquier buena influencia, aunque sólo sea por haber estimulado la curiosidad y por estar seguro de uno mismo.

Estas son cosas que uno puede esperar, pero no hay garantía de que se logren. La vida, como la medicina, no ofrece certeza alguna, pero se sigue viviendo y acudiendo al médico. Por eso debe señalarse una vez más que, sin exagerar las pretensiones de las humanidades, lo que hace falta es que el maestro, el departamento, la junta de profesores, la administración, el grupo indispensable de asesores, compartan todos ellos la convicción de que su cuerpo de estudios tiene una utilidad, una utilidad práctica en la vida cotidiana, a pesar de que nadie pueda llegar a decir “Mi exposición ante el consejo de administración ha sido mucho mejor gracias al estudio de Esquilo”. El siguiente requisito es obvio aunque difícil, el conjunto de materias debe ser diseñado e impartido por humanistas. Aunque existen no se les puede contratar al por mayor. De acuerdo con el principio expuesto por James de poder reconocer a un buen hombre cuando se le tiene delante, hace falta un humanista para encontrar a otro que también lo sea. Eso no significa lanzarse a la búsqueda de genios. Lo que hace falta no es un talento excepcional sino una determinada actitud y hábito pedagógico. En la actualidad y a lo largo de todo el país los departamentos de lengua inglesa, de filosofía y de historia están llenos de gente muy competente y erudita, pero sólo una minoría sería ca­paz de enseñar las humanidades como humanidades. La experiencia de cincuenta años en Columbia ha demostrado una y otra vez la validez de esta verdad empírica. Algunos de los que han sido seleccionados para impartir los cursos de Civilización Contemporánea y de Humanidades, o el Coloquio sobre los Libros Clásicas, han fracasado, a menudo por el disgusto que les provocaba la tarea y con frecuencia también por su temperamento muy poco humanista.

En parte, la razón del fracaso es que no es posible enseñar las humanidades mediante conferencias, la preparación de clases o la memorización. El método socrático es el adecuado. Es el método de la discusión, pero no tal como se suele practicar. El auténtico método supone un intercambio dirigido y disciplinado, que se caracteriza por el orden y la secuencia lógica. El instructor no debe forzar a que los alumnos hablen de acuerdo con unos parámetros ya establecidos, sino que debe, según la frase de Swift, “enfriar al sabihondo y despertar al estúpido”, con el fin de desarrollar los temas pero sin dejar que el interés decaiga.

El resultado es una conversación en sentido incluyente. Invita al conocimiento, a la fluidez verbal, la sensibilidad hacia las palabras, la cortesía, la rápida apreciación de la fuerza de una observación, la lógica y a la conciencia permanen­te de que la materia de las humanidades es social no sólo en su génesis sino también en sus consecuencias. En las humanidades, el Hombre ideal se dirige a otros hombres en cuanto hombres y en una interminable variedad de formas: a través del lenguaje en muchos idiomas distintos; a través de la poesía, oral o escrita; a través del discurso de la prosa y el teatro; la música y la danza; la oratoria política y forense; la historia oral y escrita; el mito, la religión y la teología. Todas estas actividades, que pensamos que surgieron de los folletos universitarios o los comités de profesores, son en realidad actividades sociales muy antiguas. Vistas en su conjunto nos ofrecen toda la experiencia de la humanidad.

No es posible absorber, ni siquiera adquirir un leve barniz de esta masa cristalizada de pensamiento y emociones en una carrera universitaria, ni aun en toda una vida. Por eso es importante seleccionar bien cuando se quiere enseñar a los jóvenes, o a los que ya no lo son tanto, el significado de ser humano. Como James indicó, hace falta cribar la creación humana y utilizar los ejemplos más adecuados para dejar una impresión duradera en las mentes que por edad, formación o circunstancias no hayan podido percatarse de este tesoro.

Lo que condujo a la idea de los Libros Clásicos fue la necesidad de escoger. La idea se le ocurrió a George Edward Woodberry, de la Universidad de Columbia, a principios del siglo XX; John Erskine transformó la idea en un curso y posteriormente Mortimer Adler y Robert Hutchins la introdujeron en Chicago y Saint John's. Esta idea ha cobrado ya su propia vida, aunque de ningún modo sea la única manera de introducirse en las humanidades. Está claro que parte del contenido debe consistir en obras originales y no ser una tarea descriptiva o crítica de segunda mano. Resulta mejor y más entretenido leer a Shakespeare que a un comentarista de su obra y escuchar a Beethoven que hurgar en las notas del programa. No hay duda de que un humanista recalcitrante y de vocación estará en capacidad de elaborar un plan de estudios de humanidades.

Pero debe ser un plan de estudios, una secuencia, no un conjunto de cursos en los que se picotee. A lo largo de los cuatro años debe exigirse que se cumpla con las distintas partes de dicha secuencia en el orden adecuado. Un poco de aquí y un poco de allá no lleva a ninguna parte y desde luego no conduce a la adquisición de conocimientos sólidos ni a una forma de pensar. Nadie puede esperar que egrese un licenciado “humanizado” después de haber recibido una manita de literatura universal y otra de historia del arte. La naturaleza misma del propósito humanista excluye el sistema optativo. La persona no preparada desde un punto de vista humanista no puede tener más que opiniones de oídas, o ninguna en absoluto, sobre las materias a elegir y las que nunca verá en absoluto. Una vez más hace falta señalar que la naturaleza social de las humanidades está lógicamente relacionada con el hecho de compartir una formación común y un cuerpo común de conocimientos. La formación debe ser progresiva, tanto si el plan de estudios se organiza históricamente como por temas, y debe por ello enfrentarse al placer de poner en práctica un conocimiento cada vez mayor a medida que se avanza sobre los distintos segmentos. Las humanidades son, de todas las materias imaginables, las que menos se prestan a ser acotadas y encajo­nadas. Recordemos el deseo de Wilson de re-generalizar a la nueva generación.

Al defender la idea de que la formación profesional es individualista y la cultura generalizadora como social, Wilson puso sobre el tapete una cuestión política que hace falta airear. Con demasiada frecuencia se discute empleando términos vagos como “democracia” y “elitismo”: supuestamente, las humanidades favorecerían lo último y remarían en contra de lo primero. Este tipo de argumentos son tontamente inconsistentes. La ignorancia de una persona en literatura y las artes no le convierte en un demócrata ni su conocimiento de ellas le hace un elitista. La posesión de conocimientos sirve para someter a los demás a un poder injusto sólo si se Utilizan con ese preciso propósito: un físico, un abogado o un clérigo pueden explotar o humillar a otros, o pueden actuar de manera humanitaria y benéfica. En cualquier caso resulta absurdo invocar la existencia de una “élite” que maquina la opresión de los demás detrás de cualquiera que saque partido de su status educativo. Como Wilson sabía, los humanistas también son individualistas. En cuanto tales son las últimas personas de las que se podría sospechar que conspirarían contra los legos, que es todo lo que se quiere decir con el estúpido término elitismo.

Lo que realmente representa un peligro, mucho más que esa élite imaginaria, es la combinación actual de una educación humanista especializada y a medio hacer. Corremos el riesgo de convertimos en un país de pedantes. Empleo la palabra literal y democráticamente para hacer referencia a los millones de personas movidos por un cierto tipo de pasión en su tiempo libre y en su vocación. En los dos aspectos de su vida esta pasión se manifiesta en un parloteo pedante. Pienso en los observadores de pájaros y los amantes de la naturaleza, en los jóvenes que coleccionan discos y siguen de cerca la vida de los cantantes de música y las estrellas de cine; me refiero al tipo de conocimiento que tienen los fans de todas clases: los adictos al béisbol y los fanáticos de la ópera, los devotos de los trenes eléctricos y los coleccionistas de objetos, desde una primera edición hasta el netsuke.

No sólo son pedantes porque saben y recitan una enorme cantidad de datos (clamarían contra la tiranía si una escuela les pidiera que aprendieran todo eso). Lo que horroriza no es la cantidad de información que poseen, sino la ausencia de toda reflexión al respecto, algún sentido de la relación entre ello y ellos y el mundo. No tienen nada con lo que comparar o contrastar, no adquieren ninguna perspectiva desde la cima de su monstruosa masa de datos y no emerge ninguna generalización que ilumine la monotonía de su esfuerzo. Todo su aprendizaje es dinero estéril, carece de todo interés porque en un sentido estricto no tiene utilidad ninguna. Alguien podría argumentar que sí se utiliza este conocimiento de datos cuando llega el momento de comprar más libros raros, bandejas de plata o sellos de correos. Pero eso no es utilizar el conocimiento para embellecer la vida y destilar sabiduría, tal como puede hacerse con el conocimiento que se tiene y se utiliza de manera humanista.

Estos comentarios no son los de un outsider desdeñoso. Me encantan el béisbol, la ópera, los trenes eléctricos y las historias policíacas, y sé algo de ello. Pero me deja consternado que otras personas, que saben mucho más, no sepan hacer nada con ello excepto reunirse con sus pares para intercambiar algunos datos...

Los defensores de la educación humanista tienden, como ha sido mi caso, a enfatizar la importancia total que tiene en cuanto disciplina de la mente. Hablan de su carácter formativo, y no tanto informativo, y exhortan a los maestros a no olvidar que no les debe preocupar .tanto una exposición larga y detallada de la materia sino el desarrollo de formas de pensamiento y sentimientos. Algunos humanistas mencionan con un gesto de orgullo que no les importa si diez años después un egresado ha olvidado todo lo que ahí aprendió. Esta aseveración parece querer distinguir la elevación de las humanidades de la inclinación mundana de las profesiones. Es una pose ridícula. Si un estudiante entiende de verdad lo que son las humanidades y para qué son, no podrá evitar recordar en detalle los sucesivos elementos que le llevaron a poseer una mente cultivada.

Por otra parte, las humanidades son un gran vocabulario formado por términos, frases, nombres, alusiones, caracteres, acontecimientos, máximas, réplicas: miles de significados incorporados con los que es posible pensar y evaluar el mundo. Todos estos son datos, todo esto es un conocimiento qué recordar de manera precisa e inteligente. En ese sentido las humanidades proporcionan, como cuerpo de conocimiento, un lenguaje común. Se pide a gritos la “comunicación” y se habla de que se carece de ella. Lo que se debería pedir en lugar de ello es que haya más conversación, que a duras penas practican los pedantes. Pues la conversación es el principio de una buena sociedad y una buena vida. Es la llave que abre las celdas que son nuestras profesiones, nuestros hobbies y, en no menor medida, nuestras bellas artes y nuestra vida académica.


domingo, 9 de junio de 2019

¿AMLO o Trump?: Autoridad o autoritarismo.

Autoridad o autoritarismo. 

José Antonio Robledo y Meza 

Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP 

El asunto de los aranceles nos da oportunidad para hablar de la Autoridad emanada del Pueblo Soberano. 

La palabra autoridad procede del verbo latino auctor que significa “ayudar a crecer”. 

La autoridad es un atributo del gobierno y personas que lo representan por el cual pueden dictar disposiciones o resoluciones y obligan a cumplirlas. ¿Cómo obligar a cumplirlas? Dos son las vías: la violencia o fuerza que es lo que define al autoritarismo o por medio de argumentos, de métodos racionales. Los métodos racionales son atributos de quien posee autoridad. 

El autoritarismo lo ejercen personas que por razón de su sola situación dictan disposiciones y obligan a cumplirlas por el poder de la fuerza; esto define a un Estado. 

La Autoridad lo ejercen personas que además de su situación dictan disposiciones y convencen de su cumplimiento por medio de argumentos y es el valor de estos argumentos que definen el consentimiento de los que voluntariamente se someten a ellas. Esta está regulado por argumentos éticos. 

El autoritarismo se ejerce por quién tiene a su disposición los medios para hacer valer sus disposiciones por medio de la violencia. 

La Autoridad se ejerce por las razones epistemológicas y éticas que acompañan sus disposiciones. La Autoridad se ejerce por quien tiene fundamentos para justificar sus disposiciones. 

La Autoridad epistemológica promueve una aceptación racional dentro de su ámbito, las condiciones de una Autoridad epistemológica son que el portador sea competente en su ámbito y que siempre se maneje con la verdad. 

El autoritarismo está vinculado con el cumplimiento de objetivos prácticos vinculados al futuro pero que solo convienen a unos cuantos, por ejemplo, lograr una reelección y se manda lo que hay que hacer para lograrlo. Quienes obedecen lo hacen en función de sus propios intereses sin considerar ningunos otros. 

La Autoridad también está asociada al cumplimiento de objetivos prácticos vinculados al futuro pero cuyas disposiciones están orientadas a evitar el sufrimiento innecesario de quienes pueden ser potenciales víctimas de una disposición. Quienes obedecen lo hacen en función no solo de sus propios intereses sino considerando también los intereses del resto de la sociedad. 

Esta diferenciación entre autoritarismo y Autoridad permite distinguir los diferentes tipos de conducción que se están dando entre vecinos. 

La conducción de una sociedad por medio de la Autoridad obliga a quien la ejerce a poner el acento en lo pedagógico: transmitir las razones de sus disposiciones para que sirvan de modelo de identificación positiva para todos aquellos que aceptan sus disposiciones como mandato. Esta es una característica importante de la llamada Cuarta Transformación como método racional para proyectar la Nueva República del futuro. 

Puebla, Pue. Paseo de las Fuentes, 9 de junio de 2019

viernes, 7 de junio de 2019

QUETZALCÓATL

Por: Lizzet González García 

Actualmente pocas personas observan el cielo ¿Alguna vez se han dado cuenta de la primera estrella que aparece durante el atardecer? Muy pocos lo saben, pero es la misma estrella que se queda hasta que ya no hay más estrellas en el cielo matutino; incluso se queda hasta que el sol ha salido. 

Algo que sí miran las personas de hoy, son películas de superhéroes; los niños los imitan, quisieran poseer sus grandes cualidades como salvar al mundo y hacer justicia. Creo que todo niño divaga con lo mismo, hay una edad en la que todos fantaseamos con ser superhéroes. 

Elegimos al superhéroe que queremos ser de acuerdo con sus habilidades; elegimos siempre ser el más fuerte, ágil, veloz… elegimos al mejor. Y es que mientras mis compañeros del colegio soñaban con ser algún héroe de los que aparecían en televisión; yo fantaseaba con ser un superhéroe que solo encontraba en las historias de mi chozno, yo quería ser Quetzalcóatl. 

No sé a qué se haya debido mi fortuna de haber conocido a mi chozno, esa palabra ya se ha olvidado hoy; en mi familia siempre existieron personas longevas; incluso se cuentan historias entre los integrantes de mi familia de que hubo alguien que alcanzó a vivir más allá de los 150 años. Mi chozno era un hombre que contaba las historias más asombrosas que jamás haya escuchado. Él fue “abrazado por la tierra” (como solía referirse al momento en que morimos) a la edad de 125 años; era un ser lleno de sabiduría a pesar de que ignoraba muchas de las cosas del mundo actual. 

La fuente de esa sabiduría se la atribuía a su vez a su chozno; él decía que todo lo que sabía se lo había contado él y a él a su vez se lo habían contado sus abuelos y a sus abuelos el primer abuelo Ahuehuecoyotl y la primera abuela Macehualtin. Pero ¿cómo es que los primeros abuelos conocían las historias que contaban a sus hijos? Habían sido los señores del Teteocán quienes les habían contado todo; porque en un inicio las deidades vivían entre los hombres, les servían de guía y les enseñaban cómo vivir en el Tlaltipac. 

En los momentos previos al Tlaltipac, el señor eterno Ometecuhtli decidió crear a una deidad masculina llamada Tonacatecuhtli y a su parte complementaria femenina Tonacacíhuatl. Dichas deidades engendraron cuatro hijos Xipetotec, Tezcatlipoca, Huitzilopochtli y por su puesto Quetzalcóatl. 

Les voy a contar ahora porque Quetzalcóatl se había convertido en mi héroe ideal. Él había nacido dos veces; la vez primera en el Teteocán con los demás señores o deidades, para esta vez lo habían engendrado como ya lo mencioné antes; en este lugar vivían todos los señores creados por Ometecuhtli, quien era el señor de la dualidad y de quien todo proviene. Desde el Teteocán podían observarse todas las cosas creadas; se podían ver los cuatro cuadrantes en los que se dividía el universo: el Mictlampa, el Cihuatlampa, el Huitzlampa y el Tlalocan. Se veían también el Tlaltipac con sus mares y trozos de tierra; así como el cielo con sus trece horizontes y Mictlán con sus nueve ríos que debemos atravesar para llegar finalmente a la última morada. 

Ya desde su primer nacimiento comenzaron las grandes proezas de Quetzalcóatl, quien siguiendo las ordenes de sus padres y junto con su hermano Tezcatlipoca había asesinado a la bestia Tlaltecuhtli para poder crear el cielo y la tierra. Y como todo hijo obediente, recibió el reconocimiento de sus padres. Sin embargo, como todo héroe, tenía una contraparte, Tezcatlipoca. Durante la cruenta batalla contra Tlaltecuhtli, Tezcatlipoca había perdido uno de sus pies; se lo cortó ofreciéndolo a la bestia como carnada y porque sabía que a la bestia le enloquecía el sabor de la sangre de las divinidades. A pesar de este acto de sacrificio y dolor que atravesó Tezcatlipoca, nadie lo reconoció ni le festejó como lo merecía, la mayor parte de las consideraciones habían sido acaparadas por Quetzalcóatl. Si algo nos enseñaron las deidades mientras vivieron entre nosotros fue a amar a nuestros hermanos en la tierra; porque nos inyectaron de sus cualidades, pero también insertaron sus defectos y pasiones; porque no por ser seres supremos a nosotros se encuentran exentos de sentimiento alguno. De ellos también aprendimos a sentir rencor y enemistad como la que sintió en esos momentos Tezcatlipoca por su hermano Quetzalcóatl. 

Para ganar un poco de simpatía con sus padres, Tezcatlipoca se ofreció en sacrificio para ser el sol de la primera era en el Tlaltipac, pero como no alumbró mucho sus padres pidieron a Quetzalcóatl que lo derribara; a lo que Quetzalcóatl accedió, aunque con mucha tristeza porque sabía de la gran ilusión que causaba a Tezcatlipoca alumbrar la creación de sus padres. Y el odio de Tezcatlipoca aumentó cuando supo que Quetzalcóatl alumbraría como sol en la siguiente era de la humanidad. 

La segunda era solar se distinguió por la abundancia de las cosechas en la tierra; todo parecía marchar bien para Quetzalcóatl, sus padres contentos y agradecidos con él no pensaron en la creación de otro sol, hasta que surgió un dilema. 

Se decía que para esta era solar estaría prohibido el contacto entre el hombre y las deidades, cuenta la leyenda que Ehécatl se enamoró perdidamente de una mujer moradora del Tlaltipac; sin embargo, no era correspondido porque en esta era solar los habitantes de la creación aún no podían experimentar sentimiento ni pasión alguna. Pero Ehécatl no podía vivir con la angustia de no poder ser amado por alguien a quien él amaba profundamente. 

Así que Ehécatl imprimió en cada uno de los seres del Tlaltipac la capacidad de experimentar sentimientos y pasiones; de esta manera la mujer y la deidad vivieron un idilio de amor. Lo que Ehécatl no advirtió era que no solo había dado a la humanidad la capacidad de amar, si no que ahora la humanidad también odiaba y padecía. Todo esto alteró el orden cósmico, cosa que disgustó a las deidades moradoras del Teteocán. Por su puesto que Ehécatl y la mujer tuvieron su castigo; tristemente convirtieron a la mujer en un diente de león, para que siempre que Ehécatl intentara acercarse a ella, la mujer transformada en esta florecilla, simplemente se desvaneciera, así jamás podrían volver a estar juntos. 

Sin embargo, las atribuciones que había concedido Ehécatl aquella vez a los moradores del Tlaltipac, quedaron impresas en la memoria con tal fuerza que cada vez que las deidades del Teteocán realizaban una nueva creación de seres, éstos volvían a poseer sentimientos y pasiones. Para compensar la falla y revertir lo que contribuía al desequilibrio del cosmos, los del Teteocán decidieron que ninguno de sus hijos guardaría relación alguna con los moradores de la tierra. Las deidades podían estar al pendiente de las acciones de los hombres, pero estaba prohibido intervenir o relacionarse con ellos; de lo contrario recibirían un castigo. 

Para el tercer sol se eligió a Tláloc, quien fue un sol bastante dadivoso con los habitantes del Tlaltipac, pero sus dádivas crearon hombres perezosos y viciosos. Ya Quetzalcóatl estaba molesto con la humanidad porque veía con gran pesar el sufrimiento y padecimiento de su hermano Ehécatl a causa de la mujer de la que se había enamorado. Lleno de enojo y de furia Quetzalcóatl pidió a Xiutecuhtli que dejara caer una lluvia de fuego sobre los habitantes de la tierra durante el tercer sol; a lo que Xiutecuhtli accedió. Era el castigo que Quetzalcóatl había impuesto a los hombres por no ser correspondidos con los agasajos que Tláloc les había ofrecido. 

De pronto la ira de Quetzalcóatl se tornó en tristeza al ver el sufrimiento que causaba a los moradores de esta era; sintió un profundo arrepentimiento por lo que había ocasionado y pidió a sus padres la oportunidad de una nueva era en la humanidad; a lo que accedieron formando un cuarto sol. Para la formación del nuevo astro se eligió a Chalchiutlicue una de las esposas de Tláloc quien, para cobrar venganza contra Quetzalcóatl, no dejó que la humanidad prosperara, pues todos los días dejaba llover los cielos, hasta que finalmente dejó caer los cielos sobre los moradores del Tlaltipac. Quetzalcóatl trató de evitarlo a toda costa para enmendar el error que había cometido en el tercer sol, pero la fuerza y furia de Chalchiutlicue perseveraron sobre la resistencia de Quetzalcóatl. 

Se dijo entonces que la vida sobre el Tlaltipac ya había sido creada cuatro veces, era hora de crear un quinto sol, el cual superaría a los anteriores. Quetzalcóatl seguía abatido y triste por su falta en contra de la humanidad, por lo que se enfocó en la idea de que la creación del hombre debía ser excepcional. 

En el Mictlán existían unos “huesos preciosos” custodiados y guardados celosamente por Mictlantecuhtli; Quetzalcóatl sabía de la existencia de estos huesos y se le ocurrió que con ellos se podía fabricar al hombre. Quetzalcóatl se adentró en el Mictlán, aún a sabiendas de que nadie había salido con vida de ese lugar. A su encuentro con Mictlantecuhtli, le explicó el motivo de su visita, le mencionó que iba por los “huesos preciosos” para la elaboración del hombre. 

Mictlantecuhtli le ofreció un trato a Quetzalcóatl; si la serpiente emplumada lograba hacer sonar el caracol del señor del inframundo, los “huesos preciosos” le pertenecerían a Quetzalcóatl. En un primer intento, el caracol marino no sonó porque era una pieza completamente sólida, pero Quetzalcóatl no se dio por vencido y con un canto hizo que vinieran unos gusanos que perforaron el caracol para que después soplando Quetzalcóatl lo hiciera sonar. 

De acuerdo con el trato los “huesos preciosos” ahora eran de Quetzalcóatl, entonces los tomó y cuando creyó que saldría victorioso del Mictlán, el lugar comenzó a derrumbarse, lo que provocó que Quetzalcóatl quedara sepultado y tanto sus huesos como los “huesos preciosos” se quebraron. 

Mictlantecuhtli, ni siquiera se molestó en ir a buscar a Quetzalcóatl, pues sabía que éste perecería. Pero el ahínco de Quetzalcóatl era lo suficientemente grande que logró levantarse, salir de los escombros y se dirigió hacia el Teteocán con los “huesos preciosos” casi hechos polvo. 

Tonacatecuhtli y Tonacacíhuatl tomaron los “huesos preciosos”, agregaron agua y fabricaron barro; con este barro hicieron un hombre y una mujer; los cuales se llenaron de vida cuando Quetzalcóatl vertió su sangre de las heridas sufridas en el Mictlán sobre las figurillas de barro. Sobre el Tlaltipac apareció el hombre del quinto sol Ahuehuecóyotl y su compañera Macehualtin; nuestros primeros abuelos; con quienes conversó Ometecuhtli para ponerlos al tanto de lo padecido en el cosmos hasta ese entonces; pidiendo que contaran a sus descendientes lo ocurrido en otras eras; para que los errores no volvieran a repetirse. Ometecuhtli les dijo que ya ninguna deidad intervendría para salvarlos o generarles prosperidad, que incluso entre deidades y hombres no se hablaría la misma lengua; pues ya que de sentimientos no los podían privar; al menos estarían resguardados los secretos del cosmos en la lengua del Teteocán, dónde el hombre jamás podría acceder. 

A pesar de que Quetzalcóatl siempre había sido un hijo obediente; hubo veces que el amor a la humanidad ganó la batalla en su interior y se acercó a los hombres para ayudarlos; para esto se dió a la tarea de aprender su lengua para poder comunicarse con ellos; claro que no debían saberlo en el Teteocán puesto que no quería que la humanidad fuera castigada una vez más. 

Aunque el Tlaltipac le ofrecía todo al hombre para poder vivir, hubo una vez que la comida escaseó; Quetzalcóatl que ya llevaba tiempo observándolos, sintió compasión por los hombres que perdían a sus seres queridos debido al hambre y tomo la decisión de ayudarlos. Quetzalcóatl bajó al Tlaltipac en forma de una hormiga negra y convenció a una de las hormigas rojas para que le mostrara en lugar en el que guardaban sus granos de maíz; a lo que la hormiguita roja accedió. 

Regresó con los hombres Quetzalcoatl y les entregó el grano de maíz, acto seguido les enseñó a cultivarlo para que jamás volvieran a padecer de hambre en el Tlaltipac. 

Quetzalcóatl era un ser demasiado benevolente y se dio cuenta de que viviendo en el Teteocan no iba a poder hacer mucho por los hombres; entonces decidió trasladar su ser al Tlaltipac, para poder vivir entre los hombres. Eligió entonces que tomaría forma humana y se puso a buscar un vientre que lo alojara para que su cuerpo pudiera ver la luz del quinto sol desde la tierra. De entre todas las mujeres que había en el Tlaltipac, eligió a Ximalma; una bellísima mujer que vivía con sus ancianos padres y que estaba llena de bondad y amor. 

Quetzalcóatl tuvo que intervenir en su propio nacimiento, pues mientras Ximalma se bañaba en el río, hizo que se tragara por accidente una piedra de jade en la que moraba el ser de Quetzalcoatl. Cuando Ximalma trago la piedra, Quetzalcóatl utilizando su fuerza se instaló en el vientre de Ximalma y ésta quedó embarazada. Todo esto lo hizo Quetzalcóatl con muy poca precaución y no se dio cuenta de que uno de sus hermanos observó toda la escena. 

Había sido Tezcatlipoca quien lo había visto todo y utilizando su forma de jaguar intentó devorar a Ximalma unos días después; deseaba desgarrar su vientre para extraer a Quetzalcóatl y llevarlo frente a sus padres. Pero Ximalma escapó gracias a que la defendió un guerrero de nombre Mixcoatl; quien estaba enamorado de ella y a quien no le importaba dar la vida por ella. 

Quetzalcóatl tomó la decisión de hablarle a Ximalma desde su vientre; le explicó las razones por las que había decidido engendrarse en ella y Ximalma comprendió que debía dar a luz a Quetzalcóatl sin importar los riesgos o las vicisitudes que esto le pudiera ocasionar. Y así fue, hasta el día del alumbramiento se mantuvo oculta y resguardando al ser que llevaba en sus entrañas; le fue de gran ayuda Mixcoatl quien sabía su secreto y la había cuidado y protegido todo este tiempo. 

El momento del alumbramiento, fue un momento de vulnerabilidad por completo; pues mientras Mixcoatl ayudaba a Ximalma a dar a luz, Tezcatlipoca en su forma de jaguar lo atacó por la espalda y le dió muerte; acto seguido asesinó a Ximalma para después desgarrar su vientre y extraer a Quetzalcóatl, quien era bastante frágil y vulnerable en su nueva condición humana. 

Tezcatlipoca tomó al recién nacido entre sus fauces para llevarlo a la penca de un maguey, para abandonarlo durante la noche y esperando que alguna bestia lo devorara, ya que no podía asesinarlo él mismo o sus padres lo castigarían. Cuál fue la sorpresa de Tezcatlipoca al ver que el maguey abrazaba a Quetzalcóatl para cobijarlo y protegerlo del frío; al mismo tiempo que las hormigas se acercaban con maíz para alimentar a la criatura indefensa. 

Quetzalcóatl había sacrificado mucho por los seres del Tlaltipac desde el inicio; había pasado bastante tiempo en esas tierras y ahora esas tierras le demostraban la misma bondad que Quetzalcóatl les había mostrado. Quizás hubo un momento en que la bestia Tlaltecuhtli se había enfadado con Quetzalcoatl por haberla sometido a una muerte cruel con tal de crear el cielo y la tierra; pero Tlaltecuhtli también comprendía que Quetzalcóatl le había permitido una nueva oportunidad de vida haciendo que de las lágrimas de su sufrimiento surgieran los ríos; que de sus miles de ojos nacieran lagos; que sus cavidades sirvieran como cuevas de refugio a los desolados. Quetzalcóatl le había dado el poder de la germinación a Tlaltecuhtli y le gustaba verse a sí misma como una fuente de alimento y fertilidad; por todo eso estaba agradecida por que en realidad Quetzalcóatl no la había dejado morir aquel día, si no que la había transformado en dadora de vida. Quizás fue por todo esto que Quetzalcóatl había recibido un mayor reconocimiento que Tezcatlipoca, quien solamente había empuñado una espada para clavarla en la bestia. Sus padres, Tonacatecuhtli y Tonacacíhuatl, le tomaron más importancia a aquella genialidad que había mostrado Quetzalcoatl y poco se fijaron en el pie que había perdido Tezcatlipoca. Le iba a costar trabajo a Tezcatlipoca deshacerse del hijo predilecto de sus padres. 

Quetzalcóatl vivió un largo tiempo entre los hombres, siempre cauteloso de su más grande enemigo, pero no podía escapar para siempre. Un mal día Tezcatlipoca engañó a Quetzalcoatl, haciéndolo creer que harían las pases y le ofreció a beber pulque. A Quetzalcóatl le gustó tanto el sabor que bebió y bebió hasta saciarse, lo que él no sabía era que la bebida había surtido un efecto embriagante en su condición mortal. Tezcatlipoca lo condujo de regreso a casa, a convivir con la humanidad que tanto amaba, pero antes utilizó algunos artilugios que hicieron que Quetzalcóatl experimentara visiones y se convirtiera en un ser desalmado, agresivo y grosero; a lo que la gente del pueblo respondió con desagrado, pues Quetzalcóatl jamás había mostrado dichos comportamientos. 

Al día siguiente, cuando Quetzalcóatl despertó y se dio cuenta del mal que había hecho a su gente, volvió a experimentar ese sentimiento de angustia, desesperación y arrepentimiento, como cuando había dejado caer la lluvia de fuego sobre los habitantes del tercer sol. Los habitantes del Tlaltipac no lo miraban con la misma luz en sus ojos. Quetzalcóatl comprendió que todo se trataba de la venganza de Tezcatlipoca. 

Quetzalcóatl ya no podía vivir más en la tierra con los hombres, su pena le hizo embarcarse y desaparecer en el horizonte; no sin antes decirle a los habitantes del Tlaltipac que los seguía amando y que los seguiría divisando sin importar que ya no viviera con ellos. Les dijo que durante el día se ocultaría debido a su gran pesar por la afrenta que les había causado; pero que por la noche velaría sus sueños y les ofrecería protección. 

En aquel atardecer que desapareció Quetzalcóatl los pocos habitantes del Tlaltipac que aún creían en él y que no dejaron de observar como se alejaba en el horizonte; cuentan que observaron claramente como Quetzalcóatl ascendía a los cielos en forma de estrella. Dicen que no desapareció que se convirtió en un astro de luz en una estrella vespertina. Y hubo quienes siguieron observando al astro de luz toda la noche y también por la mañana; argumentando que esa estrella se quedó ahí por la mañana hasta que todas las demás desaparecieron del cielo sobre el Tlaltipac. 

Y a eso se acostumbraron los moradores del Tlaltipac a observar el cielo al atardecer para observar a la primera estrella vespertina, seguros de que era la deidad que vivió entre los hombres. Así mismo todos se quedaban pendientes de la desaparición de la última estrella por la mañana; aguardaban a ver si el Señor Quetzalcóatl había superado su pena y se dignaba a bajar de nuevo para volver a vivir entre los hombres. 

Existen muchas cosas que como humanidad olvidamos; quizás por ello estamos condenados a repetir la misma historia una y otra vez. Mi chozno me decía que Quetzalcóatl jamás nos ha olvidado, que por eso seguía saliendo por la tarde y se ocultaba por la mañana. Mi abuelito, mi chozno siempre dijo que Quetzalcóatl esperaba poder encontrar alguien con suficiente bondad en el corazón para preparar su regreso al Tlaltipac. De niña solo me preocupó acumular la suficiente bondad para lograr ser un buen prospecto del Señor Quetzalcóatl; fantaseaba con convertirme en la nueva serpiente emplumada.

¿AMLO o Trump?

José Antonio Robledo y Meza
Colegio de Filosofía, FFyL, BUAP

¿Quién se ha pronunciado y conducido conforme a la Declaración Universal de Derechos Humanos que invoca en su Preámbulo la «dignidad intrínseca (...) de todos los miembros de la familia humana», para luego afirmar que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos»?

¿Quién se conduce racionalmente con respeto de la dignidad de la persona humana como fundamento último de los derechos y como la finalidad esencial del Estado de Derecho? 

¿Quién ha mostrado que entiende a la dignidad de la persona humana como principio fundante del ordenamiento jurídico y por tanto del Estado, y en este sentido la dignidad como valor?

¿Quién ha mostrado que entiende a la dignidad de la persona humana como principio constitucional?

¿Quién ha mostrado entender que la dignidad de la persona humana es un derecho fundamental autónomo?

¿Quién ha mostrado concebir que la dignidad de la persona humana, contiene elementos subjetivos, que corresponden al convencimiento de que las condiciones particulares de vida permiten alcanzar la felicidad y de que contiene elementos objetivos, vinculados con las condiciones de vida que tiene la persona humana, para obtenerla?

Por lo anterior: 

Los mexicanos apoyamos la postura del Presidente Andrés Manuel López Obrador porque es la postura que hemos definido en el artículo primero de nuestra Constitución Política que establece: “Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.” (Las negritas son de jarm)

Los mexicanos reiteramos nuestra decisión de que estamos dispuestos -porque sabemos y podemos- a gobernarnos a nosotros mismos y por qué mediante este  convencimiento y principio racional nos consideramos personas libres capaces de regular nuestro comportamiento según nuestras propias normas; porque no nos consideramos súbditos ni marchamos bajo el dictado de quien pretende gobernar mediante la fuerza y la violencia.

Los mexicanos apoyamos la postura del Presidente de México porque responde a la universalización y globalización de la dignidad del ser humano y porque este es un presupuesto para la consecución de una verdadera emancipación y pacificación moral de la humanidad.

Los mexicanos apoyamos al presidente de México porque junto con nosotros reconoce que las diferencias de cada persona, es condición para que ésta se sienta digna y libre, que significa apoyar la afirmación de la virtud y la propia dignidad del individuo, fundamentado en el respeto a cualquier otro ser.

¡La dignidad humana es intangible. Los ciudadanos del mundo y los poderes públicos tenemos el deber de respetarla y protegerla!

Puebla, Pue. Paseo de las Fuentes, 7 de junio de 2019

lunes, 3 de junio de 2019

La revolución intelectual mexicana

José Antonio Robledo y Meza
Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP
robledomeza@yahoo.com.mx
WA: 2223703233
Para Miguel Barbosa Huerta, heredero de una portentosa tradición

Está México a principios del siglo XXI en uno de los momentos más activos de su vida nacional; momento de problemas y de creación. Los mexicanos -ejerciendo su talante crítico y creativo- están sometiendo a crítica su vida pasada, evaluando su presente y proyectando su futuro; están investigando qué corrientes de su tradición los ha puesto donde se encuentran ahora –frente a escollos al parecer insuperables- pero que también los está inspirando para conducirlos a una mejor condición.

México está creando su vida nueva, afirmando su carácter propio, declarándose apto para fundar, junto con la humanidad, un nuevo tipo de civilización y siempre acompañado con su formidable tradición.

En el México de 1867 un poblano supo plantear en su Oración Cívica, una visión de valor universal. La visión de la unidad de la historia, la unidad de intención en la vida política e intelectual. La idea es contundente: la humanidad está destinada a unirse cada día más y más.

Hoy el mundo entero está pendiente de lo que pasa con la forma en que los mexicanos están haciendo la revolución. La fuente, lo repito, está en la Oración cívica pronunciada por don Gabino Barreda Flores en la ciudad de Guanajuato, el 16 de septiembre de 1867.

En la revolución mexicana actual están conjuntados el pasado, el presente y el futuro. Las palabras de Barreda contenidas en el último párrafo del documento mencionado son estas:

“Que en lo sucesivo una plena libertad de conciencia, una absoluta libertad de exposición y de discusión, dando espacio a todas las ideas y campo a todas las inspiraciones, deje esparcir la luz por todas partes y haga innecesaria e imposible toda conmoción que no sea puramente espiritual, toda revolución que no sea meramente intelectual. Que el orden material, conservado a todo trance por los gobernantes y respetado por los gobernados, sea el garante cierto y el modo seguro de caminar siempre por el sendero florido del progreso y de la civilización.”

La divisa que sostendrá este proceso revolucionario es: Pueblo Soberano, cuarta transformación y Nueva República; el Pueblo Soberano como base, la cuarta transformación como medio y la Nueva República como fin.

Paseo de la Fuentes, Puebla, Pue. 2 de junio de 2019

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