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domingo, 12 de febrero de 2023

El amor en el prólogo de El Quijote. Indicios y símbolos.

El amor en el prólogo de El Quijote. Indicios y símbolos.

José Antonio Robledo y Meza.

Para todos los amantes del mundo.

 

“Desocupado lector sin juramento podrás creer que quisiera que este libro como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y el más discreto que pudiera imaginarse”. Palabras iniciales del prólogo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

 

 

Como el mismo Cervantes confiesa, le costó mucho trabajo componer El Quijote, pero allí donde halló más dificultad fue en la redacción del prólogo. De aquí derivamos que la importancia y la precisión de un prólogo requiera un extremo cuidado.

Cervantes nos deja en las líneas de su prólogo una serie de indicios y símbolos que sirven para interpretar el conjunto de la obra. Se citarán solo algunos con el deseo de provocar la curiosidad suficiente que lleve a formular preguntas qué haga pensar y que cada lector sea quien se forme una idea de su importancia en el imaginario colectivo que hizo, por ejemplo, a Bernal Díaz del Castillo escribir su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España 27 años después de publicada la primera parte del Quijote.

Cuando Cervantes escribe: “sin juramento me podrás creer”, alude a la costumbre hebrea: jurar cumpliendo el mandamiento bíblico de no jurar en vano (Deuteronomio V, 11). Este detalle, unido a otros, parece indicarnos que, así como Díaz del Castillo lo leyó, debemos leer El Quijote con ojos hebreos, o sea con los ojos de la cábala. Para ésta, las raíces de las palabras tienen una gran importancia; por esta razón intentemos penetrar en el sentido etimológico de la palabra “prólogo”.

Cualquier persona aficionada a la lectura y escritura sabe que un proemio, un prefacio o un prólogo es un conjunto de palabras que preceden al texto de un libro, presentando generalmente al autor y a la obra; sin embargo, esto no ocurre con El Quijote, lo cual nos delata que su prólogo no es ordinario.

La palabra prólogo procede del griego, y podemos descomponerla en dos términos: pro, adverbio que significa ‘adelante’, ‘antes’, pero que también podría ser una preposición de genitivo cuyo significado es ‘en defensa de’ y logos, ‘palabra’, ‘verbo’. El prólogo es lo que “antecede a la palabra” y, en este caso, a la palabra simbolizada por todo el texto conocido como El Quijote. Se trata de algo que está “en defensa de la palabra”. Simbólicamente, la función del prólogo es servir de “puerta”, de entrada, al texto que seguirá. A través de él, o sea a través de la comprensión del prólogo, penetramos al interior del libro. Así pues, el estudio atento y pormenorizado (observando, no solo viendo o mirando) de un prólogo nos abre la puerta de la comprensión de una obra.

En hebreo, idioma que Cervantes conocía y utilizaba, puerta se nombra deleth, palabra que se escribe con daleth, la cuarta letra del alfabeto, que corresponde a nuestra D, y al número cuatro, y como sabemos, cuatro son los elementos de una verdadera triada. De aquí que comprender una triada es abrir la puerta a otra dimensión.

La primera parte de El Quijote (1605) se editó como si fuera todo el libro, pero su éxito obligó a Cervantes a escribir y a publicar años más tarde una segunda parte (1632). Es curioso observar que la edición de 1605 tenía cuatro partes (Primera parte, cap. De I al VIII; Segunda parte, cap. De IX al XIV; Tercera parte, cap. De I al XLIX; Cuarta parte, cap. De L al LII), y que la primera letra del prólogo era una D mayúscula: “Desocupado lector sin juramento podrás creer que quisiera que este libro como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y el más discreto que pudiera imaginarse”. Cervantes se dirige al lector “desocupado”. ¿Quién es un lector desocupado? La respuesta nos la da Perogrullo: aquel que no está ocupado. En su sencillez casi chusca, este término es muy significativo. No es el «lector ocupado por las vanidades del mundo” (Eclesiastés I, 3 y sig.) ni “aquél que es soñador de una vida irreal” (Ibid. V, 2). No se trata del lector corriente que, sumido en su sueño, es incapaz de considerar el sentido profundo -simbólico-- de las palabras.

El verbo ‘ocupar’ se dice en hebreo tapas, y de él procede el término tepes, ‘traba’, ‘impedimento’. ¿Cuál es este impedimento, esta traba de los que ha de carecer el lector de El Quijote? Según la cábala sería un obstáculo que niega el logos al hombre. Visto desde otro punto de vista, sería aquello que imposibilita la alianza entre los hombres. Este obstáculo es una “callosidad del corazón”. Se han hecho extraños a la vida amorosa, a causa del dogmatismo que les habita, a causa de la callosidad de su corazón. Al hablar de los “habitados”, se refiere a los ocupados por el dogmatismo que se han hecho “extraños” a la vida amorosa. El término que utiliza para designar esta “callosidad” es porosis, que significa, ‘endurecimiento’, ‘callosidad’. Fonéticamente, porosis nos recuerda a poroso, término que podemos asociar a Toboso. Según el diccionario el término “poroso” se aplica a algo ‘formado por piedra toba’ o sea, una ‘caliza muy porosa y ligera’. Trabas, impedimentos, callosidades del corazón, Toboso ¿a dónde nos conduce todo esto?

La circuncisión es un rito, un símbolo. La circuncisión auténtica no es la de la carne, sino la del corazón (Romanos II, 28-29). El término “prepucio del corazón” es usado en la cábala. Por otra parte, cuando en la segunda parte de El Quijote (cap. XXXII) la duquesa le pide al Quijote que le describa a Dulcinea, suspirando, don Quijote le dice: “Si yo pudiera sacar mi corazón, y ponerle ante los ojos de vuestra grandeza aquí sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi lengua de decir lo que apenas se puede pensar...” Todo parece referirse a lo mismo, todo en El Quijote parece girar en torno al misterio del corazón. La búsqueda de Dulcinea, el descenso a la cueva de Montesinos y tantos otros episodios tratan de ese misterio.

El corazón con sus callosidades es aquel que está habitado u ocupado por la pedantería; es un corazón seco y estéril, pues está separado del agua de la vida y es incapaz de producir nada. En cierto modo, no está cultivado, no es virtuoso. El corazón desocupado, aquel de “Desocupado lector”, es aquel que, purificado de la ampulosidad, liberado de la traba o del prepucio, es como el recipiente del agua de la vida. Uno es como una lengua retenida que no puede hablar, cuya palabra está trabada, y el otro como la lengua capaz de pronunciar la palabra, pues le ha sido quitada la traba. Así, cuando Cervantes se dirige al lector entendido que está desocupado habla para el iniciado por el amor en la lectura de símbolos.

Finalmente, la Mancha de dónde don Quijote, representa la sequedad y pobreza del corazón, la falta de amor en las relaciones humanas.

 

robledomeza@yahoo.com.mx

2223703233

 

sábado, 16 de mayo de 2020

Prólogo al análisis de la Ley de Educación en Puebla. Mayo 2020.


Prólogo al análisis de la Ley de Educación en Puebla. Mayo 2020.
José Antonio Robledo y Meza
Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP
wa: 2223703233

Además de sus deberes políticos, el ciudadano tiene otros más importantes que llenar, los deberes del orden moral, y es obligación del gobierno atender a esta necesidad, tanto o más que a las otras. Gabino Barreda, "De la educación moral”, 1863.

Que en lo sucesivo una plena libertad de conciencia, una absoluta libertad de exposición y de discusión, dando espacio a todas las ideas y campo a todas las aspiraciones, deje esparcir la luz por todas partes y haga innecesaria e imposible toda conmoción que no sea puramente espiritual, toda revolución que no sea meramente intelectual. Que el orden material, conservado a todo trance, por los gobernantes y respetado por los gobernados, sea el garante cierto y el modo seguro de caminar siempre por el sendero florido del progreso y de la civilización. Gabino Barreda, “Oración Cívica”, 1867.

Este ensayo es una suerte de prólogo para una reflexión mayor, tanto en cantidad como en profundidad. Trátase llanamente de algunas páginas que antecede a las reflexiones por venir. Es una suerte de prólogo, digamos, presentado a vuela teclas.

Vivimos tiempo de reformas, entre las cuales están las educativas. El hecho tiene sus raíces históricas. En 1863 Gabino Barreda publicó un ensayo titulado De la educación moral y en 1867 pronunció su famosa Oración cívica; en 1910 Justo Sierra pronunció su célebre Iniciativa para crear la Universidad de México; en 1920 en el Discurso en la universidad resonaron las palabras de José Vasconcelos al asumir la rectoría de la universidad hoy conocida como Nacional Autónoma de México.

Hoy el proyecto de Nación hacia una Nueva República nos obliga a rescatar el proyecto de formación de los ciudadanos que, paso a paso, deben avanzar hacia mejores condiciones para la humanidad. Nuestro deber es fundar una tradición distinta abrevando de los olvidos de otra tradición cuyas raíces están en el siglo XIX pero cuyos frutos los encontramos a lo largo de un poco más de un siglo.

En los días que corren hemos optado por iniciar un proceso con nuestros propios recursos intelectuales y morales. La ausencia de violencia es una condición, otras el combate a la corrupción y la hipocresía… Se trata de involucrar a todos porque se trata de un proyecto democrático que avanzará atravesando fronteras y océanos. Se trata de rescatar la fuerza de nuestro pensar recuperando la fuerza de nuestro idioma porque se trata de una de nuestras mejores raíces sin olvidar la hospitalidad que hay que darle a los demás idiomas y lenguas.

Todos los esfuerzos por mejorar nuestra racionalidad crítica y plasmados en cualquier lenguaje son bienvenidos. En este sentido son mexicanos Sócrates, Beethoven, Nezahualcóyotl, Jesús, Euclides, Newton y tantos otros. Nos emparenta la justicia, la democracia, el laicismo… No somos ingenuos, el humán de ayer no es el humán de hoy y no será el de mañana, sin embargo, sus frutos son para siempre.

En este momento, me ocuparé en redactar una especie de prólogo porque hasta ahora no existe una teoría del prólogo. En la reflexión habrá omisiones que no nos afligen porque seguiremos ampliando nuestras reflexiones en ensayos consecuentes. Me inspiran los ensayos de otro mexicano llamado Michel de Montaigne…

Lo que sigue es una numeralia de la Reforma Educativa en Puebla, mayo del 2020. Son los números de un texto que aspiran y obligan a realizar posteriores análisis cualitativos. Son números al servicio de la racionalidad crítica y creativa.

Se trata de considerar los números como pistas para construir argumentos y con los argumentos construir un camino que forme a los nuevos ciudadanos que tengan el impulso para construir una mejor sociedad. Impulso que permita redactar mejores escrituras que mejoren la calidad de nuestros diálogos. El hilo de la trama de un discurso iniciado en el XIX y que nuestra mente acepta y anhela.

La Nueva Ley la componen 28,265 palabras, distribuidas en 14 partes: una exposición de motivos, 12 títulos, y ocho artículos transitorios. El total de los títulos están compuestos por 44 capítulos y estos, a su vez, por 155 artículos,

Por el número de palabras contenidas las 14 partes quedaría ordenadas de la siguiente manera:


Las palabras más usadas en la exposición de motivos (2,854 palabras) y en la Ley (25,416 palabras) son, por el número en que aparecen, las siguientes:





La Universidad, me diréis, la Universidad no puede ser una educadora en el sentido integral de la palabra; la Universidad es una simple productora de ciencia, es una intelectualizadora; sólo sirve para formar cerebrales. Y sería, podría añadirse entonces, sería una desgracia que los grupos mexicanos ya iniciados en la cultura humana, escalonándose en gigantesca pirámide, con la ambición de poder contemplar mejor los astros y poder ser contemplados por un pueblo entero, como hicieron nuestros padres toltecas, rematase en la creación de un adoratorio en torno del cual se formase una casta de ciencia, cada vez más alejada de su función terrestre, cada vez más alejada del suelo que la sustenta, cada vez más indiferente a las pulsaciones de la realidad social turbia, heterogénea, consciente apenas, de donde toma su savia y en cuya cima más alta se encienda su mentalidad como una lámpara irradiando en la soledad del espacio...
Torno a decirlo: esto sería una desgracia; ya lo han dicho psicosociólogos de primera importancia. No, no se concibe en los tiempos nuestros que un organismo creado por una sociedad que aspira a tomar parte cada vez más activa en el concierto humano, se sienta desprendido del vínculo que lo uniera a las entrañas maternas para formar parte de una patria ideal de almas sin patria; no, no será la Universidad una persona destinada a no separar los ojos del telescopio o del microscopio, aunque en torno de ella una nación se desorganice; no la sorprenderá la toma de Constantinopla discutiendo sobre la naturaleza de la luz del Tabor.
Me la imagino así: un grupo de estudiantes de todas las edades sumadas en una sola, la edad de la plena aptitud intelectual, formando una personalidad real a fuerza de solidaridad y de conciencia de su misión, y que, recurriendo a toda fuente de cultura, brote de donde brotare, con tal que la linfa sea pura y diáfana, se propusiera adquirir los medios de nacionalizar la ciencia, de mexicanizar el saber. Justo Sierra, Iniciativa para crear la Universidad de México, 1910.


En estos momentos yo no vengo a trabajar por la Universidad, sino a pedir a la Universidad que trabaje por el pueblo. El pueblo ha estado sosteniendo a la Universidad y ahora ha menester de ella, y por mi conducto llega a pedirle consejo. José Vasconcelos, Discurso en la Universidad, 1920.


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