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martes, 13 de agosto de 2019

Por qué no soy cristiano


Por qué no soy cristiano, Bertrand Russell, 1979 (1977 1ª edición)

Comparto esta reflexión con los argumentos expuestos en el ensayo “Por qué no soy cristiano”,del filósofo, matemático, lógico y escritor británicoBertrand Russell.Bertrand Arthur William Russell, tercer conde de Russell, fue el ganador en 1950 del Premio Nobel de Literatura. Ha sido conocido por su influencia en la filosofía analítica, sus trabajos matemáticos y su activismo social.

Índice
¿Qué es un cristiano?
La existencia de Dios
El argumento de la primera causa
El argumento de la ley natural
El argumento del plan
Los argumentos morales de la deidad
El argumento del remedio de la injusticia
El carácter de Cristo
Defectos de las enseñanzas de Cristo
El problema moral
El factor emocional
Cómo las iglesias han retardado el progreso
El miedo, fundamento de la religión
Lo que debemos hacer

1.- POR QUÉ NO SOY CRISTIANO[1]

Como ha dicho su presidente, el tema acerca del cual voy a hablar esta noche es «Por qué no soy cristiano». Quizás sería conveniente, antes que todo, tratar de averiguar lo que uno quiere dar a entender con la palabra «cristiano». En estos días, la emplean muy ligeramente muchas personas. Hay quienes entienden por ello la persona que trata de vivir virtuosamente. En tal sentido, supongo que habría cristianos de todas las sectas y credos; pero no creo que sea el sentido adecuado de la palabra, aunque sólo sea por implicar que toda la gente que no es cristiana —todos los budistas, confucianos, mahometanos, etc.—, no trata de vivir virtuosamente. Yo no entiendo por cristiano la persona que trata de vivir decentemente, de acuerdo con sus luces. Creo que debe tenerse una cierta cantidad de creencia definida antes de tener el derecho de llamarse cristiano. La palabra no tiene ahora un significado tan completo como en los tiempos de San Agustín y Santo Tomás de Aquino. En aquellos días, si un hombre decía que era cristiano, se sabía lo que quería dar a entender. Se aceptaba una colección completa de credos promulgados con gran precisión, y se creía cada sílaba de esos credos con todas las fuerzas de las convicciones de uno.

¿QUÉ ES UN CRISTIANO?

En la actualidad no es así. Tenemos que ser un poco más vagos en nuestra idea del cristianismo. Creo, sin embargo, que hay dos cosas diferentes completamente esenciales a todo el que se llame cristiano. La primera es de naturaleza dogmática; a saber, que hay que creer en Dios y en la inmortalidad. Si no se cree en esas dos cosas, no creo que uno pueda llamarse propiamente cristiano. Luego, más aún, como el nombre implica, hay que tener alguna clase de creencia acerca de Cristo. Los mahometanos, por ejemplo, también creen en Dios y en la inmortalidad, pero no se llaman cristianos. Creo que hay que tener, aunque sea en una proporción mínima, la creencia de que Cristo era, si no divino, al menos el mejor y el más sabio de los hombres. Si no se cree eso acerca de Cristo, no creo que se tenga el derecho de llamarse cristiano. Claro está que hay otro sentido que se encuentra en el WhitakersAlmanack y en los libros de geografía, donde se dice que la población del mundo está dividida en cristianos, mahometanos, budistas, fetichistas, etc.; y en ese sentido, todos nosotros somos cristianos. Los libros de geografía nos incluyen a todos, pero en un sentido puramente geográfico, que supongo podemos pasar por alto. Por lo tanto, entiendo que cuando yo digo que no soy cristiano, tengo que decir dos cosas diferentes; primera, por qué no creo en Dios ni en la inmortalidad; y segunda, por qué no creo que Cristo fuera el mejor y el más sabio de los hombres, aunque le concedo un grado muy alto de virtud moral. De no haber sido por los triunfantes esfuerzos de los incrédulos del pasado, yo no haría una definición tan elástica del cristianismo. Como dije antes, en los tiempos pasados, tenían un sentido mucho más completo. Por ejemplo, comprendía la creencia en el infierno. La creencia en el fuego eterno era esencial de la fe cristiana hasta hace muy poco. En este país, como es sabido, dejó de ser esencial mediante una decisión del Consejo Privado, de cuya decisión disintieron el Arzobispo de Canterbury, y el Arzobispo de York; pero, en este país, nuestra religión se establece por Ley del Parlamento y, por lo tanto, el Consejo Privado pudo imponerse a ellos, y el infierno ya no fue necesario al cristiano. Por consiguiente, no insistiré en que el cristiano tenga que creer en el infierno.

LA EXISTENCIA DE DIOS

La cuestión de la existencia de Dios es una cuestión amplia y seria, y si yo intentase tratarla del modo adecuado, tendría que retenerles aquí hasta el Día del Juicio, por lo cual deben excusarme por tratarla en forma resumida. Saben, claro está, que la Iglesia Católica ha declarado dogma que la existencia de Dios puede ser probada mediante la razón sin ayuda. Este es un dogma algo curioso, pero es uno de sus dogmas. Tenían que introducirlo porque, en un tiempo, los' librepensadores adoptaron la costumbre de decir que había tales y cuales argumentos que la razón podía esgrimir contra la existencia de Dios, pero que, claro está, ellos sabían, como cuestión de fe, que Dios existía. Los argumentos y las razones fueron expuestos con gran detalle y la Iglesia Católica comprendió que había que ponerles coto. Por lo tanto, estableció que la existencia de Dios puede ser probada por la razón sin ayuda, y dieron los argumentos para probarlo. Son varios, claro está, pero sólo citaré unos pocos.

EL ARGUMENTO DE LA PRIMERA CAUSA

Quizás el más fácil y sencillo de comprender es el argumento de la Primera Causa. (Se mantiene que todo cuanto vemos en este mundo tiene una causa, y que al ir profundizando en la cadena de las causas llegamos a una Primera Causa, y que a esa Primera Causa le damos el nombre de Dios.) Ese argumento, supongo, no tiene mucho peso en la actualidad, porque, en primer lugar, causa no es ya lo que solía ser. Los filósofos y los hombres de ciencia han estudiado la causa y ésta ya no posee la vitalidad que tenía; pero, aparte de eso, se ve que el argumento de que tiene que haber una Primera Causa no encierra ninguna validez. (Puedo decir que cuando era joven y debatía muy seriamente estas cuestiones en mi mente, había aceptado el argumento de la Primera Causa, hasta el día en que, a los 18 años, leí la Autobiografía de John Stuart MilL, y hallé allí esta frase: «Mi padre me enseñó que la pregunta '¿Quién me hizo?' no puede responderse, ya que inmediatamente sugiere la pregunta '¿Quién hizo a Dios?'. Esa sencilla frase me mostró, como aún pienso, la falacia del argumento de la Primera Causa. Si todo tiene que tener alguna causa, entonces Dios debe tener una causa. Si puede haber algo sin causa, igual puede ser el mundo que Díos, por lo cual no hay validez en ese argumento. Es exactamente de la misma naturaleza que la opinión hindú de que el mundo descansaba sobre un elefante, y el elefante sobre una tortuga; y, cuando le dijeron: «¿Y la tortuga?», el indio dijo: «¿Y si cambiásemos de tema?» El argumento no es realmente mejor que ése. No hay razón por la cual el mundo no pudo haber nacido sin causa; tampoco, por el contrario, hay razón de que hubiera existido siempre. No hay razón para suponer que el mundo haya tenido un comienzo. La idea de que las cosas tienen que tener un principio se debe realmente a la pobreza de nuestra imaginación.) Por lo tanto, quizás, no necesito perder más tiempo con el argumento de la Primera Causa.

EL ARGUMENTO DE LA LEY NATURAL

Luego hay un argumento muy común derivado de la ley natural. Fue un argumento favorito durante el siglo xviii, especialmente bajo la influencia de Sir Isaac Newton y su cosmogonía. La gente observó los planetas que giraban en torno del sol, de acuerdo con la ley de gravitación, y pensó que Dios había dado un mandato a aquellos planetas para que se moviesen así y que lo hacían por aquella razón. Aquella era, claro está, una explicación sencilla y conveniente que evitaba el buscar nuevas explicaciones de la ley de la gravitación en la forma un poco más complicada que Einstein ha introducido. Yo no me propongo dar una conferencia sobre la ley de la gravitación, de acuerdo con la interpretación de Einstein, porque eso también llevaría algún tiempo; sea como fuere, ya no se trata de la ley natural del sistema newtoniano, donde, por alguna razón que nadie podía comprender, la naturaleza actuaba de modo uniforme. Ahora sabemos que muchas cosas que considerábamos como leyes naturales son realmente convencionalismos humanos. Sabemos que incluso en las profundidades más remotas del espacio estelar la yarda sigue teniendo tres pies. Eso es, sin duda, un hecho muy notable, pero no se le puede llamar una ley natural. Y otras muchas cosas que se han considerado como leyes de la naturaleza son de esa clase. Por el contrario, cuando se tiene algún conocimiento de lo que los átomos hacen realmente, se ve que están menos sometidos a la ley de lo que se cree la gente y que las leyes que se formulan no son más que promedios estadísticos producto del azar. Hay, como es sabido, una ley según la cual en los dados sólo se obtiene el seis doble aproximadamente cada treinta y seis veces, y no consideramos eso como la prueba de que la caída de los dados esté regulada por un plan; por el contrario, si el seis doble saliera cada vez, pensaríamos que había un plan. Las leyes de la naturaleza son así en gran parte de los' casos. Hay promedios estadísticos que emergen de las leyes del azar; y esto hace que la idea de la ley natural sea mucho menos impresionante de lo que era anteriormente. Y aparte de eso, que representa el momentáneo estado de la ciencia que puede cambiar mañana, la idea de qué las leyes naturales implican un legislador se debe a la confusión entre las leyes naturales y las humanas. Las leyes humanas son preceptos que le mandan a uno proceder de una manera determinada, preceptos que pueden obedecerse o no; pero las leyes naturales son una descripción de cómo ocurren realmente las cosas y, como son una mera descripción, no se puede argüir que tiene que haber alguien que les dijo que actuasen así, porque, si arguyéramos tal cosa, nos veríamos enfrentados con la pregunta «¿Por qué Dios hizo esas leyes naturales y no otras?» Si se dice que lo hizo por su propio gusto y sin ninguna razón, se hallará entonces que hay algo que no está sometido a la ley, y por lo tanto el orden de la ley natural queda interrumpido. Si se dice, como hacen muchos teólogos ortodoxos, que, en todas las leyes divinas, hay una razón de que sean ésas y no otras —la razón, claro está, de crear el mejor universo posible, aunque al mirarlo uno no lo pensaría así—; si hubo alguna razón de las leyes que dio Dios, entonces el mismo Dios estaría sometido a la ley y, por lo tanto, no hay ninguna ventaja en presentar a Dios pomo un intermediario. Realmente, se tiene una ley exterior y anterior a los edictos divinos y Dios no nos sirve porque no es el último que dicta la ley. En resumen, este argumento de la ley natural ya no tiene la fuerza que solía tener. Estoy realizando cronológicamente mi examen de los argumentos. Los argumentos usados en favor de la existencia de Dios cambian de carácter con el tiempo. Al principio, eran duros argumentos intelectuales que representaban ciertas falacias completamente definidas. Al llegar a la época moderna, se hicieron menos respetables intelectualmente y estuvieron cada vez más influidos por una especie de vaguedad moralizadora.

EL ARGUMENTO DEL PLAN

El paso siguiente nos lleva al argumento del plan. Todos conocen el argumento del plan: todo en el mundo está hecho para que podamos vivir en él, y si el mundo variase un poco, no podríamos vivir. Ese es el argumento del plan. A veces toma una forma curiosa; por ejemplo, se argüyó que los conejos tienen las colas blancas con el fin de que se pueda disparar más fácilmente contra ellos. Es fácil parodiar este argumento. Todos conocemos la observación de Voltaire de que la nariz estaba destinada a sostener las gafas. Esa clase de parodia no ha resultado tan desatinada como parecía en el siglo xviii, porque, desde Darwin, entendemos mucho mejor por qué las criaturas vivas se adaptan al medio. No es que el medio fuera adecuado para ellas, sino que ellas se hicieron adecuadas al medio, y esa es la base de la adaptación. No hay en ello ningún indicio de plan. Cuando se examina el argumento del plan, es asombroso que la gente pueda creer que este mundo, con todas las cosas que hay en él, con todos sus defectos, fuera lo mejor que la omnipotencia y la omnisciencia han logrado producir en millones de años. Yo realmente no puedo creerlo. ¿Creen que, si tuvieran la omnipotencia y la omnisciencia y millones de años para perfeccionar el mundo, no producirían nada mejor que el Ku-Klux-Klan o los fascistas? Además, si se aceptan las leyes ordinarias de la ciencia, hay que suponer que la vida humana y la vida en general de este planeta desaparecerán a su debido tiempo: es una fase de la decadencia del sistema solar; en una cierta fase de decadencia se tienen las condiciones y la temperatura adecuadas al protoplasma, y durante un corto período hay vida en la vida del sistema solar. La luna es el ejemplo de lo que le va a pasar a la tierra; se va a convertir en algo muerto, frío y sin vida. Me dicen que este criterio es deprimente, y que si la gente lo creyese no tendría ánimo para seguir viviendo. Eso es una tontería. Nadie se preocupa por lo que va a ocurrir dentro de millones de años. Aunque crean que se están preocupando por ello, en realidad se engañan a sí mismos. Se preocupan por cosas mucho más mundanas, aunque sólo sea una mala digestión; pero nadie es realmente desdichado al pensar lo que le va a ocurrir a este mundo dentro de millones de años. Por lo tanto, aunque es una triste opinión el suponer que va a desaparecer la vida —al menos, se puede pensar así, aunque, a veces, cuando contemplo las cosas que hace la gente con su vida, es casi un consuelo—, no es lo bastante para hacer la vida miserable. Sólo hace que la atención se vuelva hacia otras cosas.

LOS ARGUMENTOS MORALES DE LA DEIDAD

Ahora llegamos a una fase más allá en lo que yo llamaré la incursión intelectual que los teístas han hecho en sus argumentaciones, y nos vemos ante los llamados argumentos morales de la existencia de Dios. "Saben, claro está, que antiguamente solía haber tres argumentos intelectuales de la existencia de Dios, los cuales fueron suprimidos por Kant en la Critica de la Razón Pura; pero no bien había terminado con estos argumentos cuando encontró otro nuevo, un argumento moral, que le convenció. Era como mucha gente: en las materias intelectuales era escéptico, pero en las morales creía implícitamente en las máximas que su madre le había enseñado. Eso ilustra lo que los psicoanalistas ponen tanto de relieve: la fuerza inmensamente mayor que tienen en nosotros las asociaciones primitivas sobre las posteriores. Kant. como dije, inventó un nuevo argumento moral de la existencia de Dios, el cual en diversas formas fue extremadamente popular durante el siglo xix. Tiene toda clase de formas. Una de ellas es decir que no habría bien ni mal si Dios no existiera. Por el momento no me importa el que haya o no una diferencia entre el bien o el mal: esa es otra cuestión. Lo que me importa es que, si se está plenamente convencido de que hay una diferencia entre el bien y el mal entonces uno se encuentra en esta situación: ¿esa diferencia se debe o no al mandato de Dios? Si se debe al mandato de Dios, entonces para Dios no hay diferencia entre el bien y el mal, y ya no tiene significado la afirmación de que Dios es bueno. Si se dice, como hacen los teólogos, que Dios es bueno, entonces hay que decir que el bien y el mal deben tener un significado independiente del mandato de Dios, porque los mandatos de Dios son buenos y no malos independientemente del mero hecho de que Él los hiciera. Si se dice eso, entonces hay que decir que el bien y el mal no se hicieron por Dios, sino que son en esencia lógicamente anteriores a Dios. Se puede, claro está, si se quiere, decir que hubo una deidad superior que dio órdenes al Dios que hizo este mundo, o, para seguir el criterio de algunos gnósticos —un criterio que yo he considerado muy plausible—, que, en realidad, el mundo que conocemos fue hecho por el demonio en un momento en que Dios no estaba mirando. Hay mucho que decir en cuanto a esto, y no pienso refutarlo.

EL ARGUMENTO DEL REMEDIO DE LA INJUSTICIA

Luego hay otra forma muy curiosa de argumento moral que es la siguiente: se dice que la existencia de Dios es necesaria para traer la justicia al mundo. En la parte del universo que conocemos hay gran injusticia, y con frecuencia sufre el bueno, prospera el malo, y apenas se sabe qué es lo más enojoso de todo esto; pero si se va a tener justicia en el universo en general, hay que suponer una vida futura para compensar la vida de la tierra. Por lo tanto, dicen que tiene que haber un Dios, y que tiene que haber un cielo y un infierno con el fin de que a la larga haya justicia. Ese es un argumento muy curioso. Si se mira el asunto desde un punto de vista científico, se diría: «Después de todo, yo sólo conozco este mundo. No conozco el resto del universo, pero, basándome en probabilidades, puedo decir que este mundo es un buen ejemplo, y que si hay injusticia aquí, lo probable es que también haya injusticia en otra parte». Supongamos que se tiene un cajón de naranjas, y al abrirlas la capa superior resulta mala; uno no dice: «Las de abajo estarán buenas en compensación.» Se diría: «Probablemente todas son malas); y eso es realmente lo que una persona científica diría del universo. Diría así: «En este mundo hay gran cantidad de injusticia y esto es una razón para suponer que la justicia no rige el mundo; y en este caso proporciona argumentos morales contra la deidad, no en su favor.» Claro que yo sé que la clase de argumentos intelectuales de que he hablado no son realmente los que mueven a la gente. Lo que realmente hace que la gente crea en Dios no son los argumentos intelectuales. La mayoría de la gente cree en Dios porque les han enseñado a creer desde su infancia, y esa es la razón principal. Luego, creo que la razón más poderosa e inmediata después de ésta es el deseo de seguridad, la sensación de que hay un hermano mayor que cuidará de uno. Esto desempeña un papel muy profundo en provocar el deseo de la gente de creer en Dios.

EL CARÁCTER DE CRISTO

Ahora tengo que decir unas pocas palabras acerca de un asunto que creo que no ha sido suficientemente tratado por los racionalistas, y que es la cuestión de si Cristo era el mejor y el más sabio de los hombres. Generalmente, se da por sentado que todos debemos estar de acuerdo en que era así. Yo no lo estoy. Creo que hay muchos puntos en que estoy de acuerdo con Cristo, muchos más que aquellos en que lo están los cristianos profesos. No sé si podría seguirle todo el camino, pero iría con Él mucho más lejos de lo que irían la mayoría de los cristianos profesos. Recuérdese que Él dijo: «Yo, empero, os digo, que no hagáis resistencia al agravio; antes, si alguno te hiriese en la mejilla derecha, vuelve también la otra.» No es un precepto ni un principio nuevos. Lo usaron Lao-Tsé y Buda quinientos o seiscientos años antes de Cristo, pero este principio no lo aceptan los cristianos. No dudo que el actual primer ministro[2], por ejemplo, es un cristiano muy sincero, pero no les aconsejo que vayan a abofetearlo. Creo que hallarían que él pensaba que el texto tenía un sentido figurado. Luego, hay otro punto que considero excelente. Se recordará que Cristo dijo: «No juzguéis a los demás si no queréis ser juzgados.» Ese principio creo que no se hallará en los tribunales de los países cristianos. Yo he conocido en mi tiempo muchos jueces que eran cristianos sinceros, y ninguno de ellos creía que actuaba en contra de los principios cristianos haciendo lo que hacía. Luego Cristo dice: «Al que te pide, dale: y no le tuerzas el rostro al que pretenda de ti algún préstamo.» Ese es un principio muy bueno. El presidente ha recordado que no estamos aquí para hablar de política, pero no puedo menos de observar que las últimas elecciones generales se disputaron en torno a lo deseable que era torcer el rostro al que pudiera pedirnos un préstamo, de modo que hay que suponer que los liberales y los conservadores de este país son personas' que no están de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, porque, en dicha ocasión, se apartaron definitivamente de ellas. Luego, hay otra máxima de Cristo que yo considero muy valiosa, pero que no es muy popular entre algunos de nuestros amigos cristianos. Él dijo: «Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes y dáselo a los pobres.» Es una máxima excelente, pero, como dije, no se practica mucho. Considero que todas estas máximas son buenas, aunque un poco difíciles de practicarse. Yo no hago profesión de practicarlas; pero, después de todo, no es lo mismo que si se tratase de un cristiano.

DEFECTOS DE LAS ENSEÑANZAS DE CRISTO

Concediendo la excelencia de estas máximas, llego a ciertos puntos en los cuales no                                                                 
creo que uno pueda ver la superlativa virtud ni la superlativa bondad de Cristo, como son pintadas en los Evangelios; y aquí puedo decir que no se trata de la cuestión histórica. Históricamente, es muy dudoso el que Cristo existiera, y, si existió, no sabemos nada acerca de Él, por lo cual no me ocupo de la cuestión histórica que es muy difícil. Me ocupo de Cristo tal como aparece en los Evangelios, aceptando la narración como es, y allí hay cosas que no parecen muy sabias. Una de ellas es que Él pensaba que Su segunda venida se produciría, en medio de nubes de gloria, antes que la muerte de la gente que vivía en aquella época. Hay muchos textos que prueban eso. Dice, por ejemplo: «No acabaréis de pasar por las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre.» Luego dice: «En verdad os digo que hay aquí algunos que no han de morir antes que vean al Hijo del hombre aparecer en el esplendor de su reino»; y hay muchos lugares donde está muy claro que Él creía que su segundo advenimiento ocurriría durante la vida de muchos que vivían entonces. Tal fue la creencia de sus primeros discípulos, y fue la base de una gran parte de su enseñanza moral. Cuando dijo: «No andéis, pues, acongojados por el día de mañana» y cosas semejantes, lo hizo en gran parte porque creía que su segunda venida iba a ser muy pronto, y que los asuntos mundanos ordinarios carecían de importancia. En realidad, yo he conocido a algunos cristianos que creían que la segunda venida era inminente. Yo conocí a un sacerdote que aterró a su congregación diciendo que la segunda venida era inminente, pero todos quedaron muy consolados al ver que estaba plantando árboles en su jardín. Los primeros cristianos lo creían realmente, y se abstuvieron de cosas como la plantación de árboles en sus jardines, porque aceptaron de Cristo la creencia de que la segunda venida era inminente. En tal respecto, evidentemente, no era tan sabio como han sido otros, y desde luego, no fue superlativamente sabio.

EL PROBLEMA MORAL

Luego, se llega a las cuestiones morales. Para mí, hay un defecto muy serio en el carácter moral de Cristo, y es que creía en el infierno. Yo no creo que ninguna persona profundamente humana pueda creer en un castigo eterno. Cristo, tal como lo pintan los Evangelios, sí creía en el castigo eterno, y uno halla repetidamente una furia vengativa contra los que no escuchaban sus sermones, actitud común en los predicadores y que dista mucho de la excelencia superlativa. No se halla, por ejemplo, esa actitud en Sócrates. Es amable con la gente que no le escucha; y eso es, a mi entender, más digno de un sabio que la indignación. Probablemente todos recuerdan las cosas que dijo Sócrates al morir y lo que decía generalmente a la gente que no estaba de acuerdo con él. Se hallará en el Evangelio que Cristo dijo: «¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo será posible que evitéis el ser condenados al fuego del infierno?» Se lo decía a la gente que no escuchaba sus sermones. A mi entender este no es realmente el mejor tono, y hay muchas cosas como éstas acerca del infierno. Hay, claro está, el conocido texto acerca del pecado contra el Espíritu Santo: «Pero quien hablase contra el Espíritu Santo, despreciando su gracia, no se le perdonará ni en esta vida ni en la otra». Ese texto ha causado una indecible cantidad de miseria en el mundo, pues las más diversas personas han imaginado que han cometido pecados contra el Espíritu Santo y pensado que no serían perdonadas en este mundo ni en el otro. No creo que ninguna persona un poco misericordiosa ponga en el mundo miedos y terrores de esta clase.
Luego, Cristo dice: «Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y quitarán de su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; y los arrojarán en el horno del fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes.» Y continúa extendiéndose con los gemidos y el rechinar de dientes. Esto se repite en un versículo tras otro, y el lector se da cuenta de que hay un cierto placer en la contemplación de los gemidos y el rechinar de dientes', pues de lo contrario no se repetiría con tanta frecuencia, Luego, todos ustedes recuerdan, claro está, lo de las ovejas y los cabritos; cómo, en la segunda venida, para separar a las ovejas y a los cabritos dirá a éstos: «Apartaos de mí, malditos: id al fuego eterno.» Y continúa: «Y éstos irán al fuego eterno.» Luego, dice de nuevo: «Y si es tu mano derecha la que te sirve de escándalo o te incita a pecar, córtala y tírala lejos de ti; pues mejor te está que perezca uno de tus miembros, que no el que vaya todo tu cuerpo al infierno, al fuego que no se extingue jamás.» Esto lo repite una y otra vez. Debo declarar que toda esta doctrina, que el fuego del infierno es un castigo del pecado, es una doctrina de crueldad. Es una doctrina que llevó la crueldad al mundo y dio al mundo generaciones de cruel tortura; y el Cristo de los Evangelios, si se le acepta tal como le representan sus cronistas, tiene que ser considerado en parte responsable de eso. Hay otras cosas de menor importancia. Está el ejemplo de los puercos de Gadar, donde ciertamente no fue muy compasivo para los puercos el meter diablos en sus cuerpos y precipitarlos colina abajo hasta el mar. Hay que recordar que,sI era omnipotente, y simplemente pudo hacer que los demonios se fueran; pero eligió meterlos en los cuerpos de los cerdos. Luego está la curiosa historia de la higuera, que siempre me ha intrigado. Recuerdan lo que ocurrió con la higuera. «Tuvo hambre. Y como viese a lo lejos una higuera con hojas, encaminose allá por ver si encontraba en ella alguna cosa: y llegando, nada encontró sino follaje; porque no era aún tiempo de higos; y hablando a la higuera le dijo: "Nunca jamás coma ya nadie fruto de ti"... y Pedro... le dijo: "Maestro, mira cómo la higuera que maldijiste se ha secado."» Esta es una historia muy curiosa, porque aquella no era la época de los higos, y en realidad, no se puede culpar al árbol. Yo no puedo pensar que, ni en virtud ni en sabiduría, Cristo esté tan alto como otros personajes históricos. En estas cosas, pongo por encima de Él a Buda y a Sócrates.

EL FACTOR EMOCIONAL

Como dije antes, no creo que la verdadera razón por la cual la gente acepta la religión tenga nada que ver con la argumentación. Se acepta la religión emocionalmente. Con frecuencia se nos dice que es muy malo atacar la religión porque la religión hace virtuosos a los hombres. Eso dicen; yo no lo he advertido. Conocen, claro está, la parodia de ese argumento en el libro de Samuel Butler, ErewhonRevisited. Recordarán que en Erewhon hay un tal Higgs que llega a un país remoto y, después de pasar algún tiempo allí, se escapa en un globo. Veinte años después, vuelve a aquel país y halla una nueva religión, en la que él mismo es adorado bajo el nombre de Niño Sol, que se dice ascendió a los cielos. Ve que se va a celebrar la Fiesta de la Ascensión y que los profesores Hanky y Panky se dicen que nunca han visto a Higgs, y esperan no verlo jamás; pero son los sumos sacerdotes de la religión del Niño Sol. Higgs se indigna y se acerca a ellos y dice: «Voy a descubrir toda esta farsa y a decir al pueblo de Erewhon que fui únicamente yo, Higgs, que subí en un globo.» Y le dijeron: «No puede hacer eso, porque toda la moral de este país gira en torno de ese mito, y si supieran que no subió a los cielos se harían malos»; y con ello le persuadieron para que se marchase silenciosamente. Esa es la idea, que todos seríamos malos si no tuviéramos la religión cristiana. A mi me parece que la gente que la tiene es, en su mayoría, extremadamente mala. Existe este hecho curioso: cuanto más intensa ha sido la religión de cualquier periodo, y más profunda la creencia dogmática, han sido mayor la crueldad y peores las circunstancias. En las llamadas edades de la fe, cuando los hombres realmente creían en la religión cristiana en toda su integridad hubo la Inquisición con sus torturas; hubo muchas desdichadas mujeres quemadas por brujas; y toda clase de crueldades practicadas en toda clase de gente en nombre de la religión. Uno halla, al considerar el mundo, que todo el progreso del sentimiento humano, que toda mejora de la ley penal, que todo paso hacia la disminución de la guerra, que todo paso hacia un mejor trato de las razas de color, que toda mitigación de la esclavitud, que todo progreso moral realizado en el mundo, ha sido obstaculizado constantemente por las iglesias organizadas del mundo. Digo deliberadamente que la religión cristiana, tal como está organizada en sus iglesias ha sido, y es aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo.

CÓMO LAS IGLESIAS HAN RETARDADO EL PROGRESO

Se puede pensar que voy demasiado lejos cuando digo que aún sigue siendo así. Yo no lo creo. Basta un ejemplo. Serán más indulgentes conmigo si lo menciono. No es un hecho agradable, pero las iglesias le obligan a uno a mencionar hechos que no son agradables. [Supongamos que en el mundo actual una joven sin experiencia se casa con un sifilítico; en tal caso, la Iglesia Católica dice; «Este es un sacramento indisoluble. Hay que estar juntos durante toda la vida.» Y la mujer no puede dar ningún paso para no traer al mundo hijos' sifilíticos. Eso es lo que dice la Iglesia Católica. Yo digo que ésa es una diabólica crueldad, y nadie cuya compasión natural no haya sido alterada por el dogma, o cuya naturaleza moral no sea absolutamente insensible al sufrimiento, puede mantener que es bueno y conveniente que continúe ese estado de cosas. Este no es más que un ejemplo. Hay muchos modos por los cuales, en el momento actual, la Iglesia, por su insistencia en lo que ha decidido en llamar moralidad, inflige a la gente toda clase de sufrimientos inmerecidos e innecesarios. Y claro está, como es sabido, en su mayor parte se opone al progreso y al perfeccionamiento en todos los medios de disminuir el sufrimiento del mundo, porque ha decidido llamar moralidad a ciertas estrechas reglas de conducta que no tienen nada que ver con la felicidad humana; y cuando se dice que se debe hacer esto o lo otro, porque contribuye a la dicha humana, estima que es algo completamente extraño al asunto. «¿Qué tiene que ver con la moral la felicidad humana? El objeto de la moral no es hacer feliz a la gente.»

EL MIEDO, FUNDAMENTO DE LA RELIGIÓN

La religión se basa, principalmente, a mi entender, en el miedo. Es en parte el miedo a lo desconocido, y en parte, como dije, el deseo de pensar que se tiene un hermano mayor que va a defenderlo a uno en todas sus cuitas y disputas. El miedo es la base de todo: el miedo de lo misterioso, el miedo de la derrota, el miedo de la muerte. El miedo es el padre de la crueldad y, por lo tanto, no es de extrañar que la crueldad y la religión vayan de la mano. Se debe a que el miedo es la base de estas dos cosas. En este mundo, podemos ahora comenzar a entender un poco las cosas y a dominarlas un poco con ayuda de la ciencia, que se ha abierto paso frente a la religión cristiana, frente a las iglesias, y frente a la oposición de todos los antiguos preceptos. La ciencia puede ayudarnos a librarnos de ese miedo cobarde en el cual la humanidad ha vivido durante tantas generaciones. La ciencia puede enseñarnos a no buscar ayudas imaginarias, a no inventar aliados celestiales, sino más bien a hacer con nuestros esfuerzos que este mundo sea un lugar habitable, en lugar de ser lo que han hecho de él las iglesias en todos estos siglos.

LO QUE DEBEMOS HACER

Tenemos que mantenernos de pie y mirar al mundo a la cara: sus cosas buenas, sus cosas malas, sus bellezas y sus fealdades; ver el mundo tal cual es y no tener miedo de él. Conquistarlo mediante la inteligencia y no sólo sometiéndose al terror que emana de él. Todo el concepto de Dios es un concepto derivado del antiguo despotismo oriental. Es un concepto indigno de los hombres Ubres. Cuando se oye en la iglesia a la gente humillarse y proclamarse miserables pecadores, etc., parece algo despreciable e indigno de seres humanos que se respetan. Debemos mantenernos de pie y mirar al mundo a la cara. Tenemos que hacer el mundo lo mejor posible, y si no es tan bueno como deseamos, después de todo será mejor que lo que esos otros han hecho de él en todos estos siglos. Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor; no necesita el pesaroso anhelo del pasado, ni el aherrojamiento de la inteligencia libre mediante las palabras proferidas hace mucho por hombres ignorantes. Necesita un criterio sin temor y una inteligencia libre. Necesita la esperanza del futuro, no el mirar hacia un pasado muerto, que confiamos será superado por el futuro que nuestra inteligencia puede crear.



[1]Esta conferencia fue pronunciada el 6 di: marzo de 1927. en el Ayuntamiento de Battersea. bajo los auspicios de la Sociedad Secular Nacional (Sección del Sur de Londres).
[2]Stanley Baldwin.

lunes, 25 de febrero de 2019

¡Eso soy yo! ¡Las losas de mi tumba!: Reflexiones en torno a la violencia


José Antonio Robledo y Meza
Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP
wa: 2223703233

Lidia. —¡Un hogar sólido! ¡Eso soy yo! ¡Las losas de mi tumba!

En los días que corren ¿los mexicanos vivimos con la sensación de seguridad y calma? ¿Sentimos a México como nuestro hogar? ¿En verdad vivimos bajo el incondicionado imperio de la Ley? ¿Hay autoridades reconocidas como legítimas por la población? La aparición de la “fuerza débil” –la violencia- hace su aparición con el autoritarismo que por ser débil se presenta como brutal.
Si por Soberanía Popular entendemos el principio teórico en el que se basan todas las concepciones de la democracia y aquella es la fuente de todo poder y autoridad, entonces afirmo que la pérdida de Soberanía Popular en México es un hecho. Como doctrina política moderna la Soberanía Popular indica que son los integrantes de un pueblo -unidad histórica de costumbres y hábitos de vida en común- quienes acuerdan formar un Estado para gobernarse mejor en forma soberana (sin otro poder por encima de él). Y si el pueblo constituye el Estado, entonces es a él a quien corresponde controlarlo y cambiarlo si lo cree conveniente. En esta concepción el pueblo no debe nada a sus gobernantes, que son servidores, escribientes o mensajeros de la voluntad popular.
Ahora bien, si no es el principio de la Soberanía Popular, entonces ¿cuál es el principio sobre el cual se asienta el poder del Estado mexicano? ¿Lo que priva es algo distinto a un sistema democrático? ¿En qué tipo de sistema vivimos en los hechos? ¿A quién beneficia el actual estado de cosas y, por lo tanto, quienes pierden? ¿Son los intereses de las élites quienes han sustituido, en los hechos, la Soberanía Popular? Para restaurar su Soberanía ¿es necesario que el pueblo, ejerciendo su derecho de resistencia, actue fuera del derecho para restablecerla?
Acaso ¿el contrato político se habrá perdido en un bazar de antigüedades? ¿Hay alguna duda de que los hechos recientes nos muestran un México sin autoridades? ¿Qué podemos hacer para recuperar el ambiente hogareño? La obra de teatro “Un hogar sólido” escrita por Elena Garro ha sido durante algún tiempo la fuente de nuestras reflexiones en torno al ambiente que priva en México hoy día (2014); junto a ella he formulado preguntas y junto a ella esbozaré algunas respuestas a las preguntas anteriores.
El ambiente teatral de la obra Un hogar sólido está definido así: el “Interior de un cuarto pequeño, con los muros y el techo de piedra. No hay ventanas ni puertas. A la izquierda, empotradas en el muro y también de piedra, unas literas. En una de ellas. Mamá Jesusita, en camisón de encajes y cofia de dormir de encajes. La escena muy oscura.” Ocho son los personajes de la obra “Clemente (60 años); Doña Gertrudis (40 años); Mamá Jesusita (80 años); Catalina (5 años); Vicente Mejía (23 años); Muni (28 años); Eva, extranjera (20 años); Lidia (32 años).”
Releer esta obra me dispuso a encontrarme con los discursos políticos cada vez más vacíos, con un alto ingrediente de confusión conceptual al enarbolar banderas, símbolos y consignas; propuestas y lemas formulados por los partidos y sus candidatos que, en algunos casos, son votados sin analizar su contenido, debido, tal vez a que exigen trabajo intelectual y, en otros, se votan a los candidatos sin leer sus programas (y éstos, de todos modos, es cierto, no suelen cumplirse porque lo confuso no puede ser tangible). Los resultados no pueden conducir más que al desastre. Si no hay respuestas a las preguntas ¿dónde estamos?, ¿a dónde nos dirigimos?, ¿cómo saber cómo le hacemos para cambiar el actual estado de cosas?
La obra de Elena Garro es capaz de inspirar ideas que me han hecho formular preguntas y me permite proponer soluciones. Es el valor estético de la obra de Elena quién me ayudó a formular las preguntas y es así que la obra de Elena se puede convertir en un elemento movilizador en política porque en ella hay preguntas importantes, muchas veces implícitas, y esbozos de respuestas.

La vida biológica de Elena Garro se inicia en Puebla en una fecha simbólica el 12 de diciembre de 1920 y termina en Cuernavaca el 22 de agosto de 1998. Su vida persistirá mientras los humanes nos inspiremos en sus frutos literarios. Entre Puebla y Cuernavaca vivió en Iguala, la Ciudad de México, Estados Unidos, España y Francia. Elena fue tocada por la violencia de la Guerra Cristera, la masacre del 68 y del rechazo de la comunidad intelectual.
Como en su obra hoy la violencia nos permite escuchar la “Voz de Doña Gertrudis. —¡Clemente, Clemente! ¡Oigo pasos!” y el regaño de la “Voz de Clemente. —¡Tú siempre estás oyendo pasos! ¿Por qué serán tan impacientes las mujeres? Siempre anticipándose a lo que va a suceder, vaticinando calamidades.”

A principios del siglo XXI los problemas son distintos a los del siglo pasado y por lo tanto, imposibles de ser descritos, explicados y comprendidos por las ortodoxias existentes. Ya no es suficiente la movilización de las masas, es necesario construir un sistema de enunciados que permitan entender su papel, su historia y su proyección hacia el futuro para después intentar definir el método de movilización. Si bien es necesario cambiar ¿qué cambio impulsar?, ¿cómo hacerlo? México necesita de una teoría que de identidad en las creencias y las conductas; que de posibilidades de definir intencionalidades colectivas, qué dé armonía a la movilización política. Por los resultados obtenidos con anterioridad afirmamos que no son suficientes las marchas, las veladoras encendidas, la indignación y el dolor.
Hay que darle consciencia e inteligencia a la condición política de los ciudadanos porque se oyen los pasos de la violencia: “Clemente (aparece en traje negro y puños blancos). —Creo que tienen razón. ¡Gertrudis! ¡Gertrudis! ¡Ayúdame a buscar mis metacarpios! Siempre los pierdo y sin ellos no puedo dar la mano.
Vicente Mejía (apareciendo en traje de oficial juarista). —Usted leyó mucho, Don Clemente; de ahí le viene el mal hábito de olvidar las cosas. ¡Míreme a mí, completito en mi uniforme, siempre listo para cualquier advenimiento!
Mamá Jesusita (enderezándose en su litera y enseñando la cabeza cubierta con la cofia de encajes). —¡Catita tiene razón! Los pasos vienen hacia acá (se coloca una mano detrás de una oreja, en actitud de escuchar), se han detenido los primeros... a no ser que a los Ramírez les haya sucedido una desgracia... esta vecindad ya nos ha
hecho llevar muchos chascos.
Catalina (saliendo). —¡Tú, duérmete, Jesusita! A ti no te gusta sino dormir:
Dormir, dormir,
que cantan los gallos
de San Agustín.
¿Ya está el pan?”
Porque los humanes no somos tan racionales en nuestras creencias como lo creemos, entonces ¿por qué habremos de serlo en nuestras acciones? La irracionalidad alimentada por los videojuegos y desde los medios, especialmente la televisión, con imágenes sugestivas ¿qué resultados han logrado?
La contaminación de las consignas grandilocuentes de los políticos ¿a dónde nos están llevando? ¿Qué cultura tenemos para suscitar la reflexión de los ciudadanos?
“Jesusita. —¡Ya ves, hija, la vida es un soplo! ...
Clemente (interrumpiendo). —¡Por piedad, ahora no encuentro mi fémur!
Jesusita. —¡Qué falta de consideración! ¡Interrumpir a una señora! (Catita mientras tanto ha estado ayudando a Jesusita a arreglarse la cofia.)
Vicente. —Yo vi a Catita jugar con él a la trompeta.
Gertrudis. —Tía Catalina, ¿dónde olvidó usted el fémur de Clemente?
Catalina. — ¡Jesusita! ¡Jesusita! ¡Me quieren quitar mi corneta!
Mamá Jesusita. —¡Gertrudis, deja en paz a esta niña! Y en cuanto a ti, te diré:
no es tan malo que mi niña enfermara,
como la maña que le quedara...
Gertrudis. —Pero mamá, no seas injusta, ¡es el fémur de Clemente!
Catalina. —¡Fea, mala! ¡Te pego! ¡No es su fémur, es mi cornetita de azúcar!”

¿Podemos justificar la “violencia“, como energía creadora puesta al servicio de los intereses primordiales de las mayorías y la civilización? ¿Podemos justificar la violencia que tiene como objetivo imponer la organización de un determinado orden social en el que una minoría gobierna a la mayoría?
¿Qué es lo que debemos discutir? Importa considerar de entre las varias cuestiones aquellas que resultan fundamentales para restablecer el orden en México. No resulta difícil establecer las alternativas básicas. ¿Debemos elegir entre construir un estado de cosas donde reine la razón o la fuerza’; ¿dónde reine el bien común o los intereses de unos cuantos? ¿El fin a perseguir es el bienestar de todos o sólo de los que detentan el poder?
La discusión es en torno a la democracia y toda ella gira alrededor de tres conceptos: Soberanía Popular, igualdad y autogobierno. La razón de que esto sea así es porque estos conceptos se encuentran interrelacionados. El pueblo es soberano en la medida en que todos quienes lo forman son igualmente soberanos (una soberanía desigual implicaría que una parte del pueblo es soberana y que otra parte no lo sea). Y quien es soberano no es el objeto, sino el sujeto del gobierno –de ahí el autogobierno.
Tomada la decisión de restaurar la Soberanía Popular el siguiente paso para superar el estado caótico en el que México se encuentra es necesario ir más allá de la etapa de considerar como problema “el quién gobierna” y sustituirlo por el problema de “cómo se gobierna” y “para qué se gobierna”. Las propuestas que haré se derivan de lo planteado por la vigente Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, específicamente en el Título segundo, capítulo I que trata de la Soberanía Nacional y de la forma de gobierno. El artículo 39 establece que “la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.” Y el artículo 41 puntualiza que “El pueblo ejerce su Soberanía por medio de los poderes de la Unión. Establece todo lo concerniente a los partidos políticos y la organización de elecciones.
Si quien ejerce el poder ha descuidado el cómo lo ejerce al grado de que son flagrantes sus yerros jurídicos al mantener un sistema de impunidad, entonces el nuevo orden pasa por construir un camino que nos lleve a restaurar la Soberanía Popular; si esto es así, entonces debemos considerar lo siguiente: para restaurar su soberanía ¿es necesario que el pueblo (el conjunto de ciudadanos que conforman la nación), ejerciendo su derecho de resistencia, actue fuera del derecho para restablecerla? Cualquiera que sea la respuesta los ciudadanos interesados en construir un nuevo orden deberemos construir un programa de acción que deba, al menos, satisfacer tres condiciones. Responder a las circunstancias específicas que vivimos; la ejecución del programa deberá estar vinculada a la elección de los tiempos (oportunidad); y finalmente, deberá aceptarse que el programa necesariamente afectará a quienes han usurpado la Soberanía Popular.

La obra comentada de Elena termina con el siguiente diálogo:
“Lidia. —¡Un hogar sólido, Muni! Eso mismo quería yo... Y ya sabes, me llevaron a una casa extraña y en ella no hallé sino relojes y unos ojos sin párpados, que miraron durante años. Yo pulía los pisos, para no ver los miles de palabras muertas que las criadas barrían por las mañanas. Lustraban los espejos, para ahuyentar nuestras miradas hostiles. Esperaba que una mañana surgiera de su azogue la imagen amorosa. Abría libros, para abrir avenidas en aquel infierno circular. Bordaba servilletas, con iniciales enlazadas, para hallar el hilo mágico, irrompible, que hace de dos nombres uno...
Muni. —Lo sé, Lili.
Lidia. —Pero todo fue inútil. Los ojos furiosos no dejaron de mirarme nunca. Si pudiera encontrar la araña que vivió en mi casa —me decía a mí misma— con su hilo invisible que une la flor a la luz, la manzana al perfume, la mujer al hombre, cosería amorosos párpados a estos ojos que me miran, y esta casa entraría en el orden solar. Cada balcón sería una patria diferente; sus muebles florecerían; de sus copas
brotarían surtidores; de las sábanas, alfombras mágicas para viajar al sueño; de las manos de mis niños, castillos, banderas, y batallas... pero no encontré el hilo, Muni...
Muni. —Me lo dijiste en la Comisaría. En ese patio ajeno, lejos para siempre del otro patio en cuyo cielo un campanario nos contaba las horas que nos iban quedando para el juego.
Lidia. —Sí, Muni. Y en ti guardé el último día que fuimos niños. Después sólo quedó una Lidia sentada de cara a la pared, esperando...
Muni. —Tampoco yo pude crecer, vivir en las esquinas. Yo quería mi casa...
Eva. —También yo, Muni, hijo mío, quería un hogar sólido. Tanto que el mar lo golpeara todas las noches ibum!, ibum!, y él se riera con la risa de mi padre, llena de peces y de redes.
Clemente. —¿Lili, no estás contenta? Hallarás el hilo y hallarás la araña. Ahora tu casa es el centro del sol, el corazón de cada estrella, la raíz de todas las hierbas, el punto más sólido de cada piedra.
Muni. —Sí, Lili, todavía no lo sabes, pero de pronto no necesitas casa, ni necesitas río. No nadaremos en el Mezcala: seremos el Mezcala.
Gertrudis. —A veces, tendrás mucho frío; y serás la nieve cayendo en una ciudad desconocida, sobre tejados grises y gorros rojos.
Catalina. —A mí lo que más me gusta es ser bombón en la boca de una niña, o cardillo, ¡para hacer llorar a los que leen cerca de una ventana!
Muni. —No te aflijas cuando tus ojos empiecen a desaparecer, porque entonces serás todos los ojos de los perros mirando pies absurdos.
Mamá Jesusita. —Ay, ojalá, y nunca te toque ser ojos ciegos de pez ciego en lo más profundo de los mares. No sabes la impresión terrible que tuve: era como ver y no ver.
Catalina (riéndose y palmoteando). —¡También te asustaste mucho cuando eras el gusano que te entraba y salía por la boca!
Vicente. —Pues para mí lo peor ha sido ser el puñal del asesino.
Mamá Jesusita. —Ahora volverán las tuzas. No grites cuando tú misma corras por tu cara.
Clemente. —No le cuenten eso, la van a asustar. Da miedo aprender a ser todas las cosas.
Gertrudis. —Sobre todo que en el mundo apenas si aprende uno a ser hombre.
Lidia. — ¿Y podré ser un pino con un nido de arañas y construir un hogar sólido?
Clemente. —Claro. Y serás el pino y la escalera y el fuego.
Lidia. —¿Y luego?
Mamá Jesusita. —Luego Dios nos llamará a su seno.
Clemente. —Después de haber aprendido a ser todas las cosas, aparecerá la lanza de San Miguel, centro del Universo. Y a su luz surgirán las huestes divinas de los ángeles y entraremos en el orden celestial.
Muni. —iYo quiero ser el pliegue de la túnica de un ángel!
Mamá Jesusita. —Tu color irá muy bien, dará hermosos reflejos. ¿Y yo qué haré, enfundada en este camisón?
Catalina. — ¡Yo quiero ser el dedo índice de Dios Padre!
Todos a coro. — ¡Niña!
Eva. —¡Y yo una ola salpicada de sal, convertida en nube!
Lidia. — ¡Y yo los dedos costureros de la Virgen, bordando... bordando...!
Gertrudis. —Y yo la música del arpa de Santa Cecilia.
Vicente. —Y yo el furor de la espada de San Gabriel.
Clemente. —Y yo una partícula de la piedra de San Pedro.
Catalina. —¡Y yo la ventana que mire al mundo!
Mamá Jesusita. —Ya no habrá mundo, Catita, porque todo eso lo seremos después del Juicio Final.
Catalina (llora). —¿Ya no habrá mundo? ¿Y cuándo lo voy a ver? Yo no vi nada. Ni siquiera aprendí el silabario. Yo quiero que haya mundo.
Vicente. — ¡Velo ahora, Catita! (A lo lejos se oye una trompeta.)
Mamá Jesusita. —¡Jesús, Virgen Purísima! ¡La trompeta del Juicio Final! ¡Y yo en camisón! Perdóname, Dios mío, esta impudicia...
Lidia. —No, abuelita. Es el toque de queda. Hay un cuartel junto al panteón.
Mamá Jesusita. —¡Ah! Sí, ya me lo habían dicho; y siempre se me olvida. ¿A quién se le ocurre poner un cuartel tan cerca de nosotros? ¡Qué gobierno! ¡Se presta a tantas confusiones!
Vicente. —¡El toque de queda! Me voy. Soy el viento. El viento que abre todas las puertas que no abrí, que sube en remolino las escaleras que nunca subí, que corre por las calles nuevas para mi uniforme de oficial y levanta las faldas de las hermosas desconocidas... ¡Ah, frescura! (Desaparece.)
Mamá Jesusita. —¡Pícaro!
Clemente. —¡Ah, la lluvia sobre el agua! (Desaparece.)
Gertrudis. —¡Leño en llamas! (Desaparece.)
Muni. —¿Oyen? Aúlla un perro. ¡Ah, melancolía! (Desaparece.)
Catalina. —¡La mesa donde comen nueve niños! ¡Soy el juego! (Desaparece.)
Jesusita. —¡El cogollito fresco de una lechuga! (Desaparece.)
Eva. —¡Centella que se hunde en el mar negro! (Desaparece.)
Lidia. —¡Un hogar sólido! ¡Eso soy yo! ¡Las losas de mi tumba! (Desaparece.)

México… ¿Un hogar sólido?... ¿Estaremos esculpiendo las losas de nuestra tumba? No a menos de que recuperemos la Soberanía Popular y reconozcamos la autoridad de quienes la tienen y a nadie más.


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