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jueves, 20 de marzo de 2025

Juárez, la Reforma y su proyección

Juárez, la Reforma y su proyección

José Antonio Robledo y Meza

 

La historia a contar se inicia en el periodo que va de 1855 a 1861. El 9 de agosto de 1855 con el triunfo del Plan de Ayutla y la huida del general Santa Anna empieza el periodo conocido por los mexicanos como “Reforma” que, bajo una forma parlamentaria, en torno al Congreso Constituyente de 1856-1857 primero, con las Leyes de Reforma, en plena guerra civil después, iba a sentar las bases de la lenta transformación política, cultural, social y económica de México, que conduciría al Porfiriato y a la Revolución. 

Siguiendo el hilo de las caricaturas de la época puede tenerse una idea del antijuarismo en este periodo. Por ejemplo, el 19 de marzo de 1861 una caricatura de Guillermo Tell representa a Juárez, quien afirma a tres hombres del pueblo que el país les debe la libertad y el progreso y haciéndoles promesas, y luego a un ujier, quien les dice que el presidente no recibe.

Otro rastro del espíritu de Reforma puede seguirse en los discursos. Por ejemplo, el 9 y 10 de abril José Rivera y Río dice: “Al pueblo está tan miserable, tan desmoralizado, tan lleno de necesidades como ayer...” (“Principios-Intereses”, Boletín de Noticias). El 8 de junio se señala que hasta entonces la Reforma sólo había sido un movimiento de opinión por aplicar. Lo propio de una revolución, escribe José María Vigil, es destruir y luego organizar; la obra de demolición se acabó, los que se oponían al progreso y a la democracia están vencidos. Ahora hay que organizar la reforma. (“La Convención”, El país, no. 147, 3) 

Dos decesos, en el año de 1861, marcaron también este periodo de Reforma. El 22 de marzo de muere Miguel Lerdo de Tajada y el 3 de junio fue asesinado Melchor Ocampo. La muerte de Lerdo provocó la desorganización al grupo de Veracruz, dejando el campo libre a Juárez. Fue entonces que Juárez fue elegido presidente constitucional al mismo tiempo que se preparaba la intervención.

Este proceso conocido como Reforma fue iniciado por un grupo heterogéneo, humillado, inculto y miserable que fue capaz de iniciar el camino de construcción de una nación demócrata, libre, consciente y próspera, digna, en fin, de entrar en la vía del progreso. 

LOS MEDIOS:

Se reconocía que la reforma política y moral era necesaria: cambiar a los hombres, sacar a las conciencias de la abyección en que se habían mantenido siglos de tiranía; la destrucción de ese largo acondicionamiento pasaba por el ejercicio de la democracia y la emancipación de las conciencias, es decir, por la libertad religiosa; la construcción del hombre nuevo se realizaría gracias a la educación leit motiv del siglo diecinueve.

Se reconocía que lo anterior no bastaba: sería preciso modificar las estructuras socioeconómicas para que todo el pueblo mexicano se beneficiara de las riquezas nacionales y no solamente unos pocos privilegiados. 

LOS PROBLEMAS:

Los hombres que impulsaron la Reforma se enfrentaron a problemas que parecían casi imposibles de resolver. ¿Cómo reducir la oposición de los cuerpos privilegiados, y del primero de ellos, la Iglesia? El poder de la Iglesia, fincado en sus bienes, podía afectarse con las reformas. ¿Cómo en el estado de penuria en que se hallaba el erario, reunir los fondos necesarios para las reformas materiales, creación de escuelas, carreteras, ferrocarriles? Se carecía de tiempo y estabilidad.

En el sistema de gobierno que preconizaban los liberales, las garantías del individuo como el arbitraje del Estado se debían ajustan dentro de un marco legal definido por y para Occidente, y del que no se podía salir. Ese respeto absoluto a la legalidad -a cierta legalidad- en sus aspectos más formales, imponía esquemas, el del federalismo que obstaculizaba la acción de los reformistas. Era el sistema de gobierno el que prohibía estudiar una legislación social que se juzgaba necesaria: la ley no debía entrar en esos pormenores. La ley hacía intocable la propiedad privada.

Es por lo contradictorio de sus concepciones y la ambigüedad de sus soluciones que algunos reformistas pusieron en duda las capacidades de la ley para resolver los problemas. Otros dudaron de los datos de esos problemas y de la amplitud de las soluciones que propusieron.

Hoy en este 2025 a siglo y medio del movimiento de Reforma la sociedad mexicana bajo el principio de la soberanía del Pueblo, combatiendo todo tipo de discriminación (racismo, clasismo, privilegios) y recordando el natalicio de Benito Juárez es que los mexicanos continuamos la marcha hacia la construcción de una Nueva República.

 

robledomeza@yahoo.com.mx

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miércoles, 27 de marzo de 2024

Solicitud de renuncia de 51 diputados a Juárez como Presidente Constitucional, 7 de septiembre de 1861, segunda y última parte.

Solicitud de renuncia de 51 diputados a Juárez como Presidente Constitucional, 7 de septiembre de 1861, segunda y última parte.

José Antonio Robledo y Meza

 

El Ejecutivo, ciudadano Presidente, no procuró extender su acción legal, benéfica y conciliadora, en los Estados y éstos, temiendo por el porvenir de las causas en favor de las que habían luchado, se han encerrado en sus propias individualidades, dando por resultado, todo ello, la rotura de los vínculos federales.

Creemos que para consumar una gran revolución no son bastantes los títulos legales, es necesario el tacto político; creemos que para mandar a un pueblo que tiene la conciencia de su fuerza no alcanza la coacción de la ley y que, en los países que han aspirado ya las auras de la libertad, el único Gobierno posible es el basado sobre el prestigio y el amor de los pueblos, prestigio y amor que desgraciadamente a perdido de todo punto el actual personal de la administración.

Lejos de nosotros la idea de imputar como un delito, como un crimen o un error, los hechos que hemos referido; nos venimos hoy con el carácter de acusadores, ni en nuestra calidad de ciudadanos queremos abrogarnos los derechos de jueces. Desagracia o más bien resultado preciso de las grandes revoluciones que devoran no sólo la vida y las haciendas de los hombres prominentes, sino también su prestigio y reputación, el hecho es que, el actual Presidente de la República, a quien nos dirigimos, no es posible que salve la situación y su separación del alto puesto que ocupa es una necesidad tan imperiosa para la salvación del país, como fue importante su presencia en él, en los primeros días de la revolución. Durante ella y en los de prueba, usando de ese poder siempre ominoso que se llama dictadura, se gastó lo mas noble que poseía, su prestigio y su poder moral en vano se ha pretendido reconquistar por medio de combinaciones ministeriales que no han hecho más que sacrificar otras tantas reputaciones, esterilizando nobles y fecundas inteligencias.

La revolución, ciudadano Presidente, necesita de éstas; necesita que el nombre de Juárez no pase a la posteridad con las notas que sobre él arrojaría la historia, si apareciera como el hombre que sofocó los gérmenes de una gran revolución; la reforma exige la vida, la acción que presta sólo al prestigio perdido hoy y que es el único centro de unión que puede reanudar los vínculos federativos ya rotos; que puede revivir los elementos de la organización social ya apagados; que puede, por último darnos la fuerza para salir airosos en los conflictos interiores y exteriores que nos amenazan. Y, en nombre de esas supremas necesidades, en nombre de la salvación de los principios políticos que profesamos, en nombre del honor y la salvación de nuestro país, ocurrimos al ciudadano que es capaz de todas las virtudes republicanas, al ciudadano que ocupa el poder, según él mismo lo ha dicho, por un acto de noble abnegación; al ciudadano que jamás hará personal la cuestión de los interese sociales y respetuosamente le pedimos se separe temporal o absolutamente de la Presidencia de la República, en la que sus virtudes son estériles y en las que sacrifica, con su propia reputación, el porvenir de la República.

Protestamos de la manera más solemne ante el ciudadano Presidente y ante el mundo entero que al elevar esta súplica no nos mueve interés alguno bastardo, sino única y exclusivamente el sagrado de la salvación del país y esperamos que, en los términos prescritos por artículo 8vo del código fundamental, se sirva mandarnos sea manifiesta su resolución.

México, 7 de septiembre de 1861.

Manuel María Ortiz de Montellano, D. Balandrano, N. Medina, I. Calvillo Ibarra, Enrique Ampudia, Víctor Pérez, Antonio Rebollar, Susano Quevedo, Braulio Carballar, Pedro Ampudia, Joaquín Escalante, Antonio C. Ávila, Pantaleón Tovar, M. de la Peña y Ramírez, Manuel López, Manuel Romero Rubio, J.R. Nicolín, Jesús Gómez, Antonio Carrión, Juan Bustamante, J.M. Castro, Antonio Tagle, Francisco Ferrer, Ignacio M. Altamirano, Juan Ortiz Careaga, Pablo Téllez, José Linares, Francisco M. Arredondo, J.M. Savorio, Agustín Menchaca, Ignacio Escala, Luis Cossío, Domingo Romero, J.M. Carbó Vicente Chico Seín, G. Aguirre, Juan González Urueña, Miguel Dondé, Manuel Castilla y Portugal, Justino Fernández, Antonio Herrera Campos, Vicente Riva Palacio, Ramón Iglesias, Francisco Vidaña, Trinidad García de la Cadena, M. Saavedra, R. Vázquez, Juan Zalce, Eufemio Rojas, J. Rivera y Río, Juan Carbó,

Fuente Jorge L. Tamayo (Selección y notas de), 1966, Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia, t.5, Secretaría del Patrimonio Nacional, México, 13-15.

 

robledomeza@yahoo.com.mx

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martes, 26 de marzo de 2024

Solicitud de renuncia de 51 diputados a Juárez como Presidente Constitucional, 7 de septiembre de 1861, primera de dos partes.

Solicitud de renuncia de 51 diputados a Juárez como Presidente Constitucional, 7 de septiembre de 1861, primera de dos partes.

José Antonio Robledo y Meza

 

Un grupo de diputados pide la renuncia a Juárez como Presidente Constitucional

 

Los que suscribimos, ciudadanos mexicanos en ejercicio de nuestros derechos, al ciudadano Presidente de la República, exponemos:

 

Que, elegidos por el libre voto de nuestros conciudadanos para venir a representarlos en el Congreso de la Unión, en nuestra calidad de Diputados, hemos llenado hasta hoy nuestro deber, estudiando la situación del país, el origen de los males que lo aquejan y los medios que, aunque escasos, sean eficaces para salvarlo y, después de un maduro examen que ha producido en nosotros la convicción más profunda respecto de las medidas indispensables para organizar la marcha de la causa pública y para alcanzar la salvación no sólo de los principios políticos conquistados sino aun de la autonomía nacional, con ella y, cumpliendo un deber indeclinable que nos impone nuestra conciencia de ciudadanos y haciendo abstracción de nuestro carácter de Diputados, venimos a elevar una petición respetuosa al ciudadano Presidente, usando del derecho que nos concede el artículo 8vo del Código fundamental.

 

Vemos en la situación actual un elemento mayor que otro alguno de desorganización en la rotura casi absoluta de los lazos federativos, que deberían ligar, haciendo una las diversas partes que constituyen nuestra nacionalidad y la escisión de los Estados que tanto espanta y con razón en la esfera de los hechos consumados, existe ya, así en el orden administrativo como en el Legislativo y Judicial. Falta pues, la unidad federativa y con ella faltará dentro de poco la unidad nacional, siendo imposible, por lo mismo, todo Gobierno en el centro y quedando, cómo está reducido a luchar estérilmente con su propia impotencia. La verdad de este hecho tiene el carácter de la evidencia; a dónde pueda conducirnos esta situación es demasiado fácil adivinarlo; cuál sea la causa de ella y cuál el remedio es, pues, el asunto de que venimos a ocuparnos.

 

La gigantesca revolución que ha hecho triunfar en los campos de batalla la bandera de la Reforma, no ha sido, ciudadano Presidente, una de tantas revueltas que han agitado durante 40 años nuestro desgraciado país; ha sido, sí, una verdadera revolución social, en que el pueblo ha adquirido la conciencia de su fuerza y se ha puesto a la altura de las conquistas que ha pretendido alcanzar; pero esa revolución, los combates y las victorias no han sido, ni podido ser más que el prólogo, estando encomendado su desarrollo y su consumación a la inteligencia política y administrativa e importante es recordar que en esa lucha los que alcanzaron la victoria, los que para ella sacrificaron su reposo y su hacienda, prodigando su sangre fueron, sin duda, los pueblos del interior de la República y de la frontera, que en el día del triunfo depusieron en el altar de la legalidad todas sus conquistas. esperaron, con razón, el desarrollo y consumación de la Reforma; con ella esperaron también ver curadas esas llagas que de antiguo minan nuestra existencia social y que nos ponen bajo la dependencia de las potencias extranjeras, que nos dominan con el título oprobiosos de acreedores; esperaron ver organizar la administración pública sobre los elementos de moralidad y de justicia, desterrados de ella tanto tiempo hace y, bajo el halago de esa esperanza, quedaron ahogadas las ambiciones bastardas y por la primera vez en la historia de nuestro país, el soldado victorioso acató la ley y cedió el puesto al depositario del Supremo Poder de la Nación.

 

Mas, por desgracia, todas esas esperanzas han salido fallidas; la revolución se ha detenido en su marcha, puesto que no ha adelantado un solo paso en la esfera administrativa; la desmoralización se ha entronizado en todas direcciones y luchando el Ejecutivo con la falta absoluta de recursos, se ve el país amenazado por la guerra extranjera, devastado por bandidos que, sin invocar un pretexto o un principio político al menos, todo lo destrozan a su paso. Esto es porque a faltado vida y acción en el centro, que ha visto desaparecer en menos de cien días inmensas riquezas acumuladas por el clero en tres siglos de dominación absoluta; que no ha podido cumplir una sola de las promesas mil que ha hecho al país; que ha tenido la desgracia de ver levantar en la puerta de la Capital por pequeñas hordas de bandidos cadalsos en que han perecido los hombres más prominentes de la revolución; que con el poder omnímodo no ha podido destruir unas cuantas bandas de forajidos, ni alcanzar siquiera asegurar la vida y las haciendas de los ciudadanos en el centro mismo de la Capital; que, por último, se ha visto obligado a los cuatro meses de existencia a buscar los medios de sostenerla en las fuentes mismas a que acudió la reacción caduca y moribunda, en los últimos instantes de su agonía.

 

(Continuará)

 

robledomeza@yahoo.com.mx

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sábado, 16 de marzo de 2024

Juárez el héroe de la segunda trasformación mexicana.

Juárez el héroe de la segunda trasformación mexicana.

José Antonio Robledo y Meza

 

La narrativa en torna a Juárez es, entre las narrativas políticas, la que mejor deja ver el dinamismo integrador de lo mexicano. Es en este sentido un crisol donde se amalgaman ideas de variado origen que imponen el sello inconfundible de lo mexicano y moderno.

Es en la “Oración Cívica”, pronunciada por Gabino Barreda el 16 de septiembre de 1867, que Benito Juárez García es mencionado por primera vez como héroe. Barreda lo califica como “benemérito” (digno de premio), “inmaculado” (sin mancha); “constante, personificación del gobierno Nacional” y “adalid” (guía).

¿Qué hizo Juárez para merecer tales calificativos? Para responderla dejemos hablar a Barreda, no sin antes advertir que Juárez recibe un trato especial y, sólo al principio, sorprendente, en virtud de que es calificado como héroe aun estando vivo.

La sorpresa inicial se diluye al observar que Juárez está íntimamente relacionada con el núcleo de representaciones de la narración fundadora del Estado mexicano. Juárez no podía estar por debajo de la importancia de dicha génesis. En el fondo lo que Barreda hace es construir, a través de la representación de Juárez, la representación del Ejecutivo de dicho Estado. Un ejecutivo sin mancha y, por ello, adalid. Barreda hace una defensa por vía de la “demostración” del principio de autoridad depositado en el Ejecutivo. Como la historia lo mostrará esto habrá de ser captado muy bien por Justo Sierra y Porfirio Díaz quienes son, en buena medida, responsables del culto a Juárez.

Como puede observarse al leer la “Oración Cívica”, la calificación positiva corresponde a acciones en las que está involucrada la defensa de la patria, su libertad e independencia. No es de extrañar que en una ceremonia patriótica como la del 16 de septiembre éste fuera el tema a exaltar y Barreda no deja de hacerlo. Era también una fecha en la que el homenaje al héroe significaba igualmente el culto a la sangre de los muertos, a la de los héroes y a la del pueblo. Esta identidad entre el heroísmo de unos cuantos con el heroísmo de todos se reitera. Para Barreda también el 16 de septiembre es una de las fechas sagradas porque marca el surgimiento de la nueva nación mexicana.

Habiendo separado Juárez a la Iglesia del Estado se necesitaba un nuevo sustento ideológico y éste debía surgir a partir de la historia. Se trataba de crear un nuevo carácter nacional, laico, que modificase las costumbres, los hábitos mentales y aun los valores de los mexicanos. Los relatos históricos, moralizantes y edificantes para la juventud, jugarían ahora el papel que antes habían jugado los religiosos. Sería a través de la historia patria que los educandos conocerían su herencia y reverenciarían a sus héroes, quienes asumían así el lugar del santoral. Sólo a través de la historia se podía exaltar el amor a la patria y enaltecer a sus hombres eminentes por sus virtudes, los cuales evidentemente eran los liberales. A partir de aquel momento, la historia nacional empezó a convertirse en un mito político unificador.

La lucha por la unidad nacional, es donde los héroes despliegan su ejemplaridad, lucha que había sido librada por la Independencia, es decir, la que confrontaba a los mexicanos patriotas con otras potencias que querían su sujeción. En el discurso de Barreda se mencionan, en primer lugar, la guerra contra España (insurgencia) y el segundo evento es la intervención francesa. Sobre esta última, Barreda afirma que los invasores estaban encabezados por un personaje cuyas únicas dotes eran la astucia y la falsía, que se movía con el objetivo de exterminar a las instituciones republicanas en América. Por ello, el combate que libraron los mexicanos fue no sólo salvar a su patria sino el porvenir de toda la humanidad. La salvación de México fue proyectada por Barreda como el inicio de un inmejorable porvenir para toda la humanidad. Con esto quedaba asegurado el carácter cosmológico del mito liberal.

La línea argumental de Barreda revela la fuerza de su premisa mayor al introducir la coyuntura mexicana en un contexto más amplio que es el porvenir de la humanidad. Lo que Barreda ofrece es una pieza, que no termina de ser comprendida en su caracterización de las etapas de la historia mexicana, sin considerar a la contraparte de los héroes que encarnan tendencias, ellos son los traidores, los apátridas: Juan Nepomuceno Almonte, José María Gutiérrez Estrada, Antonio López de Santa Anna, Leonardo Márquez. Se trata de los hombres identificados con el servilismo y no por la independencia. No son otra cosa -dice Barreda-, que “mexicanos degradados”.

Barreda también dedica un espacio a Napoleón III a quien acudieron “los mexicanos extraviados que, en el vértigo del despecho, no vieron el tamaño de su crimen.” Así, “en manos de ese verdugo de la república francesa entregaron una nacionalidad, una independencia y unas instituciones que habían costado ríos de sangre y medio siglo de sacrificios y de combates.” El objetivo de Napoleón III junto con los traidores, significaba no sólo un modelo de gobierno, sino también, matar la autonomía y la libertad de un continente entero.

Así pues, en la “Oración cívica” se narran las heroicas luchas de varias historias del pueblo mexicano encabezado por sus héroes en aras de su emancipación mental y científica, política y religiosa. En este discurso, los actores de la crisis revolucionaria no son solamente individuos, héroes o traidores, sino también actores colectivos. A lo largo de la crisis, los actores colectivos tradicionales (clero y ejército) fueron acompañados por nuevos actores: los partidos políticos.

De esta manera, Juárez, “que se había abrazado al pabellón nacional” y que era la personificación del gobierno nacional, lo era por tener las cualidades más sublimes: preclaro, patriota, indomable y constante, hábil político, el héroe viviente tras el que están los hombres del triunfo, sin apelativo ni calificación, con fe en el porvenir. En una palabra “inmaculado”.

La figura de Juárez es relevante en el discurso de Barreda y tiene claros objetivos políticos. Juárez está asociado al fortalecimiento de la idea del poder republicano y al engrandecimiento del ejecutivo. En ambos casos hace referencia directa a la legitimación y consolidación del nuevo poder. La figura de Juárez adquiere la importancia de trascender su vigencia nacional y se proyecta universalmente. Su recorrido por todo el norte del país adquiere marcado carácter simbólico. Así pues, desde entonces, Juárez está asociado en el imaginario colectivo como símbolo de liberación.

Juárez es inmortal, nos dice Barreda, por ser auténtico mexicano, por sacar adelante la bandera de la libertad. Sus armas fueron las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857, las armas con las que contaban los civiles para sustituir las armas de los militares.

 

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domingo, 19 de marzo de 2023

La oposición a Juárez durante la República Restaurada

La oposición a Juárez durante la República Restaurada

José Antonio Robledo y Meza

 

La primera presidencia de la República Restaurada fue ejercida por Benito Juárez (1867-1872) y fue consecuencia de la derrota del Segundo Imperio. La restauración republicana en México comenzó el 15 de julio de 1867, cuando Benito Juárez regresó a la Ciudad de México luego de su victoria contra el Segundo Imperio.

Entre 1865 y 1867, se registraron varios sucesos en el ámbito internacional que influyeron en la caída del segundo imperio. En Europa, las tensiones entre varios países estaban a punto de detonar enfrentamientos bélicos en los que estaría involucrada la Francia de Napoleón III. Este hecho provocó que el gobierno francés retirara el apoyo a Maximiliano de Habsburgo.

Juárez desde la presidencia de inmediato convocó a elecciones, en las que resultó triunfador, y su siguiente período presidencial estuvo orientado a reparar la economía, impulsar la educación, fomentar la seguridad pública, terminar con las gavillas de ladrones y caciques que asolaban al país. Al presentarse el período electoral de 1871, los candidatos fueron Juárez, Lerdo y Díaz. Luego de las elecciones, Juárez se reeligió y Díaz proclamó el Plan de la Noria con el que desconocía a Juárez. Una nueva revolución sacudió al país, pero en julio de 1872 Juárez murió y la revuelta, prácticamente derrotada, se acogió al indulto del nuevo presidente Sebastián Lerdo de Tejada.

Roto el conservadurismo, las riquezas de la Iglesia confiscadas, destruido la fuerza del “Partido Conservador”, desacreditada la monarquía -ligada a la intervención extranjera-, la República Restaurada puede caracterizarse por la lucha por el poder entre liberales.

La alianza liberal después de expulsar a los franceses era mucho más amplia y heterogénea que la triunfante en la Guerra de los Tres años que acabó en 1860. El apoyo a Juárez en 1867 era muy amplio. Sin embargo, en agosto antiguos defensores estaban descontentos para que Juárez continuara en la presidencia. Algunos lo consideraban demasiado intransigente para trabajar en la tarea de reconciliación y reconstrucción, otros pensaban que nueve años en la presidencia, aunque sólo cuatro de ellos como presidente electo constitucionalmente, eran más que suficientes, otros afirmaban tener temor, por las tendencias centralistas de su gobierno, finalmente, otros veían en él tendencias dictatoriales. En su conjunto, fueron causa de que la alianza republicana se escindiera.

Integrado a lo anterior otro factor de la escisión republicana fue la reorganización militar. El 27 de julio Juárez reorganizó el ejército; el destino de quienes habían aceptado empleos en el imperio. Por breve tiempo el gobierno adoptó una política de persecución, que según la ley del 16 de agosto de 1863 comprendía la confiscación de las haciendas de todo aquel que hubiera servido al imperio. Se enjuició y fusiló a algunos, se condenó a cárcel a otros, se desterró a doce destacados partidarios del imperio y a un número mayor se les puso en libertad bajo palabra con vigilancia oficial. Al poco tiempo una orden presidencial conmutó las confiscaciones, sustituyéndolas por un sistema de multas. Algunos liberales exigían el pleno cumplimiento de la ley, otros condenaban las persecuciones por inconstitucionales e instaban a que se expidiera una ley de amnistía.

El gobierno trató de seguir un rumbo intermedio: la Convocatoria para elegir al presidente, magistrados de la Suprema Corte y diputados al IV Congreso, del 14 de agosto 1867. La convocatoria, decretada por Sebastián Lerdo de Tejada, traía anexa una disposición para que, en el momento de escoger el colegio electoral, los votantes manifestaran su aprobación o su inconformidad con una propuesta que autorizaría al Congreso a discutir e implantar cinco reformas a la Constitución sin necesidad de actuar conforme al proceso constitucional de reformas. Estas reformas eran 1) la creación del senado para diluir el poder legislativo, 2) dar al presidente el derecho de veto sobre proyectos de ley, 3) autorizar a los ministros a contestar en comunicaciones escritas las averiguaciones del Congreso, 4) limitar el poder de la Comisión Permanente para convocar sesiones especiales del pleno del Congreso, 5) permitir al Congreso fijar la línea de sucesión a la presidencia más allá del presidente de la Suprema Corte.

Varios se opusieron a las reformas, otros negaron la urgencia y los méritos de las mismas, otros más atacaron la rehabilitación de los imperialistas y del clero que la convocatoria propugnaba en sus artículos 22-26, otros contra la iniciativa presidencial de reforma constitucional mediante el plebiscito sin hacer caso de la ratificación por las legislaturas de los estados.

La oposición a Juárez se alentó desde la prensa. Manuel María de Zamacona dirigió la lucha desde su periódico El Globo (19.08.1867), en el cual calificaba al procedimiento de ataque a la Constitución y recomendaba boicotear el plebiscito; Pantaleón Tovar desde El Siglo XIX se opuso a la forma de presentar las propuestas. El 20 de agosto de 1867 apareció en diez periódicos de la capital una protesta contra la convocatoria firmada por El Boletín Republicano, La Conciencia Pública, El Constitucional, El Defensor del Pueblo, El Diablo Amarillo, El Globo, El Monitor Republicano, La Orquesta, El Siglo XIX, y La Sombra.

La primera protesta colectiva de esos mismos periódicos fue contra el artículo 4 de la ley del 14 de agosto de 1867 sobre la libertad de prensa. Muchos de los firmantes se opusieron después a la elección de Juárez y algunos se volvieron porfiristas. José Díaz Covarrubias, director del Diario Oficial, hizo eco de las protestas. El Correo de México, de Ignacio M. Altamirano, publicó durante seis semanas editoriales hostiles a la convocatoria y que venían de todos los rumbos del país.

Las actitudes de la prensa de la capital durante el verano y el otoño de 1867 muestran cómo se disolvió la coalición de la época de guerra. La Orquesta se puso en oposición al gabinete a fines de julio. El Globo, en la segunda semana de agosto empieza a apremiar para que se actuara con mayor rapidez sobre la convocatoria y se regresara al gobierno constitucional. Sus primeros ataques frontales se dirigieron a las reformas y al plebiscito contenido en la convocatoria. A mediados de septiembre se volvió acérrimo enemigo del gobierno e impulsó la candidatura de Porfirio Díaz. El Correo de México, en septiembre imprimía argumentos en contra de la reelección de Juárez. El 1 de octubre de 1867 incluyó un extenso artículo, original de José María Mata, que citaba la convocatoria como razón para que el “Partido Demócrata Constitucional” retirara su respaldo electoral a Juárez y apoyara a Díaz.

El tema de la convocatoria fue el factor más destacado para la creación de la oposición porfirista, del partido antijuarista que se llamó según el caso “Partido Constitucionalista” o “Partido Progresista”.

Los opositores a Juárez eran en su mayoría abogados y periodistas.

 

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lunes, 14 de marzo de 2022

Solicitud de renuncia de 51 diputados a Juárez como Presidente Constitucional, 7 de septiembre de 1861

Solicitud de renuncia de 51 diputados a Juárez como Presidente Constitucional, 7 de septiembre de 1861


Un grupo de diputados pide la renuncia a Juárez como Presidente Constitucional


Los que suscribimos, ciudadanos mexicanos en ejercicio de nuestros derechos, al ciudadano Presidente de la República, exponemos:

Que, elegidos por el libre voto de nuestros conciudadanos para venir a representarlos en el Congreso de la Unión, en nuestra calidad de Diputados, hemos llenado hasta hoy nuestro deber, estudiando la situación del país, el origen de los males que lo aquejan y los medios que, aunque escasos, sean eficaces para salvarlo y, después de un maduro examen que ha producido en nosotros la convicción más profunda respecto de las medidas indispensables para organizar la marcha de la causa pública y para alcanzar la salvación no sólo de los principios políticos conquistados sino aun de la autonomía nacional, con ella y, cumpliendo un deber indeclinable que nos impone nuestra conciencia de ciudadanos y haciendo abstracción de nuestro carácter de Diputados, venimos a elevar una petición respetuosa al ciudadano Presidente, usando del derecho que nos concede el artículo 8vo del Código fundamental.

Vemos en la situación actual un elemento mayor que otro alguno de desorganización en la rotura casi absoluta de los lazos federativos, que deberían ligar, haciendo una las diversas partes que constituyen nuestra nacionalidad y la escisión de los Estados que tanto espanta y con razón en la esfera de los hechos consumados, existe ya, así en el orden administrativo como en el Legislativo y Judicial. Falta pues, la unidad federativa y con ella faltará dentro de poco la unidad nacional, siendo imposible, por lo mismo, todo Gobierno en el centro y quedando, cómo está reducido a luchar estérilmente con su propia impotencia. La verdad de este hecho tiene el carácter de la evidencia; a dónde pueda conducirnos esta situación es demasiado fácil adivinarlo; cuál sea la causa de ella y cuál el remedio es, pues, el asunto de que venimos a ocuparnos.

La gigantesca revolución que ha hecho triunfar en los campos de batalla la bandera de la Reforma, no ha sido, ciudadano Presidente, una de tantas revueltas que han agitado durante 40 años nuestro desgraciado país; ha sido, sí, una verdadera revolución social, en que el pueblo ha adquirido la conciencia de su fuerza y se ha puesto a la altura de las conquistas que ha pretendido alcanzar; pero esa revolución, los combates y las victorias no han sido, ni podido ser más que el prólogo, estando encomendado su desarrollo y su consumación a la inteligencia política y administrativa e importante es recordar que en esa lucha los que alcanzaron la victoria, los que para ella sacrificaron su reposo y su hacienda, prodigando su sangre fueron, sin duda, los pueblos del interior de la República y de la frontera, que en el día del triunfo depusieron en el altar de la legalidad todas sus conquistas. esperaron, con razón, el desarrollo y consumación de la Reforma; con ella esperaron también ver curadas esas llagas que de antiguo minan nuestra existencia social y que nos ponen bajo la dependencia de las potencias extranjeras, que nos dominan con el título oprobiosos de acreedores; esperaron ver organizar la administración pública sobre los elementos de moralidad y de justicia, desterrados de ella tanto tiempo hace y, bajo el halago de esa esperanza, quedaron ahogadas las ambiciones bastardas y por la primera vez en la historia de nuestro país, el soldado victorioso acató la ley y cedió el puesto al depositario del Supremo Poder de la Nación.

Mas, por desgracia, todas esas esperanzas han salido fallidas; la revolución se ha detenido en su marcha, puesto que no ha adelantado un solo paso en la esfera administrativa; la desmoralización se ha entronizado en todas direcciones y luchando el Ejecutivo con la falta absoluta de recursos, se ve el país amenazado por la guerra extranjera, devastado por bandidos que, sin invocar un pretexto o un principio político al menos, todo lo destrozan a su paso. Esto es porque a faltado vida y acción en el centro, que ha visto desaparecer en menos de cien días inmensas riquezas acumuladas por el clero en tres siglos de dominación absoluta; que no ha podido cumplir una sola de las promesas mil que ha hecho al país; que ha tenido la desgracia de ver levantar en la puerta de la Capital por pequeñas hordas de bandidos cadalsos en que han perecido los hombres más prominentes de la revolución; que con el poder omnímodo no ha podido destruir unas cuantas bandas de forajidos, ni alcanzar siquiera asegurar la vida y las haciendas de los ciudadanos en el centro mismo de la Capital; que, por último, se ha visto obligado a los cuatro meses de existencia a buscar los medios de sostenerla en las fuentes mismas a que acudió la reacción caduca y moribunda, en los últimos instantes de su agonía.

El Ejecutivo, ciudadano Presidente, no procuró extender su acción legal, benéfica y conciliadora, en los Estados y éstos, temiendo por el porvenir de las causas en favor de las que habían luchado, se han encerrado en sus propias individualidades, dando por resultado, todo ello, la rotura de los vínculos federales.

Creemos que para consumar una gran revolución no son bastantes los títulos legales, es necesario el tacto político; creemos que para mandar a un pueblo que tiene la conciencia de su fuerza no alcanza la coacción de la ley y que, en los países que han aspirado ya las auras de la libertad, el único Gobierno posible es el basado sobre el prestigio y el amor de los pueblos, prestigio y amor que desgraciadamente a perdido de todo punto el actual personal de la administración.

Lejos de nosotros la idea de imputar como un delito, como un crimen o un error, los hechos que hemos referido; nos venimos hoy con el carácter de acusadores, ni en nuestra calidad de ciudadanos queremos abrogarnos los derechos de jueces. Desagracia o más bien resultado preciso de las grandes revoluciones que devoran no sólo la vida y las haciendas de los hombres prominentes, sino también su prestigio y reputación, el hecho es que, el actual Presidente de la República, a quien nos dirigimos, no es posible que salve la situación y su separación del alto puesto que ocupa es una necesidad tan imperiosa para la salvación del país, como fue importante su presencia en él, en los primeros días de la revolución. Durante ella y en los de prueba, usando de ese poder siempre ominoso que se llama dictadura, se gastó lo mas noble que poseía, su prestigio y su poder moral en vano se ha pretendido reconquistar por medio de combinaciones ministeriales que no han hecho más que sacrificar otras tantas reputaciones, esterilizando nobles y fecundas inteligencias.

La revolución, ciudadano Presidente, necesita de éstas; necesita que el nombre de Juárez no pase a la posteridad con las notas que sobre él arrojaría la historia, si apareciera como el hombre que sofocó los gérmenes de una gran revolución; la reforma exige la vida, la acción que presta sólo al prestigio perdido hoy y que es el único centro de unión que puede reanudar los vínculos federativos ya rotos; que puede revivir los elementos de la organización social ya apagados; que puede, por último darnos la fuerza para salir airosos en los conflictos interiores y exteriores que nos amenazan. Y, en nombre de esas supremas necesidades, en nombre de la salvación de los principios políticos que profesamos, en nombre del honor y la salvación de nuestro país, ocurrimos al ciudadano que es capaz de todas las virtudes republicanas, al ciudadano que ocupa el poder, según él mismo lo ha dicho, por un acto de noble abnegación; al ciudadano que jamás hará personal la cuestión de los interese sociales y respetuosamente le pedimos se separe temporal o absolutamente de la Presidencia de la República, en la que sus virtudes son estériles y en las que sacrifica, con su propia reputación, el porvenir de la República.

Protestamos de la manera más solemne ante el ciudadano Presidente y ante el mundo entero que al elevar esta súplica no nos mueve interés alguno bastardo, sino única y exclusivamente el sagrado de la salvación del país y esperamos que, en los términos prescritos por artículo 8vo del código fundamental, se sirva mandarnos sea manifiesta su resolución.


México, 7 de septiembre de 1861.


Manuel María Ortiz de Montellano

D. Balandrano

N. Medina

I. Calvillo Ibarra

Enrique Ampudia

Víctor Pérez

Antonio Rebollar

Susano Quevedo

Braulio Carballar

Pedro Ampudia

Joaquín Escalante

Antonio C. Ávila

Pantaleón Tovar

M. de la Peña y Ramírez

Manuel López

Manuel Romero Rubio

J.R. Nicolín

Jesús Gómez

Antonio Carrión

Juan Bustamante

J.M. Castro

Antonio Tagle

Francisco Ferrer

Ignacio M. Altamirano

Juan Ortiz Careaga

Pablo Téllez

José Linares

Francisco M. Arredondo

J.M. Savorio

Agustín Menchaca

Ignacio Escala

Luis Cossío

Domingo Romero

J.M. Carbó

Vicente Chico Seín

G. Aguirre

Juan González Urueña

Miguel Dondé

Manuel Castilla y Portugal

Justino Fernández

Antonio Herrera Campos

Vicente Riva Palacio

Ramón Iglesias

Francisco Vidaña

Trinidad García de la Cadena

M. Saavedra

R. Vázquez

Juan Zalce

Eufemio Rojas

J. Rivera y Río

Juan Carbó

Fuente Jorge L. Tamayo (Selección y notas de), 1966, Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia, t.5, Secretaría del Patrimonio Nacional, México, 13-15.

viernes, 19 de julio de 2019

Juárez en la historia de las ideas políticas. México siglos XIX-XXI.

Juárez en la historia de las ideas políticas. México siglos XIX-XXI. 
147 años de su fallecimiento (18 de julio de 1872)

José Antonio Robledo y Meza
Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP
robledomeza@yahoo.com.mx
cel. 2223703233

Estudiar las representaciones de Juárez es acercarse a las imágenes que los mexicanos hemos tenido de nosotros mismos. Casi todo lo abarca y por ello sus imágenes son ambiguas; se mueven entre una visión optimista de un México constituido, independiente y soberano, y un cuadro sombrío de un México que las circunstancias han hundido en la anarquía y disolución social, y amenazado en su existencia misma, desde el interior y el exterior. Entre estos extremos muchas caras se han pintado de México que vale la pena estudiar. La canción popular dice: 

“Corazón apasionado, / disimula tu tristeza, / que el que nace desgraciado / desde la cuna comienza a vivir martirizado.” La leva, estrofa de una copla de Sinaloa (tradición oral). 

Canción “Soldado de Levita”, Roses - González - Hinojosa 

Soy soldado de levita / de esos de caballería / de esos de caballería / soy soldado de levita / y me incorporé a las filas / por una mujer bonita / por una mujer bonita / que alumbró la vida mía. // Corazón apasionado/ disimula tu tristeza / disimula tu tristeza / corazón apasionado / que el que nace “desgraciao” / desde la cuna comienza / desde la cuna comienza / a vivir martirizado. // Al pie de una malva en rosa / a una viuda enamoré / a una viuda enamoré / al pie de una malva en rosa / y me dijo la graciosa / no puedo, me duele un pie / pero si es para otra cosa / aunque sea cojeando iré. 

Ofrezco –de entre decenas- dos versiones de la canción llamada “Soldado de Levita”, Roses - González - Hinojosa 

1) Cantada por el Trío Calaveras 



2) Cantada por Raphael 



En ocasiones se pinta a Juárez como un ejemplo de cómo es posible salvar los obstáculos que les presenta la situación de hechos, guiados y animados por su concepción del México del futuro, en marcha con toda la humanidad, y gracias a la ley del progreso heredada del pensamiento occidental, hacia la perfección social. 

La empresa no es fácil ya que decenas de estudios se han realizado; entre panegíricos y denostaciones hay estudios críticos que han intentado mediar; cientos de biografías han intentado resaltar la asociación de Juárez con los desarrollos histórico, económico, político del país. Alrededor de Juárez se han producido obras históricas, económicas y sociológicas, entre otras más, como por ejemplo, la historia de la literatura y la prensa. 

Un ejemplo de un estudio ejemplar para un interesado en la historia de México lo encontramos en el libro de Jacqueline Covo, 1983, Las ideas de la Reforma en México (1855-1861). México, UNAM. Prólogo de Moisés González Navarro. (Tesis de doctorado realizado en 10 años) 

¿Qué es lo que Covo realiza en su estudio? Fundamentalmente disociar dos espacios importantes que parecían corresponder a dos momentos de la evolución de las ideas de la Reforma: 

1) Uno en torno a la reunión del Congreso Constituyente de 1856-1857, que provoca el brote de las ideas reformistas; 

2) Dos a partir del golpe de Estado del presidente de Comonfort, que condujo a la realización del Congreso bajo la forma de las leyes de Reforma, y en el cual Covo creía ver una radicalización del primer espacio. 

Al penetrar Covo en el debate de ideas de 1856-1857, encuentra que las leyes de 1859, lejos de ser una segunda etapa ideológica de la Reforma estaban ya contenidas en las controversias de 1856. Había varias visiones de ellas: 

1) Juzgadas necesarias a menudo desde esa época, no se rechazaron sino para tratar de desarmar a la oposición; fue en balde. 

2) Era la vindicta misma del enemigo la que hacía ahora indispensable, para acabar con él, se creía, las decisiones extremas. 

3) Las Leyes de Reforma no eran sino el resultado lógico de la Constitución de 1857, y en ello, una vez más, los hombres de 1859 no eran sino los portavoces de un movimiento que se les adelantaba. 

La segunda parte del estudio de Covo, la más importante para nosotros, presenta la interrogación fundamental de la que nace la Reforma. Esta segunda parte es el estudio circunstancial de la implantación de la Reforma. Sin embargo, la lectura del conjunto del estudio realizado por Covo nos permite esclarecer la mentalidad de los hombres que edificaron la Reforma, y que así contribuyeron a la evolución del país, con sus metas y motivaciones, así como sus límites, dentro de la diversidad de sus personalidades. Covo nos señala que para lograr la comprensión de este proceso es preciso olvidar los prejuicios propios de nuestro tiempo. 

Cronología de la historia a contar por Covo. 

1855 

09.08 Triunfa el Plan de Ayutla con la huida del general Santa Anna. Empieza el período llamado “Reforma” que, bajo una forma parlamentaria, en torno al Congreso Constituyente de 1856-1857 primero, con las Leyes de Reforma, en plena guerra civil después, iba a sentar las bases de la lenta transformación política, cultural, social y económica de México, que conduciría al Porfirismo y a la Revolución. 

1861 

19.03 Una caricatura de Guillermo Tell representa a Juárez, quien afirma a tres hombres del pueblo que el país les debe la libertad y el progreso y haciéndoles promesas, y luego a un ujier, quien les dice que el presidente no recibe. 

09 y 10.04 José Rivera y Río dice: “Al pueblo está tan miserable, tan desmoralizado, tan lleno de necesidades como ayer...” (“Principios-Intereses”, Boletín de Noticias). 

08.06 “Hasta entonces la Reforma sólo había sido un movimiento de opinión por aplicar. Lo propio de una revolución, escribe José María Vigil, es destruir y luego organizar; la obra de demolición se acabó, los que se oponían al progreso y a la democracia están vencidos. Ahora hay que organizar la reforma.” (“La Convención”, El país, no. 147, 3) 

22.03 Muerte de Miguel Lerdo de Tejada desorganizó al grupo de Veracruz, dejando el campo libre a Juárez. Fue entonces que fue nombrado presidente. Se preparaba la intervención. 

03.06 Asesinato de Melchor Ocampo. 

Las Leyes de Reforma. 

1855 

22.11 Ley que lleva el nombre de Juárez: suprime los tribunales militares y eclesiásticos, establece 

a) La igualdad jurídica. Esta ley está lejos de ser “sumamente subversiva” y es además imperfecta, puesto que dejaba subsistir una jurisdicción eclesiástica para los asuntos penales y fue corregida en un sentido radical por el artículo 13 de la Constitución de 1857 que suprime los tribunales especiales, de hecho, era el término de una corriente de pensamiento democrático venido de muy lejos y que excede singularmente la persona de su signatario. (Durante la discusión, Ezequiel Montes, miembro del gobierno, recuerda que sesenta años antes el virrey Revillagigedo reclamaba ya la abolición de los “fueros”, lo que, por lo tanto, no es una idea nueva. Zarco: 1956. Historia del Congreso Extraordinario Constituyente (1856 y 1857) 

b) Pero sobre todo, no hay que olvidar que el movimiento ideológico que hace de Juárez, autor de la ley del 22.11.55, el fundador de la Reforma, es el mismo para quien la igualdad jurídica es la única base de la democracia: “La igualdad ante la ley, artículo de fe del credo democrático”, escribe Justo Sierra (Juárez, su obra ..., 75; “Abolidas las clases privilegiadas, la Justicia, la Igualdad y la Democracia se abrían paso en nuestra historia”, dice P. Parra, Sociología..., 66-67) 

1859 

12.07 Reforma: la primera de las Leyes de Reforma, base y cimiento de las demás, vio la luz en la forma de un decreto presidencial que nacionalizaba los bienes del clero. 

Reforma: la separación de la Iglesia y el Estado. 

Reforma: la exclaustración de monjas y frailes y la extinción de corporaciones eclesiásticas. 

23.07 Reforma: el registro civil para los actos de nacimiento, matrimonio y defunción. 

31.07 Reforma: la secularización de los cementerios. 

11.08 Reforma: la secularización de las fiestas públicas. 

1860 

04.12 Reforma: la libertad de cultos. Vino anunciada en el programa en los fastos de la historia mexicana. 

Descripción del proceso de Reforma. 

A partir de: un grupo heterogéneo, humillado, inculto y miserable; 

Se llega a: una nación demócrata, libre, consciente y próspera, digna, en fin, de entrar en la vía del progreso. 

Los medios: 

1) Se reconocía que la reforma política y moral hacía necesario tres cosas: a) cambiar a los hombres, sacar a las conciencias de la abyección en que se habían mantenido siglos de tiranía; b) la destrucción de ese largo acondicionamiento pasaba por el ejercicio de la democracia y la emancipación de las conciencias, es decir, por la libertad religiosa; c) la construcción del hombre nuevo se realizaría gracias a la educación leit motiv del siglo diecinueve. 

2) Se reconocía que lo anterior no bastaba: sería preciso modificar las estructuras socioeconómicas para que todo el pueblo mexicano se beneficiara de las riquezas nacionales y no solamente unos pocos privilegiados. (Comenta Covo: pero les faltó atrevimiento y originalidad en la acción; no supieron encontrar las soluciones apropiadas (542)) 

Para Covo dos eran los problemas: 

1) Consientes: ¿Cómo reducir la oposición de los cuerpos privilegiados, y del primero de ellos, la Iglesia? El poder de la Iglesia, fincado en sus bienes, podía afectarse con las reformas. ¿Cómo en el estado de penuria en que se hallaba el erario, reunir los fondos necesarios para las reformas materiales, creación de escuelas, carreteras, ferrocarriles? Se carecía de tiempo y estabilidad. 

2) Inconscientes: la contradicción (para nosotros) entre los fines perseguidos y la ideología profesada. El liberalismo individualista, que limita al máximo la acción del Estado para dejar libre al individuo en su desarrollo, en todos los dominios, ¿era la filosofía más apropiada para destruir los abusos del pasado e instaurar estructuras nuevas, para hacer, como dicen los reformistas, una “revolución”? Conceder a todos los mexicanos las mismas “libertades”, ¿no equivalía a sancionar el Estado de hecho? 

Por el contrario, ¿no se necesitaría la autoridad del Estado para llevar a buen término la revolución deseada? Tan es así que, en la realidad, nunca la Reforma puso en práctica el liberalismo y la democracia. 

La dictadura, llamada “provisional”, las Leyes de Reforma, la exigencia del juramento a la Constitución, la exclusión de ciertas categorías de ciudadanos de la vida política son otros tantos golpes de fuerza del Estado que, por parecer indispensables no son, por ello, menos arbitrarios. 

El rechazo de la libertad de comercio –dice Covo- señala aún mejor lo inadecuado de una filosofía exótica a las estructuras del México de entonces. En el sistema de gobierno que preconizan los liberales, las garantías del individuo como el arbitraje del Estado se ajustan dentro de un marco legal definido por y para Occidente, y del que no se puede salir. Ese respeto absoluto a la legalidad -a cierta legalidad- en sus aspectos más formales, impone esquemas, el del federalismo por ejemplo y sobre todo paraliza los conatos de acción de los reformistas. Es el sistema de gobierno el que prohíbe estudiar una legislación social que se juzga necesaria: la ley no debe entrar en esos pormenores; el que hace intocable la propiedad privada. 

Continúa diciendo Covo: es por lo contradictorio de sus concepciones y la ambigüedad de sus soluciones lo que hace de la Reforma mexicana un campo rico en investigación. Algunos reformistas pusieron en duda las capacidades de la ley para resolver los problemas. Otros dudaron de los datos de esos problemas y de la amplitud de las soluciones que propusieron. 

El pueblo es soberano; pero, ¿quién es el pueblo? ¿El propietario, el intelectual o el campesino despojado, el indio bárbaro? ¿El pueblo o el “vulgo”? Todos los mexicanos son iguales, pero esta igualdad es estrictamente política. Se debe educar al ignorante, pero sólo dentro de los límites que le permitan comprender el mecanismo de las instituciones democráticas y votar por ellas -pero no pretender salir de su condición, a menos de caso excepcional. El proletario, el indio han de poder evadirse del monopolio del propietario, pero la libertad de empresa -de este último- es un elemento intocable del credo liberal. Han de gozar de los beneficios de la propiedad, pero la propiedad privada es sagrada, las comunidades indígenas desamortizadas, las propiedades del clero se venderán al mejor postor, los “baldíos” se cederán a los colonos extranjeros. La reforma no ha de tocar sino lo que obstaculiza la concepción legalista de la democracia, es decir, 

a) las supervivencias del pasado; 

b) el régimen comunitario, contrario a la libre competencia, 

c) el poderío de la Iglesia que frena el libre desarrollo del individuo. 

Contradicciones, ambigüedades y límites se hallan enteras en la personalidad de nuestros liberales, jóvenes provincianos instruidos, ávidos de promoción social. 

¿Inconciencia? ¿Mala fe? ¿Proyección de las ambiciones propias de una clase sobre las realidades nacionales? 

Covo nos formula el tema de su investigación de la siguiente manera: no es la historia de los acontecimientos. Es el análisis de las ideas políticas (el liberalismo y la democracia), la religión y el clero, los clubes políticos y las Leyes de Reforma. Estudia la historia de las ideas, más bien que la ideología, porque ésta, en su opinión, supone unidad, un sistema coherente de pensamiento, mientras la historia de las ideas estudia lo concreto, lo múltiple y lo ambiguo. La historia de las ideas de 1855 a 1861. Estudia con cuidado a Michoacán, uno de los focos principales de la Reforma. 

De esta manera circunscribe Covo su objeto de estudio: la irrupción en la vida política de una opinión pública ampliada. En la vida económica, la irrupción de una clase media naciente. Aprender la aparición en la escena política de un grupo social (“la masa del auténtico pueblo”) que, quizá por primera vez, iba a tomar la palabra. 

De lo que se trata, reitera Covo, es estudiar en el grupo de reformistas, su visión de la crisis mexicana, sus motivaciones, su forma de pensamiento, las soluciones que preconizaban para resolver los problemas planteados por la situación de México. 

Todo dentro de la multiplicidad de los puntos de vista, el florecimiento de ideas, el desorden del entusiasmo, las divergencias y contradicciones. Se trata de saber quiénes eran los promotores de la reforma, tratar de definirlos, de saber si merecían la fama de ateísmo, de idealismo, saber por cuál o cuáles tipos de transformación trabajaban, identificar las propuestas de los congresistas de 1856, recuperar su público, lectores de periódicos o firmantes de petición. 

Se trata de no limitarse al estudio de la perspectiva progresista de los reformistas sino matizarla con la de los conservadores y explicar la una con la otra. No se puede hacer tabla rasa de un pasado que había asistido al nacimiento del pensamiento liberal mexicano, que seguía influyendo a nuestros reformistas, y explicaba a veces sus tomas de posición. 

El problema a resolver por Covo es: ¿Qué es la Reforma? 

De acuerdo a su tema, la historia de las ideas y no la ideología, sus fuentes no son los archivos oficiales, los documentos diplomáticos y las memorias de los grandes hombres, sino la prensa -que la victoria liberal de 1855 había hecho florecer, estrechamente relacionada con la tentativa de democratización de la sociedad-, los debates parlamentarios en el Congreso Constituyente, correspondencias y memorias de la época, opúsculos, folletos, y panfletos, etc. Y es así que los fondos utilizados por Covo se localizan en México, en Madrid, en París. Consulta los artículos publicados en la prensa liberal de la capital y de los estados, la prensa conservadora, las revistas, los periódicos de la capital y de los estados citados por otros periódicos. 

La metodología utilizada por Covo fue el análisis del vocabulario utilizado por los reformistas; en este análisis Covo encontró las orientaciones políticas, las imágenes del pasado, las imágenes del presente, las imágenes del futuro. 

Las conclusiones de la investigación de Covo fueron las siguientes: 

1) La Reforma fue una manifestación del liberalismo individualista en sus prolongaciones y su funcionamiento. 

2) Las particularidades debidas a un marco histórico y geográfico preciso hacen del debate de ideas de la reforma una etapa del proceso formador de la nación mexicana en sus componentes políticos, culturales, sociológicos y económicos, 

2.1) heredera de los problemas legados por los periodos precedentes y 

2.2) responsable, por sus ambigüedades y contradicciones, de la evolución posterior de México. 

3) La Reforma fue la expresión de un grupo de intelectuales, esbozo de clase media; no es la obra de un hombre ni del pueblo mexicano, cuya creación, justamente, se propone. Fue la expresión de una colectividad y, por lo tanto, no fue unitaria, unívoca, coherente; fue, por el contrario, multiforme, proteiforme, y todas las opiniones tuvieron cabida en ella, (ver el editorial de N. Pizarro en el no. 1 de La opinión Liberal del 05.09.61) las que, medrosamente, frenaron el movimiento, las que, atrevidamente, avanzaron y las que trataron de salir de los caminos trillados para trazar otros nuevos. De modo que la Reforma, movimiento de opinión, se salió del marco estrecho del liberalismo ortodoxo. Si fue anticlerical, se debió a que la Iglesia institucional, por su fuerza temporal y espiritual, cerraba la puerta a la evolución deseada; según expresión de Nicolás Pizarro, la reforma quiso ser el: “... hasta aquí de la Teocracia.” Si fue utópica, lo fue en la medida en que, a menudo, estimó la democracia formal capaz de sanar unas heridas sociales. 

Es el libro de Covo un ejemplo que ayuda a la comprensión del proceso que tiene como divisa el Pueblo Soberano como base, la Nueva República como fin y la Cuarta Transformación como medio.

Puebla, Pue., Paseo de las Fuentes, 19 de julio de 2019

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