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martes, 28 de mayo de 2024

El catolicismo conservador a partir de 1867

El catolicismo conservador a partir de 1867

José Antonio Robledo y Meza

 

Con la derrota del proyecto monárquico en 1867 la posición de los católicos conservadores puede definirse como de abstencionismo político, trabajo en favor de obras académicas y educativas y colaboración para la reorganización de la Iglesia. Varios de ellos -que mencionaremos más adelante (ver bibliografía al final)- continuaron haciendo política construyendo argumentos en contra de las políticas liberales, fundamentalmente, en los periódicos impresos de la época. Ya para entonces eran hombres de edad avanzada. El mismo Adame da cuenta de las dos etapas en la historia del pensamiento de los católicos mexicanos durante los años que rigió la constitución de 1857 que van de 1867 a 1914. La primera de ellas que va de 1867 a 1892 llamada “tradicionalismo político” y su evolución al “catolicismo social” de 1892 a 1914 (Adame). En la próxima colaboración nos ocuparemos del trabajo de los católicos en favor de las obras académicas y educativas.

El significado de las reformas liberales y la actitud de los católicos los abordan Ceballos y Correa. Knowlton estudia, en contrapunto, los efectos de las leyes de Reforma -leyes anticorporativas- para los mexicanos comunes y para las corporaciones eclesiásticas en particular y sus miembros, así como describir las relaciones entre Iglesia y Estado. Este último estudio aborda las ideas jurídicas y políticas desencadenadas por su operación y aplicación, así como de los obstáculos que redujeron su eficacia. El estudio se realiza entre los periodos 1856 -año de inicio de la Reforma- y 1910 -estallamiento de la Revolución mexicana. El estudio está desarrollado de manera tal que el lector se percata de cómo fue gestándose la actitud reformista, cuál fue su operación y aplicación, y como fueron surgiendo los obstáculos que la hicieron fracasar hasta, finalmente, ser rescatada por la Revolución mexicana de principios del siglo XX. Knowlton da cuenta de cómo las leyes de Reforma, sobre todo la Ley sobre Nacionalización de los Bienes del Clero y Separación de la Iglesia y el Estado, mutaron de necesidad política y económica a obstáculos a la estabilidad y el progreso. Conforme al autor podemos decir que, si evaluamos las políticas liberales por sus intenciones podemos afirmar que la Reforma fue un proceso de reiterados fracasos a corto y mediano plazo. Los resultados fueron un retroceso económico ya que el grueso de la propiedad pasó del clero a manos de los pudientes que pudieron adquirirla, incluso extranjeros.  En el plano político, amén de haber precipitado una devastadora guerra civil, lejos estuvieron de promover la democracia, así como tampoco pudieron privar al clero de su poder. Finalmente, en el plano financiero, los liberales no pudieron obtener la riqueza que les permitiera continuar con la Reforma ni tampoco pudieron librar al país de su deuda. Sin embargo, a largo plazo, y he aquí la paradoja que se desprende del estudio mismo, el liberalismo como ideología se levantó como contundente triunfadora al mantenerse, en las expectativas del mexicano común, como el ideal del proceso modernizador del país.

Para terminar, de entre otras investigaciones realizadas mencionamos los siguientes: en relación al grupo conservador y de su resurgimiento en México durante 1876-1877 Ceballos afronta la herencia del partido conservador al movimiento católico y aborda las razones de la búsqueda de una opción “netamente católica” frente a la tradicional subordinación de los católicos a los conservadores. Frente a los liberales triunfadores los católicos intentaban implantar la Sociedad católica. La primera Memoria de la sociedad, editada casi diez años después de su fundación, revela manifiestamente el origen intransigente de este "grupo de católicos" que fueron sus iniciadores. Ante la crisis de la derrota recién sufrida, sólo les quedaban dos caminos: volver a enfrentarse al enemigo triunfante o aliarse con él. A pesar de que hubo quienes eligieron el enfrentamiento o la conciliación, los integrantes de la sociedad encontraron una tercera opción al margen del enemigo triunfante y de su sociedad.  Por eso afirmaron que “la Sociedad católica es la conversión de un partido en apostolado” (Adame). Tal intentó se hizo mediante el mantenimiento o la fundación de agrupaciones de diverso tipo que pudieran competir con las organizaciones seculares: escuelas, librerías, círculos sociales, mutualidades, sindicatos, centros de diversión, sanatorios, teatros y toda una serie de organismos de lo más variado. En 1868 Nace la Sociedad católica. La agrupación pretendía como “único y exclusivo fin conservar, defender y propagar (...) la religión católica, apostólica y romana”. Ceballos da cuenta de algunas instituciones católicas como: las congregaciones marianas, la Sociedad Católica de la Nación Mexicana, así como de una significativa bibliografía que respalda el estudio. Ceballos pasa lista a las organizaciones laborales católicas a finales del siglo XIX.

De la participación activa de los católicos en la política podemos mencionar entre otros hechos los siguientes: la promoción de sus ideas en la prensa católica cuyas fundaciones se iniciaron desde 1870. Detalles sobre el periodismo católicos lo encontramos en Ceballos. En torno a los líderes políticos e ideológicos de los católicos consultar Adame y Ceballos.

Sobre las estrategias fundamentales de los católicos, la ideología de los católicos en México, y el lugar del tomismo en el pensamiento político de los católicos, ver Ceballos.

El reformismo social católico se describe e interpreta en Adame, Bailey, 1974), Meyer, y Wilkie. Este último trabajo contiene una entrevista con el veterano reformista católico Miguel Palomar y Vizcarra.

Sobre otras organizaciones religiosas y políticas distintas de los católicos destaca la compilación de Bastian (1990). Esta reunión de ensayos analiza el contexto de las luchas políticas contra la masonería durante el siglo pasado.


robledomeza@yahoo.com.mx

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Para seguir leyendo:

Adame Goddard, Jorge, 1981, El pensamiento político y social de los católicos mexicanos, 1867-1914. México, UNAM.

Bastian, Jean Pierre, (Comp.), 1990, Protestantes, liberales y francmasones. Sociedades de Ideas y modernidad en América Latina siglo XIX, México, F.C.E.-Comisión de Estudios de Historia de la Iglesia en América Latina, Libro, G.

Case, Robert, 1975, “Resurgimiento de los conservadores en México, 1876-1877”, Historia Mexicana 25, pp. 204-231.

Ceballos Ramírez, Manuel. El catolicismo social: un tercero en discordia. Rerum Novarum, la 'cuestión social' y la movilización de los católicos mexicanos (1891-1911), El Colegio de México, 1991.

Correa J., Eduardo. El Partido Católico Nacional y sus directores, Fondo de Cultura Económica, México 1991

Knowlton Robert J. Los bienes del clero y la reforma mexicana, 1856-1910. Fondo de Cultura Económica, 1985

Meyer, Jean (199 ). Historia de los cristianos en América Latina, Siglos XIX y XX. México, Vuelta.

Wilkie, James W.  and Edna Monzón De Wilkie. México visto en el siglo XX: Entrevistas de historia oral. Ramón Beteta. Marte R. Gómez. Manuel Gómez Morín. Vicente Lombardo Toledano. Miguel Palomar y Vizcarra. Emilio Portes Gil. Jesús Silva Herzog. México, D. F.: Instituto Mexicano de Investigaciones Economicas: distrib. by  Cuadernos Americanos,” México, D. F. 1969.

 

miércoles, 14 de agosto de 2019

Porqué me convertí al catolicismo


Porqué me convertí al catolicismo, G. K. Chesterton, en Por qué soy católico; Madrid: El Buey Mudo, 2009.

Gilbert Keith Chesterton (Londres, 29 de mayo de 1874-Beaconsfield, 14 de junio de 1936), escritor y periodista británico de inicios del siglo XX. Cultivó, entre otros géneros, el ensayo, la narración, la biografía, la lírica, el periodismo y el libro de viajes. Se han referido a él como el «príncipe de las paradojas». Su personaje más famoso es el Padre Brown, un sacerdote católico de apariencia ingenua, cuya agudeza psicológica lo vuelve un formidable detective, y que aparece en más de cincuenta historias reunidas en cinco volúmenes, publicados entre 1911 y 1935.

Presento a continuación los argumentos que Chesterton expuso de su conversión religiosa del anglicanismo al catolicismo en 1922.


Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema "por qué soy católico" es muy distinto del problema "por qué me convertí al catolicismo". Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después... Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma.

Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario. La "confirmación" de la fe, vale decir, su fortalecimiento y afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el sentido ritual, después de la conversión. El convertido no suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y única razón.

Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral.

¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras.

A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.

El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como "Kensitite Press" a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.

Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.

En el primer caso -creo que se trataba de Horton y Hocking- se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: "Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento". Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: "¡Qué maravillosamente dicho!" Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.
En el segundo caso, alguien del diario "Daily News" (entonces yo mismo era todavía alguien del "Daily News"), como ejemplo típico del "formulismo muerto" de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mí mismo: "¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mí, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia".

Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de publicaciones anticatólicas.

Tengo un claro recuerdo de lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido. Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto, debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O'Connor de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo político; lo hice hasta en la madriguera del "Daily News".

Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal.

Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.

Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que, a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse. En Prusia hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester para el individualismo manchesteriano.

Todo el mundo sabe que, a un viejo pueblo agrario, arraigado en la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo que a los pueblos que no tienen por base la tradición y la fe. Si este concepto se aplicase a una autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción: no es por falta de material que actúo así, sino por la dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material numeroso. Sin embargo, trataré de insinuar uno o dos puntos que me causaron una especial impresión.

Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de los "intermezzos" de un Lucrecio o de un Lucano.

No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.
Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la contraposición que existe entre el convento y la familia (The Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción, llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos, destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que, en la religión católica, los votos y las profesiones más altas y "menos razonables" -por decirlo así- son, sin embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida diaria.

Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola revolución mística lo ha conservado: el santo está al lado de lo superior, es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u otra filosofía indigna de la humanidad; a simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al "nonsense", a la insensatez.

Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento "realmente existente" hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.

Si se exagera todo esto, nace en las religiones una deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como sucedió con el protestantismo victoriano. Por el contrario, la más alta exaltación por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís, seguirían siendo, en su quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su humanismo, ni despreciará a su prójimo. Lo que es bueno, jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una de las características del catolicismo que me parece singular y universal a la vez. Esta otra la sigue:

Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día, Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones sólo desean -como ellos mismos dicen- reformas prácticas y objetivas.

Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista. Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él. Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años.

Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios. Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos.

El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tíbet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales.
Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo -podría decirse en su excusa-. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.

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