Breve cronología en torno a la imagen
de la virgen de Guadalupe (1556-1976)
Mtro. José Antonio Robledo y Meza
Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP
1556
En septiembre de 1556, el providencial franciscano en México *censuró
de manera contundente el arzobispo Alonso de Montúfar por predicar un sermón en
el que elogiaba la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, una pintura de la
Virgen María venerada en una capilla del Tepeyac, en las afueras de la ciudad*.
Los franciscanos habían enseñado a los indios de la Nueva España a adorar a
Dios en el cielo y no a venerar imágenes de madera y piedra. Sin embargo, el
arzobispo hizo referencia a ciertos milagros sucedidos en el Tepeyac. Sus
discursos estimulaban a los indios a imaginar que una mera pintura encerraba
divinos y a que volvieran a la idolatría. Aunque el registro de esa disputa
desapareció hasta 1880, cuando pasó al dominio público, pone de manifiesto las tensiones
en torno al culto de las imágenes sagradas en el México del siglo XVI.
1557
El inglés *Robert Tomson fue detenido en México acusado de herejía*.
En una conversación en la cena, manifestó que en Inglaterra los monasterios
habían sido disueltos y qué “las imágenes en las iglesias y otros sitios fueron
retiradas y no volvieron a emplearse”, puesto que venerarlas era “contrario al
mandamiento expreso de Dios Todopoderoso, ‘no te harás imagen ni ninguna
semejanza’”. Un español presente en el convite replicó que era sabido de todos
que tales imágenes no debían ser adoradas; pero justificó su presencia en las
iglesias aseverando que “eran libros para las gentes sencillas, para hacerlas
entender la gloria de los santos en el cielo”. Además, justificó el acto de
rogar por la intercesión de los santos con la analogía de una corte real donde
siempre era preferible acercarse al rey por la mediación de un favorito. Para
refutar sus argumentos, Tomson recurrió a la Biblia, en la que Dios, por boca
de los profetas y evangelistas, incitaba a los pecadores a arrepentirse y
buscar su misericordia. ¿No había dicho Cristo: “Venid a mí todos los que
estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”? encolerizado por las
respuestas, un “ruin Portugal” exclamó: “Basta ser ingles para saber todo eso y
más.”
Para castigar su iconoclasia protestante, Tomson fue arrestado y enviado a
España.
1568
Otro ingles, Miles Philips, escribió una de las primeras
descripciones de la capilla del Tepeyac. Miembro de la expedición que
encabezara John Hawking, en 1568 fue capturado y llevado a la ciudad de México,
donde antes de entrar vio:
una iglesia muy fina, llamada iglesia de nuestra Señora, en la que
una imagen de nuestra Señora, en oro y plata, en la talla de una mujer alta, y
en un dicho templo, y esta imagen pende tantas lámparas de plata como días
tiene un año, que en los días de celebrar están todas encendidas, Cuando
cualquier español pasa ante esta iglesia, aunque venga a lomo de caballo, se
apea y entra en ella, y se arrodilla frente a la imagen, y le reza a nuestra
Señora para que lo proteja de todo mal; ya sea jinete u hombre de a pie, no
pasará de largo sino que entrará primero a la iglesia y rezará como se ha
dicho, lo cual si no lo hiciere, cree y piensa que nunca medrará: la imagen la
llamada en la lengua española Nuestra señora [sic] de Guadalupe. En ese lugar
hay ciertos baños fríos, que se levantan y manan como si el agua bullera: el
agua de allí tiene un gusto un tanto salobre, pero es muy buena para cualquiera
que padezca un dolor o una herida, para lavarse, con lo cual por lo que dicen,
se han curado muchos; y cada año en el día de nuestra Señora la gente
acostumbra a concurrir allá para ofrecer, y para rezar en aquel templo ante la
imagen, y dicen que nuestra señora de Guadalupe realizó muchos milagros. Cerca
de esta iglesia no hay pueblo de Españoles habitado, pero algunos indios
residen allí en casa levantadas al modo de su país.
La capilla, al pie de una colina, era indicación del comienzo de
una calzada que cruzaba el fangoso lago hasta la isla de la ciudad de México, y
por ende atraía la devoción de los viajeros. Siendo protestante, a Philips le
causo una impresión mayor la estatua de plata donada por un acaudalado minero,
Alonso de Villaseca, que la sencilla pintura de la Virgen que albergaba al
santuario.
Del “salobre” manantial habrían de surgir los posteriores milagros.
1574
El ayuntamiento de la ciudad de México nombró patrona a la Virgen
de los Remedios, una pequeña imagen traída por un
conquistador, extraviada durante una batalla, y luego, gracias a la aparición
de la Virgen María, descubierta por un indio. Sólo dos años después la figura
se llevó en procesión desde su santuario a las fuerzas de la ciudad y se colocó
en la catedral para implorar la ayuda de la Virgen durante la atroz peste que
entonces afligía a los indios. En ocasión menos dramática, la imagen se trasladó
a la catedral para que intercediera propiciando las lluvias en 1595. Tan
efectiva fue su intervención que durante los dos siglos siguientes la Virgen de
los Remedios se trasladó regularmente por las calles con el propósito de
apresurar la llegada de las lluvias. Durante el siglo XVII casi todas las
ciudades de la América española llegaron a contar con su propio santo patrono,
y cada provincia, con un santuario e imagen milagrosa.
1576
Bernardino de Sahagún, el más celebre de los franciscanos que
estudiara el idioma y religión nahuas, denunció que el culto de Guadalupe
brindaba a los indios un subterfugio para la idolatría, ya que antes de la
Conquista española acudían en peregrinaje desde remotos lugares para adorar a
Tonantzin, la madre de los dioses, en su templo de Tepeyac, y continuaban
llegando a la capilla cristiana para rezar a aquella diosa, pues en náhuatl
también se dirigían a la Virgen como Tonantzin.
Uno de los más distintivos de la teología católica en esa época
fue la separación de la devoción y la doctrina. Frente al desafío de la
iconoclasia protestante y las acusaciones de la idolatría, el Concilio de
Trento negó que las imágenes sagradas fueran depositarias de poderes divinos y
destacó que la veneración que se rendía era transferida a sus originales
celestes, pero durante el siglo XVII abundaron las ediciones latinas de la obra
de los Padres Griegos de la Iglesia, sobre todo los tratados de San Juan de
Damasceno y de San Teodoro el Estadista que defendieron la veneración de iconos
frente a los ataques de los iconoclastas. Como veremos, estos teólogos
orientales fueron leídos con avidez en la Nueva España y sus doctrinas
neoplatónicas fundamentaron la celebración del culto a las imágenes marinas. En
efecto, la ausencia de una teología católica positiva que sustentara semejante
devoción orilló a los predicadores y cronistas a recurrir a la tradición de la
Iglesia ortodoxa.
No obstante, los cronistas mexicanos señalan que sí existía una
doctrina católica sobre las imágenes marinas milagrosas, pero que debía
encontrarse en la controvertida y profética obra Apocalipsis Nova, escrita en latín por Joannes Menesius da Sila
(1531-1582), un visionario y reformista franciscano mejor conocido como el
beato Amadeo de Portugal. Ampliamente conocido por su predicción del inminente
advenimiento de un papa angélico y por su defensa de la Inmaculada Concepción
de María, Amedeo también reveló que, próximo el fin del mundo, la Virgen había
manifestado que ella estaría de cuerpo presente en aquellas imágenes por las
cuales obrara milagros, del mismo modo que Cristo en la Eucaristía.
Si bien Amadeo fue acusado de herejía, en España los franciscanos defendieron
su reputación y publicaron comentarios a sus revelaciones. En el México del
siglo XVII tanto franciscanos como jesuitas aceptaron la doctrina de la
presencia de María en los santuarios donde ocurrían milagros: varios
predicadores aplicaron la doctrina de la transustanciación a la imagen de
Guadalupe mediante el razonamiento según el cual sus pinturas y colores habían
sido milagrosamente transfigurados en la efigie de María, en la que estaba
presente a perpetuidad. No sin motivo, los santuarios que albergaban estas imágenes
de culto eran considerados fortalezas espirituales donde los fieles estaban a
salvo de los ataques demoníacos gracias a la presencia real de la Madre de
Dios.
1648
La doctrina fue adoptada en parte por Miguel Sánchez (1594-1674)
en Imagen de la Virgen María, Madre de
Dios de Guadalupe (1648); en ese texto, llama a sus compatriotas a
reconocer que la Virgen mexicana era copia fiel y milagrosa de la imagen de
María que viera San Juan el Evangelista y descrita en el capítulo doce del
Apocalipsis. Ese texto fue el primero de uno más amplio en el que Sánchez
desplegó todos los recursos de la tipología bíblica para magnificar a la
guadalupana, de modo que motivos como la zarza ardiente y el Arca de la
Alianza, que habían sido aplicados a María desde la Iglesia primitiva, se
consideraban referencias específicas a la Virgen del Tepeyac. A la par, Sánchez
presentaba la primera relación publica de la aparición de la Virgen a Juan
Diego y la milagrosa impresión de su efigie en la tilma del humilde indígena.
De igual modo, se invocaba la tipología para elucidar la significación de estos
acontecimientos, puesto que el indio figuraba como el Santiago de México, su
San Diego, y revestido de la mayor trascendencia, como el Moisés que llevó a la
guadalupana, el arca de la Alianza mexicana al Tepeyac, descrito alternadamente
como el Sinaí o el Sión mexicano. Buen discípulo de San Agustín, a Sánchez lo
animó un sentimiento tanto patriótico como religioso, y todo su interés
consistió en demostrar que la Iglesia mexicana debía su fundación a la
intervención directa de la Madre de Dios, con lo cual se declaraba patrona
especial y madre de ese pueblo.
Los argumentos de Miguel Sánchez sólo pueden comprenderse en el
contexto de una cultura hispánica, en la cual la monarquía católica de los
Habsburgo reconsideraba elegida por la divina providencia para defender la fe
católica de musulmanes y protestantes. A Carlos V se le aclamó como a otro
David y a Felipe II como a un segundo Salomón, pues el palacio conventual de El
Escorial era considerado la edificación más parecida al Templo de Jerusalén.
Los primeros franciscanos en México asumieron la conversión de lo indios como
un resurgimiento de la Iglesia primitiva y como compensación divina por la
Reforma de la Iglesia, puesto precisamente cuando las acaudaladas y arrogantes
narraciones del norte de Europa caían en la herejía, los pueblos pobres
humildes de la Nueva España acogían la fe. Frente a tan irresistible
justificación teológica de la potestad de la monarquía católica, el clero
criollo adoptó las revelaciones de Sánchez como medio para dar a su patria una
fundación espiritual autónoma. Su libro no creó la devoción por la guadalupana,
pues ya en 1622 se había construido un hermoso santuario nuevo para remplazar
la capilla erigida por Montúfar. Su importancia radica en haber presentado una
justificación teológica para el culto.
1661
En los sermones pronunciados en honor a la guadalupana entre
1661-1767, los aradores criollos se sirvieron en especial de los Padres Griegos
para exaltar al “Fénix mexicano”. ¿Qué era la guadalupana sino “una imagen
retrato de la idea de Dios”, es decir, una efigie fiel de María que el Altísimo
concibió por toda la eternidad? A partir de semejante afirmación inicial, sólo
bastaba un paso para aseverar que la guadalupana era un retrato de cuerpo
presenta de la Virgen, pues, si bien la imagen de María aparecida en Palestina
sólo había estado presente algunos años, si imagen en México, por el contrario,
estaba destinada a conservar para siempre. En los sermones pronunciados ante
los dignatarios reunidos en el santuario del Tepeyac, los canónigos y jesuitas
ascendieron a la escala neoplatónica de las imágenes mediante audaces metáforas
destinadas a exaltar la singular providencia que distinguía a su país.
Si bien la Iglesia mexicana logró obtener la sanción de Roma para
el culto nacional, esto se debió en parte a que, a finales del siglo XVII, un
grupo de clérigos cultos se empeño en demostrar las revelaciones de Sánchez y
obtuvo declaraciones jurídicas sobre el origen de Juan Diego y la antigüedad de
la tradición. En su búsqueda de pruebas históricas, recibieron la asistencia de
una sencilla pero conmovedora relación de las apariciones escritas en náhuatl,
la principal lengua indígena del centro de México, y publicada en 1649 por el
capellán del Tepeyac. Pronto se acepto que ese texto provenía de un manuscrito
del siglo XVI que escribiera Antonio Valeriano, un discípulo franciscano Se
publicó una traducción al castellano, modificada para ajustarse al gusto
contemporáneo, y gozó de amplia circulación. Ya había razones suficientes para
que Roma aceptara la tradición. En el siglo XVIII artistas talentosos
rivalizaron por copiar a la guadalupana, escrutaron la imagen y concluyeron que
su incomparable belleza se derivaba de una combinación de técnicas pictóricas
que no podían sino considerarse milagrosas.
En los años en que la devoción a la Virgen mexicana parecía
imponer la aquiescencia universal, en Europa el culto de las imágenes sagradas
era desdeñado por idólatra o supersticiosa. Muchos filósofos de la Ilustración
eran deístas que rechazaban y escarnecían la fe cristiana. El pensador escocés
David Hume sostuvo la imposibilidad de los milagros como una afrenta a las
leyes de la naturaleza, y escribió una historia natural de la religión en la
que se refería al culto católico de los santos como un renacimiento popular del
politeísmo pagano.
Con la misma importancia, los historiadores de la iglesia ortodoxa desplegaron
su erudición para demostrar la falsedad de muchas leyendas piadosas. Asimismo,
Benito Jerónimo Feijoo, un respetado abad benedictino, puso en duda el valor
del peregrinaje, censuro la esperanza en las curas milagrosas, y condenó lisa y
llanamente innumerables “errores vulgares” que afligían al pueblo de la España
del siglo XVII. Se invocó el cristianismo histórico y el método científico para
minar la cultura religiosa del catolicismo barroco. En 1794, el principal
cosmógrafo de las Indias, Juan Bautista Muñoz, puso a consideración de la Real
Academia de Historia en Madrid un informe que citaba la crítica de Sahagún al
culto guadalupano y deducía que la narración aparicionista carecía de un
fundamento histórico confiable. Publicado en 1817, este breve informe tendía
resonancia entre los eruditos mexicanos a fin de siglo.
1695-1700
De tal magnitud fue la explosión de fervor, que entre 1695 y 1700
se construyó una majestuosa iglesia nueva en el Tepeyac, un edificio que por
sus proporciones y esplendor rivalizaba con las mejores catedrales de la Nueva
España. En muchas ciudades provinciales se edificaron santuarios menores
dedicados a la guadalupana, por lo común situados extramuros a cierta distancia
de la ciudad, como réplica de la relación que existía entre el Tepeyac y la
capital.
1737
La ciudad de México fue asolada por una epidemia que llevó a miles
a una muerte prematura. Sin remedio material que surtiese efecto, el
ayuntamiento se unió al cabildo eclesiástico para proclamar a Nuestra Señora de
Guadalupe patrona principal de la capital. Otras ciudades siguieron su ejemplo
1746
La imagen fue aclamada patrona del reino de la Nueva España.
1748
En un sermón predicado sobre el fin del mundo, Francisco Javier
Carranza sostuvo que, si bien el Anticristo asumiría el poder en Europa durante
aquella época, en América Nuestra Señora de Guadalupe guardaría la fe católica,
asegurando así que el papa y el rey de España huyera a México, donde
convertirían a la ciudad en capital de una nueva y universal monarquía
católica.
1754
La euforia de la elite criolla alcanzó apogeo cuando en 1754
Benedicto XIV no sólo confirmo a la Virgen del Tepeyac como patrona sino que la
dotó de una fiesta el 12 de diciembre con misa propia y oficio. Puesto que
solamente Nuestra Señora del Pilar había sido objeto de honor semejante en el
mundo hispano, se podía entonces afirmar que la Virgen mexicana rivalizaba con
las imágenes marinas más célebres de Europa. Benedicto XIV nombró a la Virgen
de Guadalupe patrona de la Nueva España, desde Arizona hasta Costa Rica.
1794
El sermón que predicó el dominico criollo Servando Teresa de Mier
en el Tepeyac aportó augurio a la transformación del credo, pues escandalizó a
la grey al sostener que santo Tomás Apóstol no sólo había predicado el
Evangelio en México, sino que también había dejado la imagen de Guadalupe
impresa en su manto, y así había sido venerado siglos antes de la llegada de
los españoles al Nuevo Mundo. Mediante esa ingeniosa teoría, Mier buscaba
desviar las dudas contemporáneas y dar a la Iglesia mexicana una fundación
apostólica equivalente a la Santidad en España: ya entonces habían llegado a
México noticias de la Revolución Francesa, las cuales inflamaron el intelecto
de los hombres en diversos grados. Muchos criollos jóvenes fueron impresionados
por el espectáculo de las conquistas de Napoleón y el ejemplo de Estados
Unidos, por ello abrazaron en silencio la causa de la Independencia. Entre los
sacerdotes devotos, sin embargo, la profecía de Carranza se recordaba y citaba
en los sermones, de modo que mientras la Iglesia en Europa sufría la
expropiación y la clausura de sus monasterios, en México creció la esperanza de
que la Nueva España se convirtiese en un bastión católica, en el refugio del
papa y del rey de España.
1810
El párroco de Dolores, Miguel Hidalgo, llamó a las masas rurales a
rebelarse contra el dominio español. Ya entonces las tropas francesas habían
invadido la península, impuestos a José Bonaparte en el trono, y lanzando un
ataque contra la Iglesia. El espíritu secular de la época encontró su cabal
expresión cuando la imagen de Nuestra Señora de Loreto fue confiscada y enviada
a París para ser depositada en la Biblioteca Nacional como “un célebre
monumento a la ignorancia y la más absurda de las supersticiones”.
Así mismo, Pío VII fue llevado a Francia y obligado a presenciar la coronación
de Napoleón como emperador de los franceses. Sin embargo, en ninguna ciudad de
España, la resistencia a la invasión francesa fue más tenaz que en Zaragoza,
donde frailes y sacerdotes desempeñaron una función relevante durante el sitio
de la ciudad, cuando el pueblo cantaba: “La Virgen del Pilar dice que no quiere
ser francesa, que quiere ser Capitana de la gente aragonesa”.
El mismo espíritu patriótico animó a los insurgentes mexicanos y, como
estandarte, Hidalgo les entregó una copia de la Virgen haciendo que marcharan
al grito de “Viva Nuestra Señora de Guadalupe”. La patrona de la Nueva España
se convirtió así en símbolo y bandera de una nación que libraba una guerra
civil para alcanzar su Independencia. No todos los criollos favorecían a los
rebeldes, y sin duda las clase acaudaladas respaldaron la creación de un
ejército realista capaz de contener el pillaje popular.
1821
De hecho, la Nueva España alcanzó la libertad en 1821, cuando el
coronel monárquico Agustín de Iturbide organizó una revuelta militar en contra
de las medidas anticlericales de los coroneles españoles. Al asumir el poder,
los predicadores aclamaron a Iturbide, agradecieron a Nuestra Señora de
Guadalupe que reuniese a los mexicanos en busca de la Independencia y
expresaron su confianza en que ella protegería a su Iglesia de los excesos
revolucionarios de Europa.
Cuando el efímero imperio de Iturbide se desvaneció y en su ligar
nació la república federal, los clérigos temieron que los políticos liberales
se apoderaran de las riquezas de la Iglesia. El clero manifestó que el Estado
mexicano no había heredado los derechos de patronazgo de la Corona española, de
modo que, mientras no se estableciera un concordato con Roma, el gobierno no
tenía derecho a intervenir en el nombramiento de obispos y cánones. Para
corroborar su postura, muchos sacerdotes adoptaron una teología ultramontana,
en la que el papado se definía como una monarquía absoluta con poderes de intervención
en toda la Iglesia. El hecho culminó en la proclamación de la infalibilidad
papal en 1870; no obstante, la Iglesia mexicana había sufrido la embestida de
la Reforma liberal de la década de los cincuenta del siglo XIX. El gobierno
radical, con golpes sucesivos, expropió a la Iglesia, despojó al clero de sus
privilegios legales, disolvió los monasterios, secularizo la educación, y
finalmente separó la Iglesia del Estado. Estas medidas fueron condenadas con
vehemencia por los obispos que abiertamente respaldaban a los generales
conservadores. El resultado fue una lamentable guerra civil. La ansiedad que
vivió el clero durante el conflicto encontró expresión en dos sermones que
predicara en el Tepeyac, en 1859 y 1860, Clemente de Jesús Murguía, el intransigente
obispo de Michoacán.
Cuando los obispos fueron expulsados de México, se refugiaron en
Roma, donde los acogió Pío IX. Entonces el arzobispo Pelagio Antonio de
Labastida se unió al papa para proyectar la reanimación de la Iglesia mexicana
mediante la creación de nuevas diócesis. Gracias a su estancia en el Vaticano,
los obispos mexicanos cobraron plena conciencia de pertenecer a una Iglesia
universal y en adelante optaron por enviar a los jóvenes sacerdotes más
prometedores a completar su educación en Roma. Asimismo, durante el tiempo que
pasaron en Europa se enteraron del súbito surgimiento de Lourdes como el
principal santuario mariano y pudieron atestiguar de qué manera la jerarquía
francesa aprovecho el sistema ferroviario y la prensa para organizar
peregrinaciones nacionales y popularizar el culto. Si el papado constituía el
principio de autoridad sobre el que descansaba la Iglesia, la Francia católica
ofreció a los obispos mexicanos el vivo ejemplo de una renovación que
comprendía la teología y la devoción.
1876-1911
Durante los largos años en que México estuvo gobernado por
Porfirio Díaz, de 1876 a 1911, la Iglesia gradualmente rehabilitó sus
instituciones y buscó restablecer su influencia social. Inspirado por el
ejemplo de Lourdes, los obispos obtuvieron autorización del papado para coronar
la imagen de Guadalupe. Durante todo el mes de octubre de 1875, se recibió a
los peregrinos diocesanos llegados al Tepeyac para participar de la misa y
escuchar los sermones de la celebración. El director del proyecto, José Antonio
Plancarte, invitó a los obispos de toda Norteamérica y el Caribe, de modo que
el 12 de octubre, cuando se escenifico la coronación, veintidós arzobispos y
obispos mexicanos estuvieron acompañados por catorce prelados de Estados Unidos
y otros tres de Québec, La Habana y Panamá. El álbum que conmemora las
celebraciones ofrece no sólo una descripción de los acontecimientos, sino
también incluye el texto de los sermones predicados durante ese mes. Como era
de esperarse, la teología neoplatónica y las aspiraciones sacramentales de la
época barroca habían sido apartadas tiempo antes, pero las figura bíblicas que
propusiera Miguel Sánchez captaron la atención de muchos oradores. El obispo de
Colima sintetizó el espíritu de la ocasión al exclamar que había acudido al
TEPEYAC, “el Sión mexicano”, para escudriñar en las tablas su ley el destino
del país. De igual modo, el santuario fue comparado con el Templo de Jerusalén
y la imagen de Guadalupe con el Arca de la Alianza. Pero los predicadores
también sostuvieron que la fundación de México databa de la aparición de la
Virgen María en el Tepeyac, puesto que en ese entonces ella había liberado a su
pueblo de la servidumbre de la idolatría y la tiranía. Reconocieron en la
Virgen a la fundadora de una nueva nación mestiza, pues en su santuario se
reconciliaron españoles e indios, unidos en una devoción y fe comunes. El
énfasis puesto en la función social de la guadalupana por parte de los
predicadores coincidía con las afirmaciones de Ignacio Manuel Altamirano, un
radical que reconoció que, para los mexicanos, “en último extremo, en los casos
desesperados, el culto a la Virgen mexicana es el único vínculo que los une
(…)”.
El renacimiento de la Iglesia también se vio reflejado en las
abundantes publicaciones sobre Nuestra Señora de Guadalupe de la década de los
años ochenta del siglo XIX. El propósito de algunos tratados era interpretar
las crónicas y documentos del siglo XVI que se imprimían por primera vez.
Varios eran panegíricos, destinados a mover a la devoción; pero también se
generó una gran controversia. Sobre todo el hallazgo y publicación del
manuscrito de 1556 que consignaba la querella entre el arzobispo Montúfar y el
providencial franciscano causó conmoción, pues en él se atribuía la imagen de
Guadalupe a aun indio llamado Marcos. La alarma entre los círculos clericales
se intensificó cuando se supo que Joaquín García Icazbalceta, el historiador
más respetado de México, había llegado a la conclusión de que el relato de las
apariciones habían sido recogidos por Sánchez 116 años después del suceso, y
que el silencio universal de los cronistas del siglo XVI en torno al milagro
implicaba que la tradición carecía de credibilidad histórica. Laira de los
“aparicionistas” no conoció límites y se atacó ferozmente no sólo a García
Icazbalceta, católico devoto y conservador, sino a los franciscanos, fundadores
de la Iglesia mexicana, por su silencio y hostilidad al culto guadalupano. La
polémica resurgió al descubrirse que *la corona de oro que engalanaba a la
Virgen en su imagen desde tiempo inmemorable había sido borrada sigilosamente*.
1895
El 12 de octubre se llevó a cabo la coronación pontificia de la
imagen, concedida por León XIII.
1904
San Pío X elevó el santuario de México a la categoría de Basílica
y en 1910 proclamó a la Virgen de Guadalupe, Patrona de toda América Latina.
1945
Pío XII le dio el título de la Emperatriz de América.
Durante el siglo XX el añejo debate acerca de la “historicidad” de
las apariciones no cesó y periódicamente se descubrieron nuevas fuentes que a
la postre resultaron insuficientes.
Sin embargo, cuando el Nican
mopohua, el texto náhuatl de los relatos de las apariciones, fue objeto de
nutridas reflexiones el énfasis teológico volvió a cobrar importancia. La
Teología de la Liberación, por no citar el Concilio Vaticano Segundo, causó el
efecto de concentrar la atención en la índole pastoral de los diálogos entre la
Virgen y Juan Diego. Ya para la década de los noventas se había efectuado
varias traducciones a diferentes idiomas y el texto se tenía, en un sentido
poco claro, por “inspirado”, lo cual lo convertía en un evangelio mexicano. Si
la “opción para los pobres” llevó a los comentadores mexicanos a desestimar a
Sánchez como exponente de conceptos barrocos, los eruditos norteamericanos no
sólo revisaron las argumentaciones escépticas de Muñoz y García Icazbalceta,
sino que demostraron la dependencia textual del Nican mopohua del relato español que ofreciera Sánchez. Ninguno de
estos doctos hallazgos y controversias, sin embargo, menoscabó la fe del pueblo
mexicano, y en 1999 Juan Pablo II honró aún más esa fe al proclamar a la Virgen
mexicana patrona de toda América. De este modo, la Santa Sede designó de manera
implícita a la guadalupana como la principal imagen mariana dentro de la
iglesia católica, puesto que, ya fuese por su significación teológica, ya por
la extensión geográfica, ¿dónde podían hallarse una comparable?
El propósito de este libro es arrojar luz sobre el súbito
florecimiento y la tenacidad férrea de la tradición de Nuestra Señora de
Guadalupe. Si bien Miguel Sánchez no inaugura la devoción, sin duda define la
manera en la cual la imagen es exaltada y vindicada. Para entender la matriz
doctrinal de la que parte la tradición, es necesario volver a Bizancio, a San
Agustín y a la España de los Habsburgo. No obstante, incluso cuando Sánchez aún
vivía, se lanzó una campaña para menoscabar su autoridad al atribuir la
tradición a fuentes manuscritas indígenas. Buena parte de la polémica en torno
al culto en los últimos dos siglos se ha concentrado en la credibilidad de tal
atribución. El triunfo de la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, en todos
los ámbitos de la sociedad mexicana, es una prueba de la fuerza espiritual de
esta imagen y de su tradición.
El culto y la tradición de la guadalupana se desarrollo en el
contexto de una Iglesia católica universal, y aislar su imagen de la historia
de la Iglesia católica universal, y aislar su imagen de la historia de la
Iglesia es incurrir en una distorsión. Los lectores poco versados en el
catolicismo, sobre todo, deben tener presente que, para la Iglesia en su
conjunto, Nuestra Señora de Guadalupe es simple una representación mexicana de
la Virgen María, Madre de Dios, y que en su santuario los feligreses participan
del mismo servicio eucarístico, escuchan las mismas lecturas de la Biblia y
reciben la misma comunión que en cualquier otra iglesia católica del mundo. Por
otra parte, los cambios en la manera de presentar e interpretar a la Virgen
reflejan las transformaciones igualmente profundas que ha sufrido la sociedad
mexicana a lo largo de los siglos.
No es una mera coincidencia que los clérigos que buscaron fundar
la tradición guadalupana a partir de las fuentes indias también procuraran
identificar la civilización prehispánica como la antigüedad clásica de su país.
De hecho, el modo en el que se ha concebido el pasado indígena guarda una
relación íntima, aunque variable, con la manera en que se ha descrito la
función de la Virgen en la historia de México.
En un ensayo célebre, el historiador de Nueva Inglaterra Henry
Adams señala el contraste elocuente entre la fuerza espiritual que ejerció la
Virgen María en la Francia medieval y el dínamo, la fuerza eléctrica que
impulso la civilización industrial de Estados Unidos. Le maravillaba ese
contraste por la fuerza de la mujer en la Edad Media, ya que la religión o en
la literatura, sólo para lamentar la ausencia de semejante vigor en Estados
Unidos a principios del siglo XX.
Y añade: “Una Virgen norteamericana nunca se atrevería a regir; una Venus
norteamericana nunca se atrevería a existir.” En la actualidad, y debido a
Hollywood, incontables mujeres de Estados unidos podrían reclamar para sí el
título de Venus. ¿Pero dónde está la Virgen americana? Al igual que muchos
compatriotas de la época, Henry Adams sabía poco de México. Sin embargo, en
México, los insurgentes de 1810 y los zapatistas de 1910, sin mencionar a los
cristeros, marcharon amparados por el estandarte de la guadalupana, y en la
actualidad millones de peregrinos visitan su santuario anualmente. ¿Cuál es la
fuente y la naturaleza del poder de esa imagen? Por extraño que parezca, en el
plano doctrinal la Iglesia católica contemporánea tiene poco que decir al
respecto.
1910
El estallido de la Revolución Mexicana en 1910 desató una ola de
anticlericalismo que en última instancia amenazaba con destruir los logros del
siglo XIX. Los obispos fueron expulsados del país, los sacerdotes perseguidos y
las iglesias confiscadas. La constitución de 1917 negaba personalidad jurídica
a la Iglesia y prohibía a los ministros de la religión intervenir en la
educación o la política. Pero cuando el Estado revolucionario intentó reducir
el número de sacerdotes y lugares cultos, los obispos iniciaron un intermedio
en contra de la república. De 1926 a 1929 sobrevino un penosa guerra civil en
la que le campesino católico, sobre todo en el occidente de México, combatió al
ejército federal hasta inmovilizarlo. En los pendones rebeldes aparecía la
figura de la guadalupana y bajo ella estaba grabada la inscripción “Viva Cristo
Rey”. De las filas de sacerdotes cristeros surgió la campaña para beatificar a
Juan Diego, lo cual ofrecía a los fieles un héroe indio y leal que compensara
el énfasis de los nacionalistas revolucionarios en la civilización prehispánica
y el campesino indígena contemporáneo. Al finalizar la Segunda Guerra mundial,
la Iglesia y el Estado pactaron una sigilosa reconciliación y se establecieron
las condiciones para construir una nueva y espaciosa basílica en el Tepeyac
sufragada en buena parte por el gobierno.
1976
El 12 de Octubre se inauguró la nueva Basílica de Guadalupe.