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lunes, 12 de febrero de 2024

El amor y el conocimiento ingredientes necesarios para vivir mejor

El amor y el conocimiento ingredientes necesarios para vivir mejor

José Antonio Robledo y Meza

 

La vida buena está inspirada por el amor y guiada por el conocimiento. Tanto el amor como el conocimiento pueden expandirse indefinidamente; por lo tanto, por buena que sea una vida, se puede imaginar una vida mejor. Este criterio está expresado en el lema de la BUAP “Pensar Bien, Para Vivir Mejor”. Ni el conocimiento sin amor, ni el amor sin conocimiento, pueden producir una buena vida.

Ejemplo de amor sin conocimiento: en la Edad Media, cuando había peste en algún lugar, los santos aconsejaban a la población que se congregase en los templos y rezase a Dios pidiendo que los librase de la peste; el resultado, la infección se extendía con extraordinaria rapidez entre las masas de suplicantes. Ejemplo de conocimiento sin amor: las últimas guerras. En ambos casos, el resultado es el mismo: la miseria y la muerte en gran escala.

Aunque el amor y el conocimiento son necesarios, el amor es más importante, ya que impulsa a los inteligentes a buscar el conocimiento –mediante el estudio y la investigación-, con el fin de beneficiar a los que ama. Como el amor es expandible indefinidamente su límite es el amor al Universo. El fin último es el amor y el conocimiento universal. Pero si la gente no es inteligente, porque no estudia e investiga, se contentará con creer lo que le han dicho y dicen, y estos decires pueden hacer mucho daño a pesar de la benevolencia más genuina. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones diría el Dante.

El amor –como principio emocional- es una palabra que define una gran variedad de relaciones sentimentales y se mueve entre dos extremos; en un lado, el puro goce de la contemplación; en el otro, la benevolencia pura. En las manifestaciones artísticas -objetos inanimados- sólo interviene el goce; no podemos sentir benevolencia hacia un paisaje o una sonata. El amor como goce influye en una gran parte en nuestros sentimientos hacia los hombres, algunos de los cuales tienen encanto y otros lo contrario, cuando se los considera como objetos de la contemplación estética.

El amor en su plenitud es una combinación indisoluble de goce y benevolencia. El placer de un padre ante un hijo combina estos dos elementos; lo mismo ocurre con el amor sexual en su mejor forma. El goce sin benevolencia conduce a la crueldad; la benevolencia sin goce tiende a la superioridad y a la frialdad. La persona que ama debe hacerlo con goce y benevolencia porque la persona que desea ser amada desea ser objeto de un amor que contenga ambos elementos.

En un mundo perfecto, todo ser consciente sería, para los demás, el objeto del amor pleno, compuesto de goce, benevolencia y comprensión íntimamente mezclados. Esto no significa que, en el mundo real, debamos tratar de tener tales sentimientos hacia todos los seres conscientes que encontremos. Hay muchos que no pueden producirnos goce, porque son desagradables; si violentáramos tratando de ver bellezas en ellos, no haríamos más que embotar nuestra sensibilidad con respecto a lo que hallamos hermoso.

La benevolencia suele extenderse con mayor facilidad, pero incluso la benevolencia tiene sus límites. Si un hombre desea casarse con una dama, no pensaríamos muy bien de él si se retirara al hallar que había otro que quería casarse con ella; miraríamos esto como un campo de competencia justa. Sin embargo, sus sentimientos hacia el rival pueden no ser benévolos.

Estas consideraciones conducen a un cierto énfasis sobre el elemento del goce como ingrediente del mejor amor. El goce, en el mundo real, es inevitablemente selectivo. Cuando surgen conflictos entre el goce y la benevolencia tienen, en general, que ser decididos mediante la transigencia, no mediante la entrega completa a cualquiera de ellos. El instinto tiene sus derechos, y si lo violentamos toma venganza de mil maneras sutiles. Por lo tanto, al tender a la vida buena, hay que tener en cuenta los límites de las posibilidades humanas. Y volvemos a la necesidad del conocimiento.

Cuando se habla de conocimiento como uno de los ingredientes de la vida buena no se piensa en el conocimiento ético, sino en el conocimiento científico y el conocimiento de los hechos particulares. Si deseamos lograr algún fin, el conocimiento puede mostrarnos los medios. La conducta buena o mala es calificada por referencia a sus consecuencias probables. Si nos proponemos un fin, la ciencia es la que tiene que ayudarnos a descubrir los medios para lograrlo. Todas las reglas morales tienen que ser puestas a prueba examinando si realizan los fines deseados.

Si toda conducta nace del deseo, entonces debe aceptarse que la moralidad de la conducta debe juzgarse por sus probables consecuencias, es decir que deseo que se apruebe la conducta que voy a realizar porque es análogo a los fines sociales que deseamos, y que se repruebe la conducta opuesta. En la actualidad, esto no se hace; hay ciertas reglas tradicionales según las cuales la aprobación y la reprobación se aplican sin tener en cuenta para nada las consecuencias.

Ha habido en épocas diferentes y entre gentes diferentes, muchos conceptos- diversos del vivir bien. Hasta cierto punto, estas diferencias son discutibles; así ocurre cuando los hombres difieren en cuanto a los medios de lograr un fin dado. Algunos opinan que la prisión es un buen medio de evitar el crimen; otros opinan que la educación sería mejor. Ni el Universo ni la vida buena es obra de un Poder Supremo como tampoco, éste es la fuente última de la ley natural y moral.

El mejor criterio para pensar bien es el racionalismo crítico, y éste es un medio para vivir mejor.

 

robledomeza@yahoo.com.mx

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martes, 7 de junio de 2022

El amor y el conocimiento en la 4T

El amor y el conocimiento en la 4T

Segunda parte

José Antonio Robledo y Meza
El universo existe sin ninguna razón y no es razonable buscar a un razonador que lo creara. La construcción de un orden –descripción, explicación y comprensión- en el universo es un objetivo humano.

El Universo, la naturaleza y el hombre

La materia está compuesta de neutrones, electrones y protones, que son de tamaño finito, y de los cuales sólo hay un número finito en el Universo. El humán es una parte de la naturaleza y la naturaleza es una parte del Universo, por lo tanto, lo humanes no son algo en contraste con ellos –la naturaleza y el Universo-. Del Universo los humanos son una parte. Su cuerpo, como toda materia, está compuesto de neutrones, electrones y protones, que obedecen a las mismas leyes. El mundo físico es grande comparado con el hombre, mayor de lo que se consideraba en tiempos de Newton, pero no tanto como se cree el día de hoy. En uno y otro extremo, en lo grande y en lo chico, la ciencia parece llegar a los límites. Se piensa que el universo es de extensión finita en el espacio, y que la luz puede recorrerlo en unos cientos de miles de años.

Los pensamientos y movimientos corporales de los humanos siguen las mismas leyes que describen los movimientos de los astros y los átomos. La energía usada en el pensamiento parece tener un origen químico. Los fenómenos cerebrales están unidos a la estructura material. Es tal caso, no podemos suponer que un protón o electrón solitarios puedan «pensar»; como no podríamos esperar que un solo individuo jugase un partido de fútbol. Tampoco podemos suponer que el pensamiento del individuo sobreviva a la muerte corporal, ya que esta destruye la organización del cerebro y disipa la energía que utilizaban los conductos cerebrales.

La filosofía de la naturaleza no tiene que ser indebidamente terrestre; para ella, la tierra es sólo uno de los planetas más pequeños de uno de los astros más pequeños de la Vía Láctea. Sería absurdo deformar la filosofía de la naturaleza con el fin de producir resultados agradables a los diminutos parásitos de este insignificante planeta. El vitalismo, como filosofía, y el evolucionismo, muestran, a este respecto, una falta de sentido de la proporción y de la importancia lógica. Miran los hechos de la vida, que nos son personalmente interesantes, como dotados de un significado cósmico, no de un significado limitado a la superficie de la tierra. El optimismo y el pesimismo, como filosofías cósmicas, muestran el mismo humanismo ingenuo.

Las anteriores consideraciones conducen a un cierto énfasis sobre el elemento del deleite como ingrediente del mejor amor. El deleite, en el mundo real, es inevitablemente selectivo, y nos evita el tener los mismos sentimientos hacia toda la humanidad. Cuando surgen conflictos entre el deleite y la benevolencia tienen, en general, que ser decididos mediante la transigencia, no mediante la entrega completa de cualquiera de ellos. El instinto tiene sus derechos, y si lo violentamos toma venganza de mil maneras sutiles. Por lo tanto, al tender a la vida buena, hay que tener en cuenta los límites de la posibilidad humana. Y otra vez aquí volvemos a la necesidad del conocimiento. Cuando hablo de conocimiento como de uno de los ingredientes de la vida buena no debe pensarse en el conocimiento ético, sino en el conocimiento científico y el conocimiento de los hechos particulares. No existe, hablando en puridad, el conocimiento ético. Si deseamos lograr algún fin, el conocimiento puede mostrarnos los medios, y este conocimiento puede pasar como ético. Pero no se puede decidir la conducta buena o mala como no sea por referencia a sus consecuencias probables. Si nos proponemos un fin, la ciencia es la que tiene que descubrir los medios para lograrlo. Todas las reglas morales tienen que ser probadas examinando si realizan los fines deseados. Digo los fines que deseamos, no los fines que debemos desear. Lo que «debemos» desear es simplemente lo que otra persona desea que deseemos. Generalmente es lo que las autoridades desean que deseemos: padres, maestros, policías y jueces. Si alguien me dice «debe hacer esto y lo otro», la fuerza motriz de la advertencia reside en mi deseo de obtener su aprobación, junto, posiblemente, con premios o castigos unidos a su aprobación o reprobación.

Como toda conducta nace del deseo, es evidente que los conceptos éticos no pueden tener importancia como no influyan en el deseo. Lo hacen mediante el deseo de aprobación y el temor de reproche. Son fuerzas sociales poderosas, y naturalmente tratamos de ponerlas de nuestra parte si queremos realizar cualquier fin social. Cuando digo que la moralidad de la conducta debe juzgarse por sus probables consecuencias, quiero decir que deseo que se apruebe la conducta que vaya a realizar los fines sociales que deseamos, y que se repruebe la conducta opuesta. En la actualidad, esto no se hace; hay ciertas reglas tradicionales según las cuales la aprobación y la reprobación se aplican sin tener en cuenta para nada las consecuencias.

La superfluidad de la ética teórica es obvia en casos sencillos. Supongamos, por ejemplo, que se tiene un hijo enfermo. El amor le hace a uno desear que se cure, y la ciencia le dice a uno cómo tiene que hacerlo. No hay una fase intermedia de la teoría ética donde se demuestre que al hijo de uno le conviene que le curen.

jueves, 2 de junio de 2022

El amor y el conocimiento en la 4T

El amor y el conocimiento en la 4T


Primera parte

José Antonio Robledo y Meza


Sorpresa y perplejidad… fue lo que me provocó estudiar a la 4T y que me hizo reconocer que era mucha mi ignorancia sobre ella… tenía que aprovechar lo poco que sabía para ponerle orden y establecer las dos cuestiones fundamentales que dieran cuenta de mi postura acerca de ella. En primer término, está lo relativo al lugar que ocupan los humanos en el Universo y en segundo término, lo concerniente a la naturaleza del vivir bien. Mi punto de vista será secularista-laico, no providencialista. En esta primera entrega comenzaré con mis reflexiones en torno a la naturaleza del vivir bien, evitando caer en un humanismo ingenuo que lo mismo puede ser optimista o pesimista, y que se presente como una filosofía cósmica. Más bien consideraré el contexto del posthumanismo. En la segunda parte reflexionaremos en torno al lugar de los humanos en el Universo

Para comenzar es necesario distinguir entre dos campos filosóficos: el de la naturaleza (la filosofía del ser)- y el del valor (la filosofía del deber ser). Confundir estos dos campos ha producido daños. Lo que consideramos bueno, lo que nos gustaría, no tiene ninguna influencia sobre lo que es. Por el contrario, no se nos puede prohibir el valorar esto o lo otro basándonos en que el mundo no humano no lo valora, ni se nos puede obligar a admirar algo porque es una ley de la naturaleza. Somos parte de la naturaleza, que ha producido nuestros deseos, nuestras esperanzas y nuestros miedos, de acuerdo con leyes que los científicos investigan. Somos parte de la naturaleza, estamos subordinados a ella, somos el resultado de leyes naturales y víctimas de ellas.

El mundo, tal como lo conocemos por la filosofía de la naturaleza, no es bueno ni malo, ni se preocupa por hacernos felices o desgraciados. Todas las filosofías basadas en un humanismo ingenuo tienen su origen en la autoimportancia que los humanes se dan a sí mismos. Un poco de cosmología es el mejor correctivo.

En la filosofía del valor, la situación queda invertida. La naturaleza es sólo una parte de lo que podemos imaginar; todas las cosas, reales o imaginarias, pueden ser estimadas por nosotros, y no hay patrón exterior que demuestre que nuestra valoración está equivocada. Nosotros somos los últimos e irrefutables árbitros del valor y en el mundo de las valoraciones, la naturaleza es sólo una parte. En este mundo de los valores somos más grandes que la naturaleza. En el mundo de los valores, la Naturaleza es neutral, ni buena ni mala. Los humanos somos los creadores de los valores y nuestros deseos son los que confieren valor. En el mundo de valores somos soberanos, y degradamos nuestra soberanía subordinándonos ante la naturaleza. Nosotros somos los que tenemos que determinar la vida buena, no la naturaleza.

El vivir bien.

En el mundo de los valores se pueden articular conceptos como amor, conocimiento, saber –no ético sino científico, histórico y metodológico-, deleite, benevolencia, bienestar, simpatía, amor sexual, crueldad, frialdad, discriminación, admiración, cariño, soledad, guerra, paz, comprensión, felicidad, intención –fines, objetivos y metas-, deseos, premio, castigo, ética, moral, educación, nobleza, etc.

El ordenar jerárquicamente los conceptos de valor nos permite explicitar el criterio para señalar en que consiste el vivir bien. El criterio es el siguiente: la vida buena está inspirada por el amor y está guiada por el conocimiento. El conocimiento y el amor son extensibles indefinidamente; por lo tanto, por buena que sea una vida, se puede imaginar una vida mejor. El conocimiento sin amor, o el amor sin conocimiento, no pueden producir una buena vida.

En la Edad Media, cuando había peste en algún lugar, los santos aconsejaban a la población que se congregase en los templos y rezase a Dios pidiendo que los librase de la peste; el resultado era que la infección se extendía con extraordinaria rapidez entre las masas de los suplicantes. Este es un ejemplo del amor sin el conocimiento. Las últimas guerras son ejemplos de conocimiento sin amor. En ambos casos, el resultado es la muerte en gran escala.

Aunque el amor y el conocimiento son necesarios, el amor es más importante, ya que impulsará a los inteligentes a buscar el conocimiento –mediante el estudio y la investigación-, con el fin de beneficiar a los que aman. Como el amor es extensibles indefinidamente su límite es el amor al universo. Los fines últimos son el amor y el conocimiento universal. Pero si la gente no es inteligente, porque no estudia e investiga, se contentará con creer lo que le han dicho y dicen, y estos decires pueden hacer mucho daño a pesar de la benevolencia más genuina. No olvidemos a Dante que indicaba que el camino al infierno estaba empedrado de buenas intenciones.

El contexto del posthumanismo.

Posthumano es un concepto originado en los campos de la ciencia ficción, futurología, arte contemporáneo, y filosofía. En las reflexiones posthumanistas de lo que se trata es de superar el humanismo, las ideas y las imágenes provenientes del Renacimiento clásico.

El posthumanismo y la tecnología han ido avanzando de la mano ya que actualmente es una forma de poder acceder al conocimiento. Redes sociales, teléfonos inteligentes y demás son instrumentos que facilitan el acceso al conocimiento. El conocimiento relativista y el cuántico han sido diferentes tipos de conocimiento con el cual se ha ido desarrollando la tecnología debido a que estos surgen propiamente de la física moderna.

El posthumanismo toma cuerpo de naturaleza en la sociedad, las hipótesis sobre el surgimiento de un nuevo prototipo humano que abren la reflexión sobre las posibilidades de la tecnología. Después de la pandemia provocada por el COVID-19, el posthumanismo ha cobrado una mayor importancia, dejando de ser solo existencial, o sea, transformándose en una filosofía que ayuda al ser humano a no solo comprender lo que es el ser humano, sino lo que quiere llegar a ser y en lo que se puede convertir como especie; superar las limitaciones intelectuales y físicas mediante el control tecnológico de su propia evolución biológica (ingeniería genética), emergiendo un estado existencial fisicalista en el que se domine la trascendencia natural de la humanidad.

En conclusión, podemos afirmar que la 4T concebida como un camino que a partir del principio de soberanía popular y que se propone como meta la construcción de una nueva república deberá integrar, paso a paso, los resultados del conocimiento científico y los saberes humanísticos, para con ello, comprender lo que es el ser humano, lo que quiere llegar a ser como especie. Junto con lo anterior, es necesario desplazar las relaciones violentas existentes y sustituirlas por relaciones amorosas. Todo lo anterior implica el estudio y la investigación permanente de todas las personas que forman parte de la sociedad.




WA: 2223703233

viernes, 22 de octubre de 2021

El amor y el conocimiento ingredientes necesarios para vivir mejor

El amor y el conocimiento
ingredientes necesarios para vivir mejor

Mtro, José Antonio Robledo y Meza
Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP

La vida buena está inspirada por el amor y guiada por el conocimiento. Tanto el amor como el conocimiento pueden expandirse indefinidamente; por lo tanto, por buena que sea una vida, se puede imaginar una vida mejor. Este criterio está expresado de otra manera en el lema “Pensar Bien, Para Vivir Mejor”. Ni el conocimiento sin amor, ni el amor sin conocimiento, pueden producir una buena vida.

Ejemplo de amor sin conocimiento: en la Edad Media, cuando había peste en algún lugar, los santos aconsejaban a la población que se congregase en los templos y rezase a Dios pidiendo que los librase de la peste; el resultado era que la infección se extendía con extraordinaria rapidez entre las masas de suplicantes..

Ejemplo de conocimiento sin amor: las últimas guerras.

En ambos casos, el resultado fue el mismo: la miseria y la muerte en gran escala.

Aunque el amor y el conocimiento son necesarios, el amor es más importante, ya que impulsa a los inteligentes a buscar el conocimiento –mediante el estudio y la investigación-, con el fin de beneficiar a los que ama. Como el amor es expandible indefinidamente su límite es el amor al Universo. El fin último es el amor y el conocimiento universal. Pero si la gente no es inteligente, porque no estudia e investiga, se contentará con creer lo que le han dicho y dicen, y estos decires pueden hacer mucho daño a pesar de la benevolencia más genuina. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones diría el Dante. (El infierno de Dante (Inferno, V): https://elperiodico.com.gt/cultura/el-acordeon/2015/08/16/el-infierno-de-dante-inferno-v/ )

El amor –como principio emocional- es una palabra que define una gran variedad de relaciones sentimentales y se mueve entre dos extremos; en un lado, el puro deleite de la contemplación; en el otro, la benevolencia pura. En las manifestaciones artísticas -objetos inanimados- sólo interviene el deleite; no podemos sentir benevolencia hacia un paisaje o una sonata. El amor como deleite influye en una gran parte en nuestros sentimientos hacia los hombres, algunos de los cuales tienen encanto y otros lo contrario, cuando se los considera como objetos de la contemplación estética.

El amor en su plenitud es una combinación indisoluble de deleite y benevolencia. El placer de un padre ante un hijo combina estos dos elementos; lo mismo ocurre con el amor sexual en su mejor forma. El deleite sin benevolencia conduce a la crueldad; la benevolencia sin deleite tiende a la superioridad y a la frialdad. La persona que ama debe hacerlo con deleite y benevolencia porque la persona que desea ser amada desea ser objeto de un amor que contenga ambos elementos.

En un mundo perfecto, todo ser consciente sería para los demás el objeto del amor pleno, compuesto de deleite, benevolencia y comprensión íntimamente mezclados. Esto no significa que, en el mundo real, debamos tratar de tener tales sentimientos hacia todos los seres conscientes que encontremos. Hay muchos que no pueden producirnos deleite, porque son desagradables; si fuéramos a violentarnos tratando de ver bellezas en ellos, no haríamos más que embotar nuestra sensibilidad con respecto a lo que hallamos naturalmente hermoso.

La benevolencia suele extenderse con mayor facilidad, pero incluso la benevolencia tiene sus límites. Si un hombre desea casarse con una dama, no pensaríamos muy bien de él si se retirara al hallar que había otro que quería casarse con ella; miraríamos esto como un campo de competencia justa. Sin embargo, sus sentimientos hacia el rival no pueden ser benévolos.

Estas consideraciones conducen a un cierto énfasis sobre el elemento del deleite como ingrediente del mejor amor. El deleite, en el mundo real, es inevitablemente selectivo. Cuando surgen conflictos entre el deleite y la benevolencia tienen, en general, que ser decididos mediante la transigencia, no mediante la entrega completa a cualquiera de ellos. El instinto tiene sus derechos, y si lo violentamos toma venganza de mil maneras sutiles.

Por lo tanto, al tender a la vida buena, hay que tener en cuenta los límites de la posibilidad humana. Y volvemos a la necesidad del conocimiento.

Cuando hablo de conocimiento como de uno de los ingredientes de la vida buena no pienso en el conocimiento ético, sino en el conocimiento científico y el conocimiento de los hechos particulares. Si deseamos lograr algún fin, el conocimiento puede mostrarnos los medios. La conducta buena o mala es calificada por referencia a sus consecuencias probables. Si nos proponemos un fin, la ciencia es la que tiene que descubrir los medios para lograrlo. Todas las reglas morales tienen que ser probadas examinando si realizan los fines deseados.

Si toda conducta nace del deseo, entonces debe aceptarse que la moralidad de la conducta debe juzgarse por sus probables consecuencias, es decir que deseo que se apruebe la conducta que voy a realizar porque es análogo a los fines sociales que deseamos, y que se repruebe la conducta opuesta. En la actualidad, esto no se hace; hay ciertas reglas tradicionales según las cuales la aprobación y la reprobación se aplican sin tener en cuenta para nada las consecuencias.

Ha habido en épocas diferentes y entre gentes diferentes, muchos conceptos- diversos del vivir bien. Hasta cierto punto, estas diferencias son discutibles; así ocurre cuando los hombres difieren en cuanto a los medios de lograr un fin dado. Algunos opinan que la prisión es un buen medio de evitar el crimen; otros opinan que la educación sería mejor.

Ni el Universo ni la vida buena es obra de un Poder Supremo como tampoco éste es la fuente última de la ley natural y moral.

El mejor criterio para pensar bien es el racionalismo crítico, y éste es un medio para vivir mejor

 

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