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sábado, 29 de febrero de 2020

Cambio de rumbo para la FFyL. Las humanidades a debate. Pensar, evaluar y vivir el mundo.


Cambio de rumbo para la FFyL. Las humanidades a debate.
Pensar, evaluar y vivir el mundo.

José Antonio Robledo y Meza
Tel: 2223703233
robledomeza@yahoo.com.mx

“Ser educado no es haber llegado a un destino; es viajar con una manera diferente de ver el mundo y la vida. Lo que es necesario no es la preparación febril para algo que está por delante, sino trabajar con precisión, pasión y gusto en lo valioso que está a nuestro alcance”. R.S. Peters en Educación como Iniciación

¿Formar mentes o formar profesionales? ¿Formar una mente libre o subordinada? ¿Formar mentes como herramientas o como potenciales detonadores de la creatividad? ¿Formar mentes para facilitar la realización de tareas mecánicas que sólo requieren del uso de una “correcta” energía, mentes consideradas como utensilios útiles para realizar labores rutinarias o mentes que estén formadas para realizar actividades que no se les enseñó hacer? ¿La formación profesional un peligro intelectual?

Las preguntas anteriores surgen al reflexionar sobre las palabras dichas en 1910 por Woodrow Wilson, director de Princeton, quien dirigió un discurso en Madison, Wisconsin, a la Asociación de Universidades Americanas; en ese discurso planteó: “Toda especialización, incluida la formación profesional, es nítidamente individualista en su objetivo... El objetivo... es el interés particular de la persona que busca esa formación”. Manifestaba que dicha exclusividad era “el peligro intelectual y económico de nuestra época”: un peligro intelectual porque el individuo que sólo así ha sido formado es una herramienta y no una mente, y un peligro económico porque la sociedad requiere de mentes y no sólo de herramientas. Wilson consideraba que “para cuando un hombre llega a la edad en que su hijo puede asistir a la universidad, está tan inmerso en una especialización que ya no puede entender el país ni la época en que vive”. Por ello -decía Wilson- la tarea de la universidad (debía ser) re-generalizar cada generación a medida que apareciera”.

Estamos hoy en el año 2020, ciento seis años después del discurso de Wilson y, por lo tanto, debemos admitir, las condiciones han cambiado. Si esto es así, entonces ¿debemos admitir que las preguntas anteriores son irrelevantes porque se admite que las universidades deben limitarse a la formación profesional, formar mentes que sirvan como herramientas para realizar labores bien especificadas en los manuales correspondientes? ¿Tenemos que admitir que es correcta la propuesta de concebir a quien enseña ya no un “maestro” sino un “facilitador del aprendizaje” y al aprendiz una herramienta solo capaz de hacer lo que está definido como “correcto”; admitir todo esto sin detenerse a pensar en que significan los conceptos de “enseñar”, “aprender” y “contenido” del proceso enseñanza-aprendizaje.

En una facultad como la de Filosofía y Letras ¿es pertinente preguntarse a qué está obligada la comunidad en la formación de los jóvenes? ¿Sigue siendo válido sostener que el paso de los jóvenes por la universidad debe ayudarles a adquirir saberes que les permita orientar el pensamiento y la conducta a largo plazo, les permita su refinamiento y la posibilidad de embellecer su vida?

En una facultad como la de FyL ¿es pertinente preguntarse a qué está obligada la comunidad en la formación de los jóvenes? ¿Sigue siendo válido promover saberes que permitan reconocer la bondad, la belleza y la calidad intelectual de los productos humanos? En otras palabras, ¿qué el tránsito por la universidad les ayude a transformarse en personas educadas, i.e., en personas cuya mente y cuya conducta exhiban conocimiento y comprensión, sentido de responsabilidad, consideración hacia lo demás, adquisición de una conciencia crítica?

Si la pretensión de las humanidades es formar personas educadas ¿deben cultivarse las humanidades como parte de la formación de los jóvenes en la BUAP? ¿Se justifica la presencia de las humanidades en los curricula de todas las unidades académicas, incluyendo el bachillerato?

Como puede verse, si se revisa la historia de las propuestas en los últimos años, son innumerables los “objetivos de la educación” que se han considerado. Los resultados están a la vista. Se han formado profesionales, mentes subordinadas, mentes vistas como herramientas, mentes para facilitar la realización de tareas mecánicas que sólo requieren del uso de una “correcta” energía, mentes consideradas como utensilios útiles para realizar labores rutinarias, labores profesionales que limitan la creatividad.

Si esto es así ¿qué hacer?, ¿qué objetivos proponer?, ¿cómo elegirlos?, si de lo que se trata es de formar personas educadas.

Necesitamos criterios para hacerlo. Así pues, pasemos a reflexionar sobre tales criterios.

En primer lugar está el criterio epistemológico o de comprensión de los principios. Una persona educada es alguien que no sólo es capaz de realizar una actividad particular, como la abogacía o la investigación o el fútbol, sino además, es capaz de realizarlas por lo que es ella misma (la búsqueda de la verdad por ella misma, hacer algo por lo que tiene de encomiable, hacer algo de la mejor manera posible), a diferencia de cultivarla por algo a lo que podría llevar: ser citados por otros, riqueza o prestigio, por ejemplo. Este criterio es necesario pero no es suficiente ya que es necesario que el hombre educado posea un conjunto de conocimientos y algún esquema conceptual que eleve esos conocimientos por encima de una serie de datos inconexos. 

No es suficiente la información histórica. Es necesario que dicha información esté integrada a una estructura cognitiva significativa, teórica. Estamos hablando de aprendizajes superiores. Lo cual implica comprender los principios que permitan organizar los datos, tal y como lo hacen Sherlock Holmes, Guillermo de Baskerville o el viejo detective de la película Seven, William Somerset. No basta estar bien informado sino también tener alguna comprensión del “por qué” de las cosas. Es necesario un desarrollo profundo del conocimiento y de la conciencia. Todo esto es necesario pero no suficiente. Así que pasemos al segundo criterio.

El segundo criterio para reconocer a alguien educado es el criterio sistémico. Alguien, por ejemplo, podría ser un abogado o científico bien preparado y sin embargo negarnos a llamarlo un hombre educado. ¿Por qué? No lo hacemos porque la ciencia carezca de valor intrínseco, tampoco porque al hombre no le importe la ciencia, o porque no comprenda sus principios, entonces ¿cuál es su limitación? Su limitación se muestra en su unidimensional especialización y en su incapacidad para conectar lo aprendido con muchas otras cosas –el teatro, la música, la poesía, etc.- que le permitan captar una estructura coherente de la vida. La función principal de este principio sistémico es descartar un especialismo estrecho, más que la de sugerir requisitos positivos.

Finalmente podemos formulas un tercer principio que es el criterio praxiológico. Un hombre puede estar bien informado pero sin embargo no lo calificaríamos de educado. ¿Por qué? Estar educado implica que la manera que un hombre tiene de ver y entender el mundo ha sido transformada por los conocimientos adquiridos. Gracias a lo aprendido transforma el mero vivir en cierta calidad de vida. Pues la manera de vivir del hombre depende de lo que ve y entiende. Es un contrasentido “educarse para ser un mejor delincuente”, quién se justifica diciendo que “quien no tranza no avanza”… En la universidad hay actividades concentradas en la literatura, la ciencia, la historia que poseen mucho contenido cognoscitivo, pero la persona educada no es simplemente la que sigue dedicándose a tales actividades cuando sale de dicha institución, sino aquella cuya gama total de actos, reacciones y actividades se han ido transformando gradualmente al profundizar y ampliar su comprensión y sensibilidad. Este proceso no termina jamás. Eso es lo que significa educación para toda la vida. La educación no termina al obtener un certificado.

Hace algunos años un joven estudiante de derecho, que llamaré Paco, formulaba una serie de preguntas en un seminario organizado para adiestrarnos en el arte de preguntar. En ese entonces participábamos cinco personas y ahora quiero compartir con ustedes tanto las preguntas como algunas de las respuestas ensayadas por el grupo.

Como joven y estudiante que soy –decía Paco-:

- ¿puedo reclamar el derecho a tener una formación que me permita orientar el pensamiento y la conducta a largo plazo? 

- ¿Puedo, a la institución a la que pertenezco, demandar como derecho para que se comprometa con el desarrollo de mi capacidad de comprensión? 

- ¿Estaré exigiendo demasiado si pido a mis maestros me ayuden a adquirir criterios para reconocer lo excelente y duradero, para desarrollar el sentido crítico, el sentido de las virtudes ciudadanas y valores ideales, la simpatía por el trabajo bien hecho de un hombre dondequiera que se haya realizado, para reconocer la sabiduría? 

- ¿Tendría sentido demandar la posibilidad de conjuntar las experiencias indirectas –por medio de lecturas, audiciones musicales, proyecciones de películas, visita a museos, etc.- con las experiencias que directamente me proporcione la vida? 

- ¿Seré racional si exijo que al terminar mis estudios haya logrado tener una mente disciplinada y mejor organizada, capaz de inquirir y distinguir lo falso de lo verdadero y los hechos de la mera opinión; tener una mente formada y capacitada para escribir, leer y calcular, una mente atenta al mundo y abierta a cualquier buena influencia, aunque sólo sea por estimular mi curiosidad, una mente que me permita seguir desarrollando formas de pensamiento y sentimientos? 

- ¿Estaré fuera de lugar si exijo una formación vinculada al desarrollo del método de la discusión que supone un intercambio dirigido y disciplinado, que se caracteriza por el orden y la secuencia lógica? 

- ¿No seré un iluso si demando una formación que me permita tener un cuerpo de conocimiento, un lenguaje común y la habilidad para conversar y exigir que se concrete el principio de “pensar bien para vivir mejor”, para con ello ser un ciudadano comprometido con la construcción de una buena sociedad y una buena vida?

Hoy ese joven es ya un profesional pero continúa manifestando entusiasmo por incluir en la formación de los universitarios el contacto con las humanidades. Yo preguntaba en aquellos momentos -cómo lo hago ahora con ustedes- ¿por qué es necesario o al menos recomendable el estudio de las humanidades en la todas las unidades académicas de la BUAP? 

Son varias las preguntas que se derivan de la pregunta anterior y que es necesario responder antes: 
- ¿Qué son las humanidades? 
- ¿Cómo deben enseñarse y aprenderse? 
- ¿Cuál debe ser el propósito de su estudio?

Durante algún tiempo se consideró que las humanidades (latín humanitas) eran las disciplinas relacionadas con la cultura humana, con los estudios clásicos –arte y cultura de la Antigüedad grecorromana-. Las humanidades eran consideradas distintas a las disciplinas profesionalizantes y entre aquellas estaban la filosofía, la filología (lingüística, semiología, literatura, historia de la literatura, crítica literaria), la historia, la geografía, el derecho, la economía, la ciencia política, la antropología, la sociología, los estudios de arte –artes plásticas, artes escénicas, música, musicología, teoría del arte, crítica de arte, ciencias de la comunicación periodismo, publicidad, documentación, biblioteconomía-, etc. Se decía que las humanidades eran las disciplinas que estudian al hombre y su comportamiento en la sociedad eran las ciencias del espíritu frente a las ciencias centradas en la materia. Este divorcio existente entre ciencias materiales y ciencias del espíritu se intenta superar hoy día con, por ejemplo, la teoría del constructivismo. Hoy se plantea que las humanidades son el medio para que los humanes desarrollemos autoconciencia y que la mejor forma para desarrollar esta autoconciencia son los estudios del lenguaje y las matemáticas ya que desarrollan las inteligencias compartidas por todos los humanes. Edgar Morin ha señalado que la formación de la ciudadanía terrestre pasa por la enseñanza de la condición humana; esta condición puede estudiarse mediante triadas: cerebro-mente-cultura, razón-afecto-impulso, impulso-sociedad-especie.

Si tomamos a las humanidades en su sentido amplio el término se refiere fundamentalmente a la literatura e incluso, en un sentido más amplio, al estudio de las grandes obras maestras en prácticamente cualquier campo de la actividad humana. La literatura que se compone de obras literarias y trata en gran medida con obras maestras en dónde se encuentran los logros humanos en todos los campos del saber, se reconoce como parte de las humanidades sobre todo si no sólo se estudian como “logros” sino como resultados de procesos que involucran la generación de preguntas y los intentos de respuestas que incluyen el ensayo y el error, esto es, como logros históricos; las humanidades son también la historia y filosofía de la ciencia, donde se estudia la creación científica como parte de la biografía y la historia cultural humanas. Dice Jacques Barzún en Adiós a las humanidades “La criba de la creación humana: a eso debemos referimos cuando hablamos de humanidades.”

En las unidades académicas no hay duda de que se estudia el con un enfoque vocacional o profesional, i.e., se reproduce un conocimiento práctico; pero existe también la posibilidad de realizar otros estudios para refinar la condición de los estudiantes y futuros profesionales. Un obstáculo que hay que superar es la confusión existente entre los dos usos del término conocimiento: el que sirve a un propósito inmediato y el que orienta el pensamiento y la conducta a largo plazo. 

En la Facultad de Filosofía y Letras ¿cuál es el enfoque de sus planes de estudios especialmente en los colegio? ¿Cómo se concibe a los profesionales de la filosofía, la historia, la literatura, la antropología? Si hay algo que debe caracterizarlos está muy lejos de lo que el día de hoy ocurre.

Hoy día todas las instituciones están involucradas en la doble empresa de satisfacer la demanda social de profesionales y la demanda académica de especialistas. Los compromisos con las nuevas generaciones deben ir más lejos: deben formar personas educadas.

Puebla, Pue. 29 de febrero de 2020
Paseo de las Fuentes


jueves, 23 de enero de 2020

La labor del humanista

La labor del humanista

Foro “Retos y perspectivas de las humanidades en México”, 21 al 24 de enero del 2020
Auditorio Luis Villoro, de la FFyL (avenida Juan de Palafox y Mendoza 410, Centro).
Facultad de Filosofía y Letras- BUAP
Lizzet González García
Docente en Liceo Reforma
lizzet@gnzlzgmail.com
wa: 2225501220

A partir del surgimiento de las ciencias del espíritu las Humanidades adquirieron el suficiente rigor para ser consideradas disciplinas importantes e integradoras de las demás disciplinas. No es que antes carecieran de rigor, simplemente fue hasta el siglo de las luces cuando se volteó a mirar al hombre como algo más que simple materia. De esta manera se abre camino para mirarlo como un ente incluso más complejo que una ecuación u operación matemática. Lejos de ser predecible y medible en sus acciones; el hombre antropológico, resulta ser un conglomerado de formas de actuar, de ser y de pensar que resultan de experiencias y vivencias propias, mismas que se derivan de un contexto único.
Con lo anterior quiero dar a entender que el hombre es un ser lo suficientemente complejo como para gastarnos la vida tratando de comprenderlo e incluso de regularlo; lo que hicieron las ciencias del espíritu fue mostrarnos una parte del hombre que también puede ser analizada, estudiada o abordada. Las humanidades tienen cimientos fuertes basados en parámetros de análisis antropológico que pueden ser de utilidad a nivel social.

Esa es la definición que he decidido adoptar al respecto de las disciplinas como la antropología, filosofía, arte, psicología, ética, política, sociología. Las humanidades son y fueron disciplinas que se encargan de un análisis profundo y serio del hombre y los diversos aspectos que engloba su paso por este mundo; desde estudios introspectivos del hombre hasta su actuar en las diversas estructuras sociales. 

Las humanidades deben seguir siendo ese análisis profundo, esa reflexión que conlleva a la elaboración de teorías explicativas del fenómeno social y antropológico, sin olvidar que cada uno de los hombres son contenedores de un contexto, experiencia y vivencias propias.

Decir que hoy las humanidades son dominio solamente de un grupo de intelectuales es inválido. Tomando en cuenta que un humanista se encuentra interesado en el análisis socio-antropológico, ¿de qué le serviría solo la teoría? El papel de un humanista debe involucrar realizar un cambio a nivel social; ésta debería ser la labor de los humanistas actuales, arriesgase a rebasar el nivel teórico, pues lo que le interesa finalmente es el bien común de la sociedad. Pero no solo interesa a los humanistas este bien común; demás personas se encuentran interesadas en un cambio y mejora social y esto les abre las puertas del humanismo.

Las humanidades son accesibles para cualquier persona sea cual sea su interés con respecto al hombre o la sociedad. Sí, las humanidades son del dominio público y su finalidad es, aunque suene redundante, humanizar al hombre. Esta humanización consiste en el hecho de poder vernos en el otro; algo así como la empatía; humanizarnos es convertirnos en seres empáticos con la suficiente capacidad de sumergirnos en el otro, conocerlo hasta el punto de experimentar la necesidad de ayudarlo a transformar su realidad.

Claro que cada uno de los humanistas tendrá opiniones diferentes sobre lo que hay que corregir dentro de la sociedad; para algunos será la política, para otros tendrá que ver con aspectos antropológicos; etc. Para mí tiene que ver con la educación; tengo la firme convicción de que utilizando las herramientas y estrategias correctas dentro de la educación la sociedad puede llegar a mejorar a niveles micro y macro.

Es válido revisar las diversas teorías nuevas y clásicas sobre educación que existen en nuestro país y en otros. El reto se encuentra en retomar las teorías que mejor se adapten a nuestros tiempos con la finalidad de formar alumnos que se puedan enfrentar a las exigencias del mundo actual. Para ello debemos tomar en cuenta la transversalidad y la multidisciplinariedad de los conocimientos que se imparten en un aula. 

El humanista que se dedica a impartir conocimientos en el aula debe asegurarse de ser lo más concreto y conciso posible al momento de aterrizar las diversas conceptualizaciones y abstracciones que a lo largo de sus estudios ha descubierto y aprehendido. Es bien sabido que algunas de las personas o la mayoría no comprenden las conceptualizaciones y abstracciones que se manejan en las humanidades y parece  ser esa la razón principal del desinterés y desconocimiento del actuar humanista, muy pocos lo conocen y lo comprenden. 

Ciertas conceptualizaciones propias del humanismo como lo son la ética, la moral y los valores; son necesarias dentro de nuestra sociedad y es parte de la labor humana propagarlas aterrizando cada uno de estos conceptos para que se puedan aplicar en la vida cotidiana.

El humanista debe mediar entre los conceptos más abstractos y la comprensión humana cotidiana, debe ampliar cada vez más sus parámetros de conocimientos multidisciplinarios para tener una mayor comprensión de lo que sucede en el mundo en el que vive. Debe mantenerse al día pero sobre todo consciente de que aún en la pluralidad social, se puede encontrar con singularidades  en cada uno de los sujetos con los que trata y convive día a día. 

Proyectos participantes:

México el árbol de los mil frutos.

Tlciudadana, la televisión para todos.

Temiki Radio.
Sphaera.

Asociación Filosófica de Puebla A.C. Ecos del Espejo
  

Pensar, evaluar y vivir el mundo. Las humanidades a debate.

Pensar, evaluar y vivir el mundo. Las humanidades a debate.
José Antonio Robledo y Meza
Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP
robledomeza@yahoo.com.mx
wa: 2223703233

“Ser educado no es haber llegado a un destino; es viajar con una manera diferente de ver el mundo y la vida. Lo que es necesario no es la preparación febril para algo que está por delante, sino trabajar con precisión, pasión y gusto en lo valioso que está a nuestro alcance”. 
 R.S. Peters en Educación como Iniciación

¿Formar mentes o formar profesionales? ¿La formación profesional un peligro intelectual? ¿Formar una mente libre o subordinada? ¿Formar mentes como herramientas o como potenciales detonadores de la creatividad? ¿Formar mentes para facilitar la realización de tareas mecánicas que sólo requieren del uso de una “correcta” energía, mentes consideradas como utensilios útiles para realizar labores rutinarias o mentes que estén formadas para realizar actividades que no se les enseñó hacer?

Las preguntas anteriores me surgieron al reflexionar sobre las palabras dichas en 1910 por Woodrow Wilson, director de Princeton, quien dirigió un discurso en Madison, Wisconsin, a la Asociación de Universidades Americanas; en ese discurso planteó: “Toda especialización, incluida la formación profesional, es nítidamente individualista en su objetivo... El objetivo... es el interés particular de la persona que busca esa formación”. Manifestaba que dicha exclusividad era “el peligro intelectual y económico de nuestra época”: un peligro intelectual porque el individuo que sólo así ha sido formado es una herramienta y no una mente, y un peligro económico porque la sociedad requiere de mentes y no sólo de herramientas. Wilson consideraba que “para cuando un hombre llega a la edad en que su hijo puede asistir a la universidad, está tan inmerso en una especialización que ya no puede entender el país ni la época en que vive”. Por ello -decía Wilson- la tarea de la universidad (debía ser) re-generalizar cada generación a medida que apareciera”.

Estamos hoy en el año 2016, ciento diez años después del discurso de Wilson y, por lo tanto, debemos admitir que las condiciones han cambiado. Si esto es así, entonces debemos admitir que las preguntas anteriores son irrelevantes porque debemos admitir que las universidades deben limitarse a la formación profesional, formar mentes que sirvan como herramientas para realizar labores bien especificadas en los manuales correspondientes. Admitir que es correcta la propuesta de concebir a quien enseña ya no un “maestro” sino un “facilitador del aprendizaje” y al aprendiz una herramienta solo capaz de hacer lo que está definido como “correcto”; admitir todo esto sin detenerse a pensar en que significan los conceptos de “enseñar”, “aprender” y “contenido” de la enseñanza-aprendizaje.

En una facultad como la de FyL ¿Es pertinente preguntarse a qué está obligada la comunidad en la formación de los jóvenes? ¿Sigue siendo válido sostener que el paso de los jóvenes por la universidad debe ayudarles a adquirir saberes que les permita orientar el pensamiento y la conducta a largo plazo, les permita su refinamiento y la posibilidad de embellecer su vida?

En una facultad como la de FyL ¿Es pertinente preguntarse a qué está obligada la comunidad en la formación de los jóvenes? ¿Sigue siendo válido promover saberes que permitan reconocer la bondad, la belleza y la calidad intelectual de los productos humanos? En otras palabras, ¿Qué el tránsito por la universidad les ayude a transformarse en personas educadas, i.e., en personas cuya mente y cuya conducta exhiban conocimiento y comprensión, sentido de responsabilidad, consideración hacia lo demás,  adquisición de una conciencia crítica?

Si la pretensión de las humanidades es formar personas educadas ¿Deben cultivarse las humanidades como parte de la formación de los jóvenes en la BUAP?

Como puede verse son innumerables los “objetivos de la educación” que pueden considerarse. ¿Cómo elegirlos? Necesitamos criterios para hacerlo. Así pues pasemos a reflexionar sobre tales criterios.

En primer lugar está el criterio epistemológico o de comprensión de los principios. Una persona educada es alguien que no sólo es capaz de realizar una actividad particular, como la abogacía o la investigación o el fútbol, sino además, es capaz de realizarlas por lo que es ella misma (la búsqueda de la verdad por ella misma, hacer algo por lo que tiene de encomiable, hacer algo de la mejor manera posible), a diferencia de cultivarla por algo a lo que podría llevar: riqueza o prestigio, por ejemplo. Pero esto no es suficiente ya que es necesario que el hombre educado posea un conjunto de conocimientos y algún esquema conceptual que eleve esos conocimientos por encima de una serie de datos inconexos. Lo cual implica comprender los principios para poder organizar los datos, tal y como lo hacían Sherlock Holmes, Guillermo de Baskerville o el viejo detective de la película Seven, William Somerset. Tampoco basta estar bien informado sino también tener alguna comprensión del “por qué” de las cosas. Es necesario un desarrollo profundo del conocimiento y de la conciencia. Todo esto es necesario pero no suficiente. Así que pasemos al segundo criterio.

El segundo criterio para reconocer a alguien educado es el criterio sistémico. Alguien, por ejemplo, podría ser un abogado o científico bien preparado y sin embargo negarnos a llamarlo un hombre educado. ¿Por qué? No lo hacemos porque la ciencia carezca de valor intrínseco, tampoco porque al hombre no le importe la ciencia, o porque no comprenda sus principios, entonces ¿cuál es su limitación? Su limitación se muestra en su unidimensional especialización y en su incapacidad para conectar lo aprendido con muchas otras cosas –el teatro, la música, la poesía, etc.- que le permitan captar una estructura coherente de la vida. La función principal de este principio sistémico es descartar un especialismo estrecho, más que la de sugerir requisitos positivos.

Finalmente podemos formulas un tercer principio y es el criterio praxiológico. Un hombre puede estar bien informado pero sin embargo no lo calificaríamos de educado. ¿Por qué? Estar educado implica que la manera que un hombre tiene de ver y entender el mundo ha sido transformada por los conocimientos adquiridos. Gracias a lo aprendido transforma el mero vivir en cierta calidad de vida. Pues la manera de vivir del hombre depende de lo que ve y entiende. En la universidad hay actividades concentradas en la literatura, la ciencia, la historia que poseen mucho contenido cognoscitivo, pero la persona educada no es simplemente la que sigue dedicándose a tales actividades cuando sale de dicha institución, sino aquella cuya gama total de actos, reacciones y actividades se han ido transformando gradualmente al profundizar y ampliar su comprensión y sensibilidad. Y este proceso no termina jamás.

Hace algunos años un joven estudiante,que llamaré Paco, formulaba una serie de preguntas en un seminario organizado para adiestrarnos en el arte de preguntar. En ese entonces participábamos cinco personas y ahora quiero compartir con ustedes tanto las preguntas como algunas de las respuestas ensayadas por el grupo.

Como joven y estudiante que soy –decía Paco- ¿puedo reclamar el derecho a tener una formación que me permita orientar el pensamiento y la conducta a largo plazo? ¿Puedo,a la institución a la que pertenezco, demandar como derecho para que se comprometa con el desarrollo de mi capacidad de comprensión?¿Estaré exigiendo demasiado si pido a mis maestros me ayuden a adquirir criterios para reconocer lo excelente y duradero, para desarrollar el sentido crítico,el sentido de las virtudes ciudadanas y valores ideales, la simpatía por el trabajo bien hecho de un hombre dondequiera que se haya realizado, para reconocer la sabiduría? ¿Tendría sentido demandar la posibilidad de conjuntar las experiencias indirectas –por medio de lecturas, audiciones musicales, proyecciones de películas, visita a museos, etc.- con las experiencias que directamente me proporcione la vida? ¿Seré racional si exijo que al terminar mis estudios haya logrado tener una mente disciplinada y mejor organizada, capaz de inquirir y distinguir lo falso de lo verdadero y los hechos de la mera opinión; tener una mente formada y capacitada para escribir, leer y calcular, una mente atenta al mundo y abierta a cualquier buena influencia, aunque sólo sea por estimular mi curiosidad, una mente que me permita seguir desarrollando formas de pensamiento y sentimientos? ¿Estaré fuera de lugar si exijo una formación vinculada al desarrollo del método de la discusión que supone un intercambio dirigido y disciplinado, que se caracteriza por el orden y la secuencia lógica? Y finalmente, ¿no seré un iluso si demando una formación que me permita tener un cuerpo de conocimiento, un lenguaje común y la habilidad para conversar y exigir que se concrete el principio de “pensar bien para vivir mejor”, para con ello ser un ciudadano comprometido con la construcción de una buena sociedad y una buena vida?

Hoy ese joven es ya un profesional pero continúa manifestando entusiasmo por incluir en la formación de los universitarios el contacto con las humanidades.Yo preguntaba en aquellos momentos -cómo lo hago ahora con ustedes- ¿Por qué es necesario o al menos recomendable el estudio de las humanidades en la Facultad de Derecho de la BUAP? Señalo que son varias las preguntas que se derivan de la pregunta formulada y que es necesario responder antes: ¿Qué son las humanidades? ¿Cómo deben enseñarse y aprenderse? ¿Cuál debe ser el propósito de su estudio?

Durante algún tiempo se consideró que las humanidades (del latín humanitas) eran las disciplinas relacionadas con la cultura humana, con los estudios clásicos –arte y cultura de la Antigüedad grecorromana-. Las humanidades eran consideradas distintas a las disciplinas profesionalizantes y entre aquellas estaban la filosofía, la filología (lingüística, semiología, literatura, historia de la literatura, crítica literaria), la historia, la geografía, el derecho, la economía, la ciencia política, la antropología, la sociología, los estudios de arte –artes plásticas, artes escénicas, música, musicología, teoría del arte, crítica de arte, ciencias de la comunicación periodismo, publicidad, documentación, biblioteconomía-, etc. Se decía que las humanidades eran las disciplinas que estudian al hombre y su comportamiento en la sociedaderan las ciencias del espíritu frente a las ciencias centradas en la materia. Este divorcio existente entre ciencias materiales y ciencias del espíritu se intenta superar hoy día con,por ejemplo, la teoría del constructivismo. Hoy se plantea que las humanidades son el medio para que los humanes desarrollemos autoconciencia y que la mejor forma para desarrollar esta autoconciencia son los estudios del lenguaje y las matemáticas ya que desarrollan las inteligencias compartidas por todos los humanes. Edgar Morin ha señalado que la formación de la ciudadanía terrestre pasa por la enseñanza de la condición humana; esta condición puede estudiarse mediante triadas: cerebro-mente-cultura, razón-afecto-impulso, impulso-sociedad-especie.

Si tomamos a las humanidades en su sentido amplio el término se refiere fundamentalmente a la literatura e incluso, en un sentido más amplio, al estudio de las grandes obras maestras en prácticamente cualquier campo de la actividad humana. La literatura que se compone de obras literarias y trata en gran medida con obras maestras en dónde se encuentran los logros humanos en todos los campos del saber,se reconoce como parte de las humanidades sobre todo si no sólo se estudian como “logros” sino como resultados de procesos que involucran la generación de preguntas y los intentos de respuestas que incluyen el ensayo y el error, esto es, como logros históricos; las humanidades son también la historia y filosofía de la ciencia, donde se estudia la creación científica como parte de la biografía y la historia cultural humanas. Dice Jacques Barzún en Adiós a las humanidades “La criba de la creación humana: a eso debemos referimos cuando hablamos de humanidades.”

En cualquier facultad no hay duda de que se estudia con un enfoque vocacional o profesional, i.e., se reproduce un conocimiento práctico; pero existe también la posibilidad de realizar estudios para refinar la condición de los estudiantes y futuros profesionales.Un obstáculo que hay que superar es la confusión existente entre los dos usos del término conocimiento: el que sirve a un propósito inmediato y el que orienta el pensamiento y la conducta a largo plazo. 

En la FFyL ¿cuál es el enfoque de sus planes de estudios especialmente en el colegio de filosofía? ¿Cómo se concibe al filósofo? Si hay algo que debe caracterizarlos está muy lejos de lo que el día de hoy ocurre.

Hoy día todas las instituciones están involucradas en la doble empresa de satisfacer la demanda social de profesionales y la demanda académica de especialistas. Los compromisos con las nuevas generaciones no deben quedar en objetivos tan chatos.


Mtro. en Historia José Antonio Robledo y Meza, P.I. Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP y fundador y director del proyecto “México el árbol de los mil frutos”.
Miguel Nava, Coordinador de la Asociación Filosófica de Puebla A.C., “Ecos del Espejo”.
C. Mtra. en Filosofía UNAM Karla Pérez Rodríguez, profesora Escuela Preparatoria 2 de Octubre de 1968, BUAP y Secretaria de actividades y proyectos de la Asociación Filosófica de Puebla A.C., “Ecos del Espejo”.
Lic. en Filosofía BUAP Lizzet González García, profesora del Colegio Liceo Reforma.
Lic. en Filosofía BUAP Gonzalo Salgado Villa, profesor del Instituto de estudios superiores VW.
Estudiante del Colegio de Filosofía BUAP, Martín González Rojas, miembro de Sphaera.
Estudiante del Colegio de Filosofía BUAP, Angélica Guadalupe Salazar Ruiz, miembro de Sphaera.

Proyectos participantes:

México el árbol de los mil frutos.

Tlciudadana, la televisión para todos.

Temiki Radio.
Sphaera.

Asociación Filosófica de Puebla A.C. Ecos del Espejo


Foro “Retos y perspectivas de las humanidades en México”, 21 al 24 de enero de 2020 Auditorio Luis Villoro, de la FFyL(avenida Juan de Palafox y Mendoza 410, Centro). Facultad de Filosofía y Letras-BUAP.


Las humanidades hechos y razones.

Foro “Retos y perspectivas de las humanidades en México”, 21 al 24 de enero de 2020
Auditorio Luis Villoro, de la FFyL(avenida Juan de Palafox y Mendoza 410, Centro).
Facultad de Filosofía y Letras-BUAP.
José Antonio Robledo y Meza
Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP
robledomeza@yahoo.com.mx
wa: 2223703233

El foro fue convocado para llevarse a cabo en la Facultad de Filosofía yLetras de la BUAP con el nombre “Retos y perspectivas de las humanidades en México”. Aprovecharé la oportunidad para actualizar la discusión sobre la producción actual del conocimiento social y su relevancia para el desarrollo de una sociedad que cada día requiere y exige de mayores destrezas intelectuales en cada uno de sus individuos, independientemente de la actividad a la que se dediquen.

Si entendemos por “reto”, al que alude la convocatoria, a un“objetivo o empeño difícil de llevara cabo, y queconstituye porello unestímuloyundesafíoparaquienloafronta” (rae), y si son cuatro las temáticas que se propone para guiar las discusiones en torno a las humanidades: investigación, docencia y planes de estudio, vinculación y participación social y divulgación entonces derivemos las preguntas que consideramos relevantes en torno a las humanidades: 

a) ¿Qué investigar y cómo hacerlo?
b) ¿Qué enseñar y cómo hacerlo?
c) ¿Qué vincular y cómo hacerlo?
d) ¿Qué divulgar y cómo hacerlo?

Todas las preguntas giran en torno a “las humanidades”. Para proceder filosóficamente es necesario responder antes, las siguientes preguntas fundamentales:

1) ¿Qué son las humanidades? Esta pregunta nos obliga a preguntarnos:
2) ¿Qué han sido?
3) ¿Qué queremos que sean?

Hecho lo anterior debemos responder a las preguntas
4) ¿Cómo lo haremos?
5) ¿Cómo lo sabemos?

Estas preguntas son filosóficas porque implican tener una visión que involucra, al menos, las siguientes áreas de la tradición: metafísica, ética, política, epistemología e historia.

Es un hecho que las humanidades constituyen una cuestión que atañe directamente a quienes las cultivan y difunden pero también es de interés de los ciudadanos que las demandan como parte de su formación. La cuestión de las humanidades es complejo y esto puede apreciarse por las preguntas que se pueden formular en torno a ellas. A continuación formularemos algunas de ellas.

¿Qué son las humanidades? ¿Los ciudadanos tienen derecho a demandar que las humanidades formen parte de su educación? ¿Las humanidades son portadoras de todos los derechos de un ser humano? ¿En qué consisten la dignidad y los derechos humanos y cuál es su relación con las humanidades? ¿Cuáles el papel de las humanidades en el ejercicio de los derechos y libertades de las personas humanas? ¿Por qué es deseable la presencia de las humanidades en el sistema escolar?¿Quién puede estar “en contra” de las humanidades? ¿Qué significa estar “en contra”? ¿Por qué en pleno siglo XXI deben promoverse las humanidades? ¿Por qué hay tanta dificultad para una reforma racional sobre la enseñanza de las humanidades en todos los niveles del sistema escolar? ¿Qué es lo que está en juego? ¿Quién debe decidir sobre como difundir las humanidades?¿Hasta qué punto la sociedad está dispuesta a apoyarlas? ¿Qué es lo que se legisla (aprueba o prohíbe) en México? ¿Se puede cerrar los ojos ante la flagrante desigualdad de acceso a los servicios escolares? ¿Cuáles son las obligaciones del Estado mexicano con respecto a la difusión de las humanidades?

Características del debate actual

El 15 de mayo de 2019 se decreta la reforma del artículo 3º constitucional. Este artículo modificó significativamente la concepción que de la educación se tenía especialmente lo relativo a las humanidades que fueron explícitamente incluidas. Los conceptos filosóficos de persona, justicia, libertad, solidaridad, derechos humanos, igualdad sustantiva, cultura, obligatoriedad, gratuidad, universalidad, laicismo, honestidad, enseñanza, aprendizaje, docencia, valores y público son fundamentales en este texto. Estos conceptos exigen una redefinición en muchos de los aspectos operativos del sistema escolar: docencia, investigación, evaluación, planes y programas de estudio, extensión universitaria. 

En abril del 2002 aparece en la revista Nexos el artículo de Jacques Barzun “Adiós a las humanidades”. A continuación reproducimos los tres primeros párrafos: 

“¡Ay las humanidades! de dientes para afuera todo el mundo habla de su importancia, todo el mundo está de acuerdo en que no hay nada mejor que un humanista completo, pero lo cierto es que ni los estudiantes se humanizan en su contacto con las humanidades ni tampoco las eligen masivamente, y la opinión mayoritaria, aunque velada, es que las humanidades son sólo para quienes quieren dedicarse profesionalmente a alguna de sus ramas.

Si esto es cierto, y tengo muy buenas razones para creer que lo es, eso significa que la atención que se ha dedicado a las humanidades durante su larga y pública agonía ha estado mal dirigida. ¿En qué consiste la equivocación? Para empezar, ¿sabemos realmente cuáles son las humanidades? Por lo general se cuenta el estudio de la lengua y la literatura, la historia de las artes, la filosofía; en ocasiones, la historia, aunque eso depende del capricho de los científicos sociales; en cualquier caso no tiene mayor importancia. La triple división -ciencias, ciencias sociales, humanidades-, útil en términos de organización académica, contiene el germen del mal que ha infectado prácticamente todo intento de dar un nuevo impulso a las humanidades y hacerlas provechosas. El hecho de que se agrupen determinadas “materias” por su oposición a otras materias denominadas no humanistas ha dado lugar a que las humanidades se transformen, al igual que esas otras materias, en meras especializaciones. Como consecuencia, su propósito original se ha perdido o ha quedado pervertido.

Tan es así que la literatura y las artes se estudian ya de una forma puramente técnica. No se estudia poesía y narrativa o arte y música para recibir y disfrutar lo que en sí ofrecen, sino para poner en práctica algún complicado método que excluye cuidadosamente las sensaciones, el placer y la meditación. Estos “enfoques”, como se les denomina (y acertadamente puesto que no llegan al corazón del asunto), pueden ser o no adecuados para aquellos estudiantes que deseen especializarse en lo que alguna vez fue una materia humanística. Lo que importa no es su valor, sino que si las humanidades se convierten en otras tantas ciencias sociales o ciencias de cualquier clase, no puede esperarse que de ello resulte una mayor humanización.”

Los planteamientos de Barzun fueron antecedidos por un debate en los años 80s del siglo pasado. Este debate fue un giro que data del encuentro y la convergencia de varios fenómenos: la creciente especialización de estos saberes, el reorden de los territorios que abarcan antiguas disciplinas, la emergencia de nuevas disciplinas que exigían una definición sobre las particularidades de sus objetivos y procedimientos propios, el afán de producir sitios que hicieran posible el conocimiento multidisciplinario (ecología, urbanismo, teoría de sistemas, etc.). Una de las peculiaridades que caracterizan al desarrollo de las disciplinas contemporáneas es el creciente impacto que ejercen unas sobre otras -la sociología y la antropología sobre la historia, la politología sobre el derecho, la historia sobre la economía, etc.-, así como una separación creciente entre varios campos visibles que se distinguen no solo por sus objetos de estudio sino por la forma como fincan sus procedimientos y cobran legitimidad en tanto que saberes sociales. Grosso modo, y a costa de simplificarlos, se puede distinguir la demarcación de tres campos: a) las ciencias “duras” o “exactas”, cuyo cometido central es la reducción y elaboración de los referentes de la complejidad, b) las ciencias sociales, ligadas al estudio de la  acción social y la formación de decisiones; y c) las humanidades, cuyo objeto central es la producción de sentido y la autorreflexión sobre el ser humano (historia, filosofía, letras, estéticas, derecho, filología, antropología, comunicación, etc.).

Ninguna de estas definiciones es nueva. Al igual que el de “humanidades”, el termino ciencias “exactas” o de la “naturaleza” data del siglo XVII. El concepto de ciencias sociales es más reciente y se remonta al siglo XIX. Uno de los propósitos del foro seria precisamente recorrer la historia de los diversos significados que han adoptado estos conceptos para definir los diversos campos del saber. 

¿Qué tan pertinente resulta hoy en día la división de los saberes en campos que se nutren a sí mismos y se reproducen de esta manera?

En la última reforma al tercero constitucional, la función social de las humanidades se ha ampliado y se ha vuelto más compleja. Su espacio de recepción alcanza a todos los ámbitos de la educación primaria, media y superior. Su divulgación en los medios de comunicación convoca auditorios masivos. Su papel en la formación de identidades públicas es determinante. Son esenciales para el desarrollo de una ciudadanía auténticamente democrática, crítica y consciente de sus derechos y obligaciones. Hoy existe constitucionalmente un mayor respaldo a las humanidades y, por lo tanto, que las instituciones respalden su desarrollo y consolidación.Ciertamente, la constitución no lo puede todo.

Que este foro ayude a sistematizar conceptos y argumentos para disponer de herramientas de pensamiento, sobre las que mantener un debate intelectual honesto y riguroso. Es necesario promover un amplio debate público, con tiempos equitativos en los medios masivos de comunicación. Por ello, la necesidad impostergable de democratizar el tratamiento en torno a las humanidades. Abordar estos problemas implica enfrentar los dilemas que nos plantean el desarrollo científico y tecnológico, la razón y la libertad. No es posible formular la complejidad de las cuestiones asociadas con las humanidades en un maniqueo posicionamiento de “a favor” o “en contra”. 

Este es un documento general. Para cada cuestión planteada habrá una reflexión aparte.

Mtro. en Historia José Antonio Robledo y Meza, P.I. Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP y fundador y director del proyecto “México el árbol de los mil frutos”.
Miguel Nava, Coordinador de la Asociación Filosófica de Puebla A.C., “Ecos del Espejo”.
C. Mtra. en Filosofía UNAM Karla Pérez Rodríguez, profesora Escuela Preparatoria 2 de Octubre de 1968, BUAP y Secretaria de actividades y proyectos de la Asociación Filosófica de Puebla A.C., “Ecos del Espejo”.
Lic. en Filosofía BUAP Lizzet González García, profesora del Colegio Liceo Reforma.
Lic. en Filosofía BUAP Gonzalo Salgado Villa, profesor del Instituto de estudios superiores VW.
Estudiante del Colegio de Filosofía BUAP, Martín González Rojas, miembro de Sphaera.
Estudiante del Colegio de Filosofía BUAP, Angélica Guadalupe Salazar Ruiz, miembro de Sphaera.

Proyectos participantes:

México el árbol de los mil frutos.












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martes, 21 de enero de 2020

Criterios de humanidad. Foro “Retos y perspectivas de las humanidades en México”, 21 al 24 de enero de 2020

Criterios de humanidad.
Foro “Retos y perspectivas de las humanidades en México”, 21 al 24 de enero de 2020
Auditorio Luis Villoro, de la FFyL (avenida Juan de Palafox y Mendoza 410, Centro).
Facultad de Filosofía y Letras-BUAP.
Gonzalo Salgado Villa.
WA: 2213641511

Este espacio para el dialogo sobre las humanidades, responde al contexto particular que la sociedad mexicana demanda. Ante los cambios coyunturales, en el escenario político y social, se nos invita a hacer una reflexión sobre su papel en lo académico, en relación con la sociedad y a nivel personal. De ahí que los ejes de este foro sean un motor para replantearnos la forma en cómo se vinieron desarrollando los estudios de las humanidades en los últimos años y qué es lo que podemos hacer para revirar o mejorar su estudio y utilidad.

Los temas parten, quiero creer, para esclarecer y debatir sobre los alcances y las áreas de oportunidad que se tienen en la investigación de las humanidades, en la docencia y los planes de estudio de cara a cumplir con la perspectiva político social en la que se desenvuelven, en la vinculación con las ciencias y otros conocimientos, y  su divulgación.

Echando mano de mi profesión, quisiera aportar una reflexión pero empezando por atender a las preguntas que surgen de todos estos temas. El primero es sobre la esencia de las humanidades ¿Qué son?  

La respuesta a tal pregunta se encuentra en la raíz de la palabra  humano o humanidad ¿Qué quiere decir humanidad? El término usado para definir la humanidad, es originario del latín “humanitas”; humus –tierra, anus-procedencia  o genuino, dad-cualidad:   cualidad de quien procede o es genuino de la tierra, haciendo referencia aquella versión del Génesis, de que el hombre fue hecho de barro; la humanidad no se entiende como termino general sino como particular. La palabra humanidades es el plural del termino humanidad; a las humanidades se le conoce comúnmente como aquellos conocimientos que tratan dar cuenta del desarrollo del género humano. Lo anterior nos puede llevar a la cuestión de que no existe una sola noción de humanidad.

Una versión general de humanidad podemos encontrarla en la noción que abarca al conjunto total de la especie humana.  Otro sentido conocido comúnmente es aquel que tiene que ver con la capacidad de sentir afecto, compasión, comprensión o solidaridad por los demás seres vivos de nuestro planeta(perros, gatos, panteras, tigres leones, pandas, otro ser humano, plantas, bosques, cordilleras, tantos seres y cosas como sean posibles de valorizar como buenaspara nuestro proceder).

Otra versión no tan general sobre humanidad, sino más bien ideal, y como tal es necesaria de la aceptación de la divulgación y de la enseñanza del interesado en difundirla, es la que tiene que ver con  aquella dualidad: naturaleza racional del hombre, por un lado, y el espíritu humano por otro. Las dos son consideradas como escindidas de la condición orgánica, material —aunque no necesariamente desprendido de lo orgánico, si como parte fundamental; la razón por ejemplo es una cualidad un tanto independiente, cuando se toma en el conjunto: llámese Estado, regla, norma o idea directriz— como la esencia de la existencia del ser humano.

La humanidad entendida como naturaleza racional del hombre, encuentra que el género humano cobra fuerza como entidad biológica que es capaz de evolucionar para llegar a construir un cumulo de conocimientos sobre su entorno y sobre él mismo, que derivarán en una trascendencia de tipo ideal sobre aquello que lo configura dentro de su grupo. 

La humanidad entendida como espíritu es aquella peculiaridad que trasciende lo biológico para posicionarse en un plano de acción creadora, factor de orden y armonía, en ella el sentimiento creador lo coloca como parte del todo, como ente metafísico que traspasa lo individual y la frontera del tiempo. 

Desde la vista peculiar de la filosofía, la humanidad se ha visto como un fin, algo a lo que se ha de llegar, o como algo que tiene que descubrirse. Aristóteles define al hombre en su Política,  como un “animal- racional-político”, es decir, es un proceso de conseguir pasar de lo animal a la razón  y de la razón a la participación en la sociedad por medio de la comunicación; el hombre, refiriéndose al género, no está en acto sino en potencia. Dos mil cien años después Nietzsche pensaría que la noción de la humanidad  debería superarse, y  de la idea cristiana de humanidad  dar pie al super-hombre, para ello tendríamos que empezar a posicionarnos por encima de nuestra condición orgánica, pero no haciéndonos más santos sino menos primates; ser superhombres es un proceso que inicia con  nuestra condición biológica-selectiva, en donde el más fuerte es quien sobrevive, pero éste es quien debe dejar de pensar en sobrevivir y debe empezar a vivir: bailar es sinónimo de saber depositar nuestras ilusiones a la voluntad de nuestros deseos y apetencias para crear valores que superen a los ya establecidos.  El filósofo mexicano A. Caso consideró que lo humano era una condición de superación de lo orgánico-biológico: el nacer, nutrirse, reproducirse, apuntaban a una visión económica de la vida, en donde la cualidad racional del hombre locoloca en una posición elevada de las especies, pero para dominarlas y seguir el mismo proceso de preservación de su especie; la humanidad, se daría mediante el proceso de salir del problema de la existencia como economía, primero por medio de un momento de contemplación de lo sublime, de lo ideal, lo en sí, para poder entender lo esencial de la existencia; ese momento era la existencia como desinterés: el freno estético para salir de la existencia como animal; pero habría que volver a lo orgánico  como una síntesis de lo económico y lo desinteresado,  por medio de la otra forma de vida: la caridad: hacer el bien que hay en nosotros para con el prójimo. La fórmula anterior exige un sacrificio de nuestra propia existencia por la de alguien más. 

Como se puede observar en las reflexiones anteriores, la humanidad pretende unas veces hacer el freno de lo animal, cambiar la condición predadora de nuestra existencia en el entorno; otras hacer que el dominio se prolongue por más tiempo. Antes del homo sapiens-sapiens existieron nueve especies similares a él, todas ellas superadas,  ya sea por la combinación genética mediante la reproducción o, en su mayoría, por la lucha y la depredación. Hoy en día, ese mismo homo sapiens-sapiens, ha construido caminos, edificios, ciudades, computadores, maquinas que le llevan a prolongar su existencia en un ecosistema, pero no ha dejado de ser un depredador.  Nietzsche, nos decía que somos animales depredadores todo el tiempo y que no hemos aprendido a superar nuestra condición animal, la humanidad nos invita seguir prolongando nuestra condición inferior sobre el resto de los seres, el superhombre es armonía. La humanidad entonces radica en la defensa no de la especie, no del entorno, sino de la naturaleza misma de lo humano: el nacer crecer, reproducirse y defender el final del ciclo: “morir”. La muerte es el único paso armonioso del hombre, aunque se crea lo contrario (espiritualmente o racionalmente).La humanidad no se completa sin el fin del ciclo, la vida  y su antinomia la conforman, ella es la analogía de las dos. En este sentido no se debe entender como un freno de lo animal, ni como la salvación de nuestra especie. La humanidad es la conciencia de nuestro estado en el mundo, como seres orgánicos, como seres sociales, como seres estéticos, como seres empáticos, y como especie que tiende a dejar de existir.

Entonces hasta cierto punto el sentido de las humanidades y de la humanidad sigue dos criterios: uno en el que va de la mano con la forma biológica para poder preservar el orden de cosas establecido por su misma especie; el otro, como un medio para desacelerar el impacto creado por su condición animal. En ese sentido los saberes creados desde uno de los criterios de  humanidad contrastan: por un lado las humanidades pueden ser las aliadas de todos aquellos saberes y conocimientos que permitan establecer el orden y el progreso de la humanidad, respondiendo a las circunstancias y a las exigencias de un cumulo social determinado. Por otro lado, las humanidades se pueden visualizar  como una piedra en el zapatoque atenta contra la jerarquización del orden establecido; deben responder a las necesidades de explicar en un momento determinado nuestra estancia en el mundo y prepararnos para entender el fin de  la misma, o el de otras especies y el entorno mismo, en pos de la armonía. Entiéndase por armonía el efecto natural de permanencia y hegemonía entre las partes componentes de un ecosistema, del planeta, del universo mismo. 
Esto hace pensar en la dificultad de poder develar el criterio a elegir para divulgar y comprender a las humanidades como materia de conocimiento. Las perspectivas antes mencionadas, no permiten ponernos de acuerdo sobre las mejores formas de guiar la investigación y el estudio, su divulgación y su relación con otros conocimientos. El dialogar desde estas dos perspectivas, poner el tema sobre la mesa, el identificar las divergencias, en un espacio como el que hoy se abre, es loable para llegar a entablar diálogos que permitan avanzar hacia una mejor criterio sobre los alcances de las humanidades y su impacto social. Por ello no hay que dejar de entender que las humanidades y los saberes específicos se generan desde el mismo punto: el humano. La separación depende de una valoración contextual, utilitaria, productiva. Si se piensa que las humanidades no alcanzan a hablar el idioma de las ciencias puesto que no tienen métodos definidos y cuando los tienen se convierten en saberes específicos, entonces son absorbidas por las ciencias. Los procesos de aceptación en la construcción del saber pasan por un filtro utilitario y comprensible. Las investigaciones de las ciencias y sus intereses parecen estar alejados de las humanidades más no de lo humano porque responden también a necesidades que le competen.

El gobierno mexicano actual está construyendo caminos para que las humanidades puedan participar en la construcción del país; las reformas a la educación, la creación de la nueva universidad, el cambio del sistema judicial, son el inicio. Por tal motivo, debemos apuntar la mirada a un horizonte que pueda enseñarnos que las dos perspectivas de las humanidades pueden construir las transformaciones que el país necesite. 


Lic. en Filosofía BUAP Gonzalo Salgado Villa, profesor del Instituto de estudios superiores VW.
Mtro. en Historia José Antonio Robledo y Meza, P.I. Colegio de Filosofía, FFyL-BUAP y fundador y director del proyecto “México el árbol de los mil frutos”.
Miguel Nava, Coordinador de la Asociación Filosófica de Puebla A.C., “Ecos del Espejo”.
C. Mtra. en Filosofía UNAM Karla Pérez Rodríguez, profesora Escuela Preparatoria 2 de Octubre de 1968, BUAP y Secretaria de actividades y proyectos de la Asociación Filosófica de Puebla A.C., “Ecos del Espejo”.
Lic. en Filosofía BUAP Lizzet González García, profesora del Colegio Liceo Reforma.
Estudiante del Colegio de Filosofía BUAP, Martín González Rojas, miembro de Sphaera.
Estudiante del Colegio de Filosofía BUAP, Angélica Guadalupe Salazar Ruiz, miembro de Sphaera.

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México el árbol de los mil frutos.
Tlciudadana, la televisión para todos.
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miércoles, 12 de junio de 2019

ADIÓS A LAS HUMANIDADES


Todo conocimiento admite dos usos distintos: puede servir a un propósito inmediato, como guía de una actividad técnica, y puede servir a una finalidad más permanente y menos visible al orientar el pensamiento y la conducta a largo plazo. Al segundo uso le llamamos humanidades, y alude al refinamiento y al embellecimiento de la vida. Su carácter es formativo.

Como decía William James: las humanidades ayudan “a reconocer a un hombre bueno cuando lo tengas delante”. ¿Pero cuál es el estado actual de las humanidades? Con elegancia, con sensibilidad y modestia, Jacques Barzun acomete el riesgo que entraña esta pregunta.

ADIÓS A LAS HUMANIDADES

Por: Jacques Barzun
Traducción de Beatriz Martínez de Murguía

¡Ay las humanidades! de dientes para afuera todo el mundo habla de su importancia, todo el mundo está de acuerdo en que no hay nada mejor que un humanista completo, pero lo cierto es que ni los estudiantes se humanizan en su contacto con las humanidades ni tampoco las eligen masivamente, y la opinión mayoritaria, aunque velada, es que las humanidades son sólo para quienes quieren dedicarse profesionalmente a alguna de sus ramas.

Si esto es cierto, y tengo muy buenas razones para creer que lo es, eso significa que la atención que se ha dedicado a las humanidades durante su larga y pública agonía ha estado mal dirigida. ¿En qué consiste la equivocación? Para empezar, ¿sabemos realmente cuáles son las humanidades? Por lo general se cuenta el estudio de la lengua y la literatura, la historia de las artes, la filosofía; en ocasiones, la historia, aunque eso depende del capricho de los científicos sociales; en cualquier caso no tiene mayor importancia. La triple división -ciencias, ciencias sociales, humanidades-, útil en términos de organización académica, contiene el germen del mal que ha infectado prácticamente todo intento de dar un nuevo impulso a las humanidades y hacerlas provechosas. El hecho de que se agrupen determinadas “materias” por su oposición a otras materias denominadas no humanistas ha dado lugar a que las humanidades se transformen, al igual que esas otras materias, en meras especializaciones. Como consecuencia, su propósito original se ha perdido o ha quedado pervertido.

Tan es así que la literatura y las artes se estudian ya de una forma puramente técnica. No se estudia poesía y narrativa o arte y música para recibir y disfrutar lo que en sí ofrecen, sino para poner en práctica algún complicado método que excluye cuidadosamente las sensaciones, el placer y la meditación. Estos “enfoques”, como se les denomina (y acertadamente puesto que no llegan al corazón del asunto), pueden ser o no adecuados para aquellos estudiantes que deseen especializarse en lo que alguna vez fue una materia humanística. Lo que importa no es su valor, sino que si las humanidades se convierten en otras tantas ciencias sociales o ciencias de cualquier clase, no puede esperarse que de ello resulte una mayor humanización.

En realidad, esta afirmación es una tautología velada, pero implica el criterio básico de que la enseñanza de humanidades a quienes no son especialistas requiere una actitud humanista. El maestro debe extraer de las humanidades todo lo que éstas tienen que decir sobre el ser humano, y tanto el programa de estudios como el departamento, el decano y las asociaciones profesionales deben permitírselo. La conclusión ofrece descubrimientos inesperados. Escuchemos hablar sobre ello a William James, en una reunión de las primeras mujeres graduadas en universidades norteamericanas.

Hace tiempo ya que lo que se enseña en particular en las universidades recibe el nombre de “humanidades” y éstas a menudo se identifican con el griego y el latín. Pero el griego y el latín tienen un valor humanístico general en cuanto literaturas, no en cuanto idiomas; de modo que en un sentido amplio el término humanidades se refiere fundamentalmente a la literatura e incluso, en un sentido más amplio, al estudio de las grandes obras maestras en prácticamente cualquier campo de la actividad humana. La literatura mantiene la primacía, puesto que no sólo se compone de obras maestras sino que trata en gran medida de obras maestras, y cuando adopta la forma de crítica o historia apenas es algo más que una interesante crónica de grandes golpes maestros.

Debemos tomar la definición que ofrece James de manera literal: los “golpes maestros humanos” incluyen los grandes logros de los científicos físicos:
Si se enseña históricamente casi cualquier cosa puede tener un valor humanístico. La geología, la economía y la mecánica son humanidades cuando se enseñan en relación a los logros sucesivamente alcanzados por los genios a quienes estas ciencias deben su razón de ser. Si no se enseña de esta manera la literatura se reduce a una gramática, el arte a un catálogo, la historia a una lista de fechas y las ciencias naturales a una hoja de fórmulas y pesos y medidas.

La criba de la creación humana: a eso debemos referimos cuando hablamos de humanidades.

La exclamación final de James no pretende intimidar a los departamentos de ciencias para que se orienten hacia las humanidades, aunque algunos científicos ya lo hagan y otros más estén deseando hacerlo. James vio como una auténtica posibilidad lo que en parte ya se lleva a cabo en los cursos de historia y filosofía de la ciencia, donde se estudia la creación científica como parte de la biografía y la historia cultural humanas.

Pero la enseñanza implícita en las palabras de James puede aplicarse de manera aún más general. Lo que dice es que todo conocimiento puede tener dos usos distintos: puede servir a un propósito inmediato y tangible en cuanto guía de la actividad técnica, y puede servir a una finalidad más permanente y menos visible al orientar el pensamiento y la conducta a largo plazo. Si al primer uso le denominamos vocacional o profesional, el segundo puede llamarse social o moral (o filosófico o civilizador); el término no importa. Uno alude al conocimiento práctico y el otro al refinamiento.

Durante los últimos cien años, las escuelas y universidades americanas han confundido ambos usos sin saberlo, con la esperanza de que sus estudiantes se beneficiaran de los dos. Es un buen propósito. Las dos actividades merecen la pena y son valiosas desde el punto de vista práctico, pero requieren usos distintos tanto de la materia que se imparte como de la mente, y no es posible fundirlos en uno solo.

¿Cómo llegó a cometerse este error? A finales del siglo XIX las universidades estaban sometidas a una gran presión por parte de las ciencias naturales, de la economía organizada, de las tecnologías en crecimiento y de las nuevas profesiones. Además, los estudios de postgrado estaban subiéndose al carro de la especialización. De alguna manera los cursos de licenciatura tenían que justificar de nuevo su existencia. Sólo podían aferrarse al campo de las letras para tener una función diferenciada, de modo que para atender la demanda social de profesionales y la demanda académica de especialistas, las universidades acabaron con el plan de estudios clásico y tradicional e inventaron el sistema electivo. El gran exponente de este cambio fue el doctor Eliot de Harvard, que era químico.

Como científico, el doctor Eliot seguramente esperaría que un futuro químico o geólogo cursara tres, cuatro, seis o más años de su materia para convertirse en un consumado científico. Pero estaba muy satisfecho si ese mismo estudiante de licenciatura cursaba, aparte de sus materias científicas, un semestre de una cosa y otro de otra durante cuatro años, quizá cuatro años de estudio iniciales. La necesidad de construir, de manera rigurosa y controlada una educación humanista se olvidó se extravió en el cambio. El plan de estudios universitario se rompió en pedacitos y los departamentos se transformaron en pequeños principados que competían por los estudiantes y buscaban su prestigio en la especialización.

No todos los pensadores de la educación cometieron la misma equivocación. William James se dio cuenta de ello, también John Jay Chapman, así como Woodrow Wilson, director de Princeton, que vivió más de cerca el conflicto institucional. En 1910 dirigió un discurso en Madison, Wisconsin, a la Asociación de Universidades Americanas acerca de “la importancia de la carrera de letras como diferente de las carreras profesionales y semiprofesionales”. Inició diciendo: “Toda especialización, incluida la formación profesional, es nítidamente individualista en su objetivo... El objetivo... es el interés particular de la persona que busca esa formación”. En su opinión dicha exclusividad era “el peligro intelectual y económico de nuestra época”: un peligro intelectual porque el individuo que sólo ha sido formado es una herramienta y no una mente, y un peligro económico porque la sociedad requiere de mentes y no sólo de herramientas. Wilson temía la osificación social e institucional producida por las rutinas establecidas. Consideraba que “para cuando un hombre llega a la edad en que su hijo puede asistir a la universidad, está tan inmerso en una especialización que ya no puede entender el país ni la época en que vive”. Por ello la tarea de la universidad (debía ser) re-generalizar cada generación a medida que apareciera”.

La afirmación de Wilson es precisa además de sugerente: re-generalizar, es decir, corregir un defecto recurrente. Para lograrlo deseaba “una disciplina cuyo objetivo sea hacer del hombre que la recibe un ciudadano del mundo social e intelectual moderno, en contraposición... con una disciplina que tenga por objetivo convertirlo en discípulo aventajado de una cierta especialización”. Abogaba por un cuerpo de estudios que tuviese como finalidad “una orientación general, la generación de una visión del área de conocimiento... el desarrollo de la capacidad de comprensión”.

William James y Woodrow Wilson ayudan a comprender que las humanidades, las letras, se sitúan en el extremo opuesto de las especializaciones profesionales, incluido el estudio académico de las humanidades; parece fácil de comprender, pero está claro que resulta difícil de recordar. ¿Por qué? Porque el impulso hacia las profesiones provoca la pregunta escéptica de ¿qué utilidad pueden tener las letras para la formación profesional? ¿No serán un obstáculo para la instrucción o se verán perjudicadas por ésta? Ni James ni Wilson se oponen a la especialización o a la formación profesional. Las reticencias se originan en el lado contrario, el de los oficios y las profesiones, y hace falta con­frontarlas. Así lo hizo James en una frase ya famosa aunque no siempre se entienda: “Después de reflexionarlo largamente, ésta es la respuesta más concisa que me es posible ofrecer: el mejor reclamo que una institución educativa puede hacer sobre uno, lo mejor que puede aspirar a alcanzar para uno mismo es: que te ayude a reconocer a un hombre bueno cuando lo tengas delante”. (Está claro que al referirse a un hombre no se refería a un varón sino a un ser humano). Al dirigirse a las mujeres, Wilson, añadía: Esto es tan cierto en el caso de las escuelas masculinas como en el de las femeninas, y me esforzaré en mostrar que esto ni es una broma ni tampoco una abstracción sesgada”. La explicación de su aforismo era la siguiente:

Se dice que en las escuelas (vocacional y profesional) se obtiene una habilidad práctica relativamente estrecha, mientras que en las “universidades” se recibe una cultura más liberal, un punto de vista más amplio, una perspectiva histórica, un clima filosófico o algo parecido a lo que frases de este tipo intentan expresar. Se oye decir que en las escuelas se transforma a la persona en un instrumento eficaz para la realización de una determinada cosa, pero aparte de ello es posible que quede como una especie de petróleo crudo y humeante incapaz de proyectar la luz... ¿Qué significa esto realmente? Para empezar, no cabe duda de que la formación profesional u ocupacional más estrecha no sólo convierte a la persona en una herramienta práctica y habilidosa en su campo, sino que también le hace capaz de evaluar la habilidad de los demás... Buen trabajo, trabajo limpio, trabajo terminado: mal trabajo, trabajo descuidado, trabajo mal terminado: estas palabras ex­presan un contraste idéntico en muchos y muy diversos sectores de actividad...

...Puesto que lo que precisamente reivindica nuestra educación es no padecer esa “estre­chez”, ¿también permite que seamos buenos jueces de lo que es de primera calidad y de lo que es de segundo orden?

La respuesta es Sí, por supuesto:

Al estudiar de esta manera se aprende cuáles son las actividades .que han resistido el paso del tiempo; se adquieren criterios para reconocer lo excelente y duradero. Todas las letras y ciencias y las instituciones representan la búsqueda de la perfección... y cuando se ve la diversidad de las clases de excelencia, la variedad de los criterios, la flexibilidad de sus adaptaciones, se obtiene una comprensión más rica del significado de términos como “mejor” y “peor”... Nuestras capacidades críticas se desarrollan de una manera más precisa y menos dogmática. Se simpatiza más con los errores de los hombres incluso en el momento en que se entien­den; se percibe el patbos de causas perdidas y de las equivocaciones de tiempos pasados incluso cuando se celebra aquello que los venció,.. Lo que se conoce como el sentido crítico, el sentido de los valores ideales, es la simpatía por el trabajo bien hecho de un hombre dondequiera que se haya realizado, la admiración por lo realmente admirable, el menosprecio de aquello que es barato, de mala calidad y poco duradero, Es lo más importante de lo que los hombres llaman sabiduría.

Todo ello nos remite a eso que todavía hoy proclamamos como “la búsqueda de la excelencia”. Si esta máxima no es hipócrita, sí resulta ineficaz. La educación superior otorga títulos que certifican en teoría la excelencia, pero luego se requieren pilas de cartas de recomendación para poder distinguir a la persona realmente meritoria de las demás. Hace falta también suponer que entre las cartas haya una que sea veraz y contribuya a hacerse un juicio acertado. Como no parece suficiente, también se solicita el resultado de exámenes supuestamente objetivos. Es decir que no nos es posible reconocer a un buen hombre cuando lo tenemos delante. No es capaz de reconocerlo la oficina de ingresos, ni el jefe de personal y con demasiada frecuencia tampoco el electorado. Se podría decir, como réplica a eso, que para poder formarse una opinión atinada hace falta experiencia. Cierto, pero no es menos cierto que una educación humanista no sólo ofrece una experiencia indirecta sino que también prepara a la persona para absorber rápidamente la experiencia que le proporcione la vida.

Hace falta inculcar a los estudiantes desde el inicio estas respuestas a la pregunta de ¿para qué sirve la disciplina' humanista? Es necesario hacerles entender, o al menos aceptar provisionalmente, que sus estudios son intensamente prácticos. Debidamente aprendidas, las humanidades transformarán su mente y su carácter de una manera que no puede ser descrita, pero que les será útil a lo largo de su vida.

Es tan importante hacer explícita esa expectativa como abstenerse de emitir falsas promesas. El estudio de las humanidades no hace a la persona más ética, más tolerante, más alegre, más leal, más amable de corazón, más exitosa con el sexo opuesto o más popular. Es posible que contribuya a que algo de eso suceda, aunque sólo sea indirectamente, mediante la consecución de una mente bien organizada, capaz de inquirir y distinguir lo falso de lo verdadero y los hechos de la mera opinión; una mente formada y capacitada para escribir, leer y calcular; una mente atenta al mundo y abierta a cualquier buena influencia, aunque sólo sea por haber estimulado la curiosidad y por estar seguro de uno mismo.

Estas son cosas que uno puede esperar, pero no hay garantía de que se logren. La vida, como la medicina, no ofrece certeza alguna, pero se sigue viviendo y acudiendo al médico. Por eso debe señalarse una vez más que, sin exagerar las pretensiones de las humanidades, lo que hace falta es que el maestro, el departamento, la junta de profesores, la administración, el grupo indispensable de asesores, compartan todos ellos la convicción de que su cuerpo de estudios tiene una utilidad, una utilidad práctica en la vida cotidiana, a pesar de que nadie pueda llegar a decir “Mi exposición ante el consejo de administración ha sido mucho mejor gracias al estudio de Esquilo”. El siguiente requisito es obvio aunque difícil, el conjunto de materias debe ser diseñado e impartido por humanistas. Aunque existen no se les puede contratar al por mayor. De acuerdo con el principio expuesto por James de poder reconocer a un buen hombre cuando se le tiene delante, hace falta un humanista para encontrar a otro que también lo sea. Eso no significa lanzarse a la búsqueda de genios. Lo que hace falta no es un talento excepcional sino una determinada actitud y hábito pedagógico. En la actualidad y a lo largo de todo el país los departamentos de lengua inglesa, de filosofía y de historia están llenos de gente muy competente y erudita, pero sólo una minoría sería ca­paz de enseñar las humanidades como humanidades. La experiencia de cincuenta años en Columbia ha demostrado una y otra vez la validez de esta verdad empírica. Algunos de los que han sido seleccionados para impartir los cursos de Civilización Contemporánea y de Humanidades, o el Coloquio sobre los Libros Clásicas, han fracasado, a menudo por el disgusto que les provocaba la tarea y con frecuencia también por su temperamento muy poco humanista.

En parte, la razón del fracaso es que no es posible enseñar las humanidades mediante conferencias, la preparación de clases o la memorización. El método socrático es el adecuado. Es el método de la discusión, pero no tal como se suele practicar. El auténtico método supone un intercambio dirigido y disciplinado, que se caracteriza por el orden y la secuencia lógica. El instructor no debe forzar a que los alumnos hablen de acuerdo con unos parámetros ya establecidos, sino que debe, según la frase de Swift, “enfriar al sabihondo y despertar al estúpido”, con el fin de desarrollar los temas pero sin dejar que el interés decaiga.

El resultado es una conversación en sentido incluyente. Invita al conocimiento, a la fluidez verbal, la sensibilidad hacia las palabras, la cortesía, la rápida apreciación de la fuerza de una observación, la lógica y a la conciencia permanen­te de que la materia de las humanidades es social no sólo en su génesis sino también en sus consecuencias. En las humanidades, el Hombre ideal se dirige a otros hombres en cuanto hombres y en una interminable variedad de formas: a través del lenguaje en muchos idiomas distintos; a través de la poesía, oral o escrita; a través del discurso de la prosa y el teatro; la música y la danza; la oratoria política y forense; la historia oral y escrita; el mito, la religión y la teología. Todas estas actividades, que pensamos que surgieron de los folletos universitarios o los comités de profesores, son en realidad actividades sociales muy antiguas. Vistas en su conjunto nos ofrecen toda la experiencia de la humanidad.

No es posible absorber, ni siquiera adquirir un leve barniz de esta masa cristalizada de pensamiento y emociones en una carrera universitaria, ni aun en toda una vida. Por eso es importante seleccionar bien cuando se quiere enseñar a los jóvenes, o a los que ya no lo son tanto, el significado de ser humano. Como James indicó, hace falta cribar la creación humana y utilizar los ejemplos más adecuados para dejar una impresión duradera en las mentes que por edad, formación o circunstancias no hayan podido percatarse de este tesoro.

Lo que condujo a la idea de los Libros Clásicos fue la necesidad de escoger. La idea se le ocurrió a George Edward Woodberry, de la Universidad de Columbia, a principios del siglo XX; John Erskine transformó la idea en un curso y posteriormente Mortimer Adler y Robert Hutchins la introdujeron en Chicago y Saint John's. Esta idea ha cobrado ya su propia vida, aunque de ningún modo sea la única manera de introducirse en las humanidades. Está claro que parte del contenido debe consistir en obras originales y no ser una tarea descriptiva o crítica de segunda mano. Resulta mejor y más entretenido leer a Shakespeare que a un comentarista de su obra y escuchar a Beethoven que hurgar en las notas del programa. No hay duda de que un humanista recalcitrante y de vocación estará en capacidad de elaborar un plan de estudios de humanidades.

Pero debe ser un plan de estudios, una secuencia, no un conjunto de cursos en los que se picotee. A lo largo de los cuatro años debe exigirse que se cumpla con las distintas partes de dicha secuencia en el orden adecuado. Un poco de aquí y un poco de allá no lleva a ninguna parte y desde luego no conduce a la adquisición de conocimientos sólidos ni a una forma de pensar. Nadie puede esperar que egrese un licenciado “humanizado” después de haber recibido una manita de literatura universal y otra de historia del arte. La naturaleza misma del propósito humanista excluye el sistema optativo. La persona no preparada desde un punto de vista humanista no puede tener más que opiniones de oídas, o ninguna en absoluto, sobre las materias a elegir y las que nunca verá en absoluto. Una vez más hace falta señalar que la naturaleza social de las humanidades está lógicamente relacionada con el hecho de compartir una formación común y un cuerpo común de conocimientos. La formación debe ser progresiva, tanto si el plan de estudios se organiza históricamente como por temas, y debe por ello enfrentarse al placer de poner en práctica un conocimiento cada vez mayor a medida que se avanza sobre los distintos segmentos. Las humanidades son, de todas las materias imaginables, las que menos se prestan a ser acotadas y encajo­nadas. Recordemos el deseo de Wilson de re-generalizar a la nueva generación.

Al defender la idea de que la formación profesional es individualista y la cultura generalizadora como social, Wilson puso sobre el tapete una cuestión política que hace falta airear. Con demasiada frecuencia se discute empleando términos vagos como “democracia” y “elitismo”: supuestamente, las humanidades favorecerían lo último y remarían en contra de lo primero. Este tipo de argumentos son tontamente inconsistentes. La ignorancia de una persona en literatura y las artes no le convierte en un demócrata ni su conocimiento de ellas le hace un elitista. La posesión de conocimientos sirve para someter a los demás a un poder injusto sólo si se Utilizan con ese preciso propósito: un físico, un abogado o un clérigo pueden explotar o humillar a otros, o pueden actuar de manera humanitaria y benéfica. En cualquier caso resulta absurdo invocar la existencia de una “élite” que maquina la opresión de los demás detrás de cualquiera que saque partido de su status educativo. Como Wilson sabía, los humanistas también son individualistas. En cuanto tales son las últimas personas de las que se podría sospechar que conspirarían contra los legos, que es todo lo que se quiere decir con el estúpido término elitismo.

Lo que realmente representa un peligro, mucho más que esa élite imaginaria, es la combinación actual de una educación humanista especializada y a medio hacer. Corremos el riesgo de convertimos en un país de pedantes. Empleo la palabra literal y democráticamente para hacer referencia a los millones de personas movidos por un cierto tipo de pasión en su tiempo libre y en su vocación. En los dos aspectos de su vida esta pasión se manifiesta en un parloteo pedante. Pienso en los observadores de pájaros y los amantes de la naturaleza, en los jóvenes que coleccionan discos y siguen de cerca la vida de los cantantes de música y las estrellas de cine; me refiero al tipo de conocimiento que tienen los fans de todas clases: los adictos al béisbol y los fanáticos de la ópera, los devotos de los trenes eléctricos y los coleccionistas de objetos, desde una primera edición hasta el netsuke.

No sólo son pedantes porque saben y recitan una enorme cantidad de datos (clamarían contra la tiranía si una escuela les pidiera que aprendieran todo eso). Lo que horroriza no es la cantidad de información que poseen, sino la ausencia de toda reflexión al respecto, algún sentido de la relación entre ello y ellos y el mundo. No tienen nada con lo que comparar o contrastar, no adquieren ninguna perspectiva desde la cima de su monstruosa masa de datos y no emerge ninguna generalización que ilumine la monotonía de su esfuerzo. Todo su aprendizaje es dinero estéril, carece de todo interés porque en un sentido estricto no tiene utilidad ninguna. Alguien podría argumentar que sí se utiliza este conocimiento de datos cuando llega el momento de comprar más libros raros, bandejas de plata o sellos de correos. Pero eso no es utilizar el conocimiento para embellecer la vida y destilar sabiduría, tal como puede hacerse con el conocimiento que se tiene y se utiliza de manera humanista.

Estos comentarios no son los de un outsider desdeñoso. Me encantan el béisbol, la ópera, los trenes eléctricos y las historias policíacas, y sé algo de ello. Pero me deja consternado que otras personas, que saben mucho más, no sepan hacer nada con ello excepto reunirse con sus pares para intercambiar algunos datos...

Los defensores de la educación humanista tienden, como ha sido mi caso, a enfatizar la importancia total que tiene en cuanto disciplina de la mente. Hablan de su carácter formativo, y no tanto informativo, y exhortan a los maestros a no olvidar que no les debe preocupar .tanto una exposición larga y detallada de la materia sino el desarrollo de formas de pensamiento y sentimientos. Algunos humanistas mencionan con un gesto de orgullo que no les importa si diez años después un egresado ha olvidado todo lo que ahí aprendió. Esta aseveración parece querer distinguir la elevación de las humanidades de la inclinación mundana de las profesiones. Es una pose ridícula. Si un estudiante entiende de verdad lo que son las humanidades y para qué son, no podrá evitar recordar en detalle los sucesivos elementos que le llevaron a poseer una mente cultivada.

Por otra parte, las humanidades son un gran vocabulario formado por términos, frases, nombres, alusiones, caracteres, acontecimientos, máximas, réplicas: miles de significados incorporados con los que es posible pensar y evaluar el mundo. Todos estos son datos, todo esto es un conocimiento qué recordar de manera precisa e inteligente. En ese sentido las humanidades proporcionan, como cuerpo de conocimiento, un lenguaje común. Se pide a gritos la “comunicación” y se habla de que se carece de ella. Lo que se debería pedir en lugar de ello es que haya más conversación, que a duras penas practican los pedantes. Pues la conversación es el principio de una buena sociedad y una buena vida. Es la llave que abre las celdas que son nuestras profesiones, nuestros hobbies y, en no menor medida, nuestras bellas artes y nuestra vida académica.


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