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viernes, 9 de mayo de 2025

La madre, vale mucho o poco

La madre, vale mucho o poco

José Antonio Robledo y Meza

 

Nunca estamos solos. El mundo no nos resulta extraño, ni hostil si vamos acompañados de una madre real o ficticia. En México lo sabemos porque tenemos madre para todos. Este exceso de sentimientos los expresamos a través del juego que nos ilumina: el lenguaje. “Madre” pertenece al ambiguo universo con lo que controlamos enojo y censura. Su fuerza infinita radica en su ambigüedad. Es una palabra que se encuentra más allá de las contradicciones. “Madre”, dice Octavio Paz pertenece a ese grupo de palabras “a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. Lenguaje sagrado, como el de los niños, la poesía y las sectas. Cada letra y cada sílaba están animadas de una vida doble, al mismo tiempo luminosa y oscura, que nos revela y oculta. Palabras que no dicen nada y dicen todo. Son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos.”

En México los significados de la palabra son innumerables. Es una voz mágica. Basta un cambio de tono, una inflexión apenas, para que el sentido varíe. Hay tantos matices como entonaciones: tantos significados como sentimientos.

Veamos algunos ejemplos de la fuerza expresiva de la palabra: alegría (que a toda madre), escepticismo (no te creo ni madre), venganza (vamos a darle en la madre), accidente (se dio en la madre), efecto visual (no se ve ni madre), sentido del olfato (eso huele a madres), rspeculación (¿qué es esa Madre?), sorpresa (¡¡¡madresss!!!). superlativo (¡a todisísima madre!), expresión de alegría (¡Que Madre tan buena!), exceso de velocidad (va hecho la madre), egoísmo (no me dio ni madre), como acción (vamos a hacer esa madre), acción futura (vamos a terminar esa madre), animos (andale con esa madre), despectivo (¡vales pa’pura madre!), juramento (por mi madre), reparación (haz que funcione esta madre!), reclamo (no tienes madre - o - qué poca madre), negativa rotunda (¡¡¡ni Madres!!!), alquimista (lo que toca le da en la madre), ubicación geográfica (dónde está esa madre), valor dietético (trágate esa madre), adjetivo calificativo (qué poca madre) fracaso (¡ya valió madres!), reclamo (¡qué poca madre tienes!) negativa rotunda = ¡Ni madres!, amistad (¡es a toda madre!), recuerdo (¡madre solo hay una! (por eso en cualquier momento o lugar la recuerdan)), sentido del gusto (eso sabe a madres), sentido del valor (me vale madre).

A continuación, veamos otros juegos del lenguaje:

Madreado. Una persona muy golpeada, en mal estado. Se utiliza también cuando la persona se encuentra muy cansada o enferma, así como también a cosas. Ejemplo: "Raúl se peleó y lo dejaron muy madreado", "tengo gripa y me siento muy madreado", "ese carro que me venden está muy madreado". Sinónimos: Golpeado En mal estado Fregado Chingado.

Madrazo. Golpe. Existen derivaciones de esta palabra (ver "Madriza", "Madreado")

Ejemplo: "Se enojó y le dio un madrazo", "Se dieron unos buenos madrazos", sinónimos: golpazo chingadazo fregadazo golpe. 

Madrear. Propinar una paliza o golpiza en grado superlativo a alguien, también se puede usar como "romper la madre", ejemplo: ""vamos a madrear a Carlos ya nos tiene hartos", "voy a romperle la madre a Paco"", sinónimos: golpear, vapulear. 

Madriza. Golpiza, tundir a una persona a golpes, ya sea entre varios o uno solo. Ejemplo: "le dieron una buena madriza", sinónimos: chinguiza, putiza, golpiza, tunda, paliza.

Imposible olvidar el grito de batalla cotidiano “¡grandísimo quijote de la tiznadísima chingamusa!”.

 

robledomeza@yahoo.com.mx

2223703233

  

lunes, 9 de mayo de 2022

Collage a la Madre

Collage a la Madre

Los juegos del lenguaje. Algunos significados del término “madre” en México.

Desorden = Que Desmadre

José Antonio Robledo y Meza


De niño aprendí una clasificación de las mujeres; por un lado, estaba mi mamá y del otro las otras. Conforme fui creciendo en edad –no digo de estatura porque provocaré hilaridad en quienes me conocen- también en conocimiento de ciertas palabras que provocaban enojo y censura de nuestra madre. Aprendí que en su ambigüedad estaba su fuerza. Palabras más allá de las simples contradicciones, de los planos oxímoros. Palabras dice Paz “a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. Lenguaje sagrado, como el de los niños, la poesía y las sectas. Cada letra y cada sílaba están animadas de una vida doble, al mismo tiempo luminosa y oscura, que nos revela y oculta. Palabras que no dicen nada y dicen todo. Son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos.”

Alegría = Que a toda Madre


Escepticismo = No te creo ni Madre


Venganza = Vamos a darle en la Madre


Accidente = Se dio en la Madre


Efecto visual = No se ve ni madre


Sentido del olfato = Eso huele a Madres


En México los significados de la palabra son innumerables. Es una voz mágica. Basta un cambio de tono, una inflexión apenas, para que el sentido varíe. Hay tantos matices como entonaciones: tantos significados como sentimientos.

Especulación = ¿Qué es esa Madre?


Sorpresa = ¡¡¡Madresss!!!


Superlativo = ¡A todisisima Madre!


Expresión de alegría = ¡Que Madre tan buena!


Exceso de velocidad = Va hecho la Madre


Egoísmo = No me dio ni Madre


¿Qué es la Chingada? La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El “hijo de la Chingada” es el engendro de la violación, del rapto o de la burla. Si se compara esta expresión con la española, “hijo de puta”, se advierte inmediatamente la diferencia. Para el español la deshonra consiste en ser hijo de una mujer que voluntariamente se entrega, una prostituta; para el mexicano, en ser fruto de una violación.

Pasado imperfecto = Que poca Madre


Como acción = Vamos a hacer esa Madre


Acción futura = Vamos a terminar esa Madre




Ánimos Ándale con esa Madre



Despectivo = ¡Vales pa’pura madre!


Juramento = Por mi Madre



... “Aunque después tenga que pagar las consecuencias”




P.D.Y sin olvidarnos de el dicho "Madre...solo hay una"

Reparación = Y que jalara esta Madre!




Reclamo = No tienes Madre - o - Que poca Madre

Negativa rotunda = ¡¡¡Ni Madres!!!

Alquimista = Lo que toca le da en la Madre

Ubicación geográfica = Donde esta esa Madre

Valor dietético = Trágate esa Madre

Adjetivo calificativo = Que poca Madre

Fracaso = ¡Ya valió madres!

Reclamo = ¡Que poca madre tienes!

Negativa rotunda = ¡Ni madres!

Amistad = ¡Es a toda madre!

Recuerdo = ¡Madre solo hay una, por eso en cualquier momento o lugar la recuerdan!

Sentido del gusto = Eso sabe a Madres



Madreado

Una persona muy golpeada, en mal estado. Se utiliza también cuando la persona se encuentra muy cansada o enferma, así como también a cosas.

Ejemplo: "Raúl se peleó y lo dejaron muy madreado", "Tengo gripa y me siento muy madreado", "Ese carro que me venden está muy madreado"

Sinónimos: Golpeado En mal estado Fregado Chingado

Madrazo

Golpe. Existen derivaciones de esta palabra (ver "Madriza", "Madreado")

Ejemplo: "Se enojó y le dio un madrazo", "Se dieron unos buenos madrazos"

Sinónimos: Golpazo Chingadazo Fregadazo Golpe

Madrear

Propinar una paliza o golpiza en grado superlativo a alguien, también se puede usar como "romper la madre"

Ejemplo: ""Vámos a madrear a Carlos ya nos tiene hartos"

"Voy a romperle la madre a Paco""

Sinónimos: Golpear Vapulear

Madriza

Golpiza, tundir a una persona a golpes, ya sea entre varios o uno solo.

Ejemplo: "le dieron una buena madriza"




Estamos solos. La soledad, fondo de donde brota la angustia, empezó el día en que nos desprendimos del ámbito materno y caímos en un mundo extraño y hostil. Hemos caído; y esta caída, este sabernos caídos, nos vuelve culpables. ¿De qué? De un delito sin nombre: el haber nacido. Estos sentimientos son comunes a todos los hombres y no hay en ellos nada que sea específicamente mexicano, así pues, no se trata de repetir una descripción que ya ha sido hecha muchas veces, sino de aislar algunos rasgos y emociones que iluminan con una luz particular la condición universal del hombre.

Mecánica = Como funciona esta Madre

robledomeza@yahoo.com.mx

cel: 2223703233

miércoles, 19 de junio de 2019

Guadalupe-Tonantzin nuestra madre


Guadalupe-Tonantzin nuestra madre
Por: Lizzet González García
WA: 2225501220

La verdad es que tengo muy pocos recuerdos de cuando fuimos uno el señor Ometéotl y yo; creo que tenía visión, oído, tacto y todos los demás sentidos; aunque realmente no sé para qué estaban esos atributos en nosotros si no había nada que ver, escuchar o tocar. Yo jamás nací, he existido desde el comienzo de todo; incluso antes del tiempo.

En un inicio cuando moré, si se le puede llamar así, en el señor Ometéotl; fuimos una sola conciencia, de hecho, no tuve conciencia propia hasta que él decidió que debíamos separarnos. Creo que lo que quería Ometéotl era una extensión de su amor, comprensión y cariño; atributos que, por supuesto se encontraban en él, mismos de los que después me colmó.

Mis características debían especializarse o agudizarse, yo fui uno de los más grandes proyectos del señor Ometéotl; debía ser una guerrera, pero delicada a la vez; debía tener un carácter fuerte, pero también debía saber dar palabras de aliento; debía velar los sueños de otros anteponiéndolos incluso antes que los míos; en mí se eliminó cualquier posibilidad de experimentar egoísmo, cansancio o sueño. Era yo quien debía tener brazos fuertes que resistieran cualquier carga, pero unas manos delicadas que supieran acariciar; se me proveyó la suficiente sapiencia para poder resolver cualquier tipo de problema; se me procuró el poder de curar cuerpos y corazones heridos. Se me dieron piernas fuertes para acompañar a los míos por los más sinuosos senderos; y unos labios suaves para poder besar y transmitir todo mi ser y mi amor. Se me facilitó la capacidad de alimentar con mi propio cuerpo a otros; incluso mi cuerpo sería la primera morada de cualquiera de los seres que decidiera crear el señor Ometeotl y esto es porque me había separado de él para que pudiera ser madre. Así es, yo soy Tonacacíhualt, la primera madre, algunos prefirieron llamarme Coatlicue.

Después de mi separación, comenzó a haber cosas para ver, escuchar y tocar; puesto que Ometéotl dedicó su ser a la creación de los trece cielos y los nueve infiernos; dejando un espacio entre ambos para lo que fue la creación del Tlaltipac.

Yo moraba en el Teteocán que se encontraba en el duodécimo cielo; pero también tenía acceso al Omeyocan o Tamoanchan; este lugar era solo para mí, era mi propia morada, incluso hice un árbol, el Chichihuacuauhco, un árbol de senos que me ayudaba a amamantar a las almas de los hombres que eran enviados al Tlaltipac para que su espíritu llegara con una fortaleza inquebrantable, llenos de amor, bondad y compasión por los otros.

Ometéotl había impuesto una regla, y ésta era que las diosas como yo, solo podíamos quedar en cinta una sola vez. Entonces, quedé en cinta una vez que me corté con un cuchillo de obsidiana, di a luz a una hermosa niña que se convirtió en la diosa Coyolxauhqui; pero mi matriz fue tan fértil que junto con Coyolxauhqui nacieron otros 400 vástagos; todos mis hijos y yo vivíamos en el Teteocán.

Los hijos son algo maravilloso, te hacen experimentar el amor más puro y sincero en el universo; sabes que rebasas tus límites por ellos; no sabes realmente lo que eres y de qué estás hecha hasta que ellos sacan ese verdadero ser. Sin embargo, como es bien sabido, los hijos también son los jueces más rigurosos y esto lo comprobé una vez que me acaeció un evento muy extraño que incluso a mí misma me costó trabajo comprender. Y es que alguna vez, mientras barría en el Tamoanchan, a lo lejos miré que se me aproximaba una pluma muy hermosa, que encontró su lugar en mi regazo mientras me dedicaba a reposar un momento; pero cuando reanudé mi faena, me di cuenta de que había quedado en cinta una vez más. Varios de mis hijos al enterarse tomaron esto como una falta muy grave; puesto que todos sabían que una diosa solo podía estar en cinta una sola vez. Coyolxauhqui aprovechó la ira de mis demás hijos para alentarlos a que me asesinaran por mi falta.

Lo único que me quedó fue huir; debía hacerlo porque en mí había una vida que proteger, no pude quedarme ni en el Teteocán y mucho menos en el Tamoanchan; me fugué con el corazón roto y el alma hecha trizas, no podía creer que mis propios hijos me dieran la espalda. Cuahuitlicac, uno de mis vástagos, me ayudó a esconderme durante todo el tiempo de gestación en un cerro ubicado en el Tlaltipac, el cerro de Coatepec. Tuve bastante miedo porque en ese entonces el Tlaltipac se encontraba momentáneamente deshabitado; solo éramos Cuahuitlicac, el bebé que llevaba en mis entrañas y yo en ese lugar que de momento estaba olvidado por los habitantes del Teteocán.

Cuahuitlicac no podía desaparecerse por completo del Teteocán, le pedí que volviera para que nadie sospechara de él y le pudieran causar algún daño por culpa mía; y así lo hizo. En los momentos de ausencia de Cuahuitlicac conversaba con el ser que se gestaba en mi interior y para mi asombro, este ser me respondía para tranquilizarme; para decirme que todo estaría bien, que Ometéotl tenía una misión especial para él en el Tlaltipac; una misión que implicaba a los hombres que serían creados durante una quinta era solar. Y eso lo comprendí en un futuro, cuando miré a mi hijo servir como guía de uno de los pueblos que habitaron sobre el Tlaltipac; uno de los pueblos que se convertirían en uno de los imperios más poderosos después de esta travesía, los Aztecas.

En una de las veces, que me visitó Cuahuitlicac; momento en el que comencé con dolores de parto, Coyolxauhqui lo siguió y percatándose del lugar en el que estábamos, no dudó en ir en busca de sus hermanos para darme muerte. A los habitantes del Tlaltipac se les contó por mucho tiempo que la luna que alumbraba sus noches había sido resultado del sacrificio de uno de los dioses del Teteocán, se relataba que había sido el sacrificio de Nanáhuatl; y aunque muy pocos la saben, lo que les voy a contar es lo que en realidad sucedió.

Al momento en que parí a mi hijo Huitzilopochtli, quien nació con el tótem de un colibrí, adquirió de inmediato una forma adulta y una armadura que le permitió protegerme de los ataques de mis primeros 400 hijos, los Centzon Huiznáhuac; le tuvieron tanto miedo al poder que emanaba de Huitzilopochtli que mejor huyeron hacia el sur, convirtiéndose en las estrellas que adornaron el cielo y ayudan a alumbrar la noche en la tierra. Mi pobre hija Coyolxauhqui tuvo un final más trágico, pues, aunque traté de evitarlo, la rabia de Huitzilopochtli era tanta que lo cegó y lo llevó a cortarle la cabeza a su hermana mayor, Coyolxauhqui, y mientras su cuerpo desmembrado rodaba colina abajo del cerro de Coatepec, su cabeza volaba por los aires hacia lo más alto en el cielo.

Ya no pude hacer nada, todo ese suceso me pesó mucho, lo único que pude hacer por mi hija para mantenerla viva fue permitirle convertirse en un astro de luz que, a mi parecer, es el más bello durante la noche, le concedí un resplandor fastuoso, la convertí en la luna. Pedí a Ometéotl que esta historia no se contara a los hombres y aunque fue así durante algún tiempo, finalmente la verdad salió a la luz.

Una madre no puede dejar de querer a ninguno de sus hijos; a pesar de las faltas cometidas, los errores o los traspiés que éstos lleguen a cometer; nos duele en el alma que los hijos sufran; quisiera uno evitarles cualquier tropiezo o humillación; sin embargo existen veces en las que no se puede y menos aun cuando en la era del quinto sol se nos prohibió intervenir en la vida de los hombres sobre el Tlaltipac, a quienes la ambición y el deseo de riquezas los llevó a cometer actos fatales en contra de sí mismos. Entonces había guerras entre los hombres, peleaban por territorios sin darse cuenta de que los dioses les habían permitido habitar donde quisieran sin necesidad de pelear por ello; reñían por tesoros y riquezas, sin saber que la mayor de ellas era vivir sobre la tierra para poder mirar, tocar y escuchar todo lo que ésta les ofrecía; contendían para despojar al otro de lo que ostentaba.

Hubo una vez en la que a uno de los pueblos del Tlaltipac no solo quisieron despojarlo de sus riquezas o tesoros; también intentaron borrar de su memoria la existencia de los habitantes del Teteocán. Hubo una vez en la que se intentó sustraer sus creencias, su cultura y cosmovisión. Lo que no sabían los sustractores, era que las almas de los sisados habían sido alimentadas en el Tamoanchán con el Chichihuacuauhco y jamás olvidarían su origen; jamás olvidarían que los del Teteocán les había provisto de cuanto habían disfrutado en la tierra. Jamás olvidarían a su Coatlicue; aunque ahora me llamen Guadalupe-Tonantzin.

Puebla, Pue. 18 de junio del 2019

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