492 años de la fundación de la “república de agricultores españoles”.
José Antonio Robledo y Meza
Puebla de los Ángeles fue fundada el 16 de abril de 1531. Para recordar
aquel suceso reproduciré lo que Paco Ignacio Taibo I escribió en el “Prólogo y asombro” de su
obra titulada Fuga hierro y fuego. A continuación, el texto.
“Llegaron en un revoloteo de risas, gritos y advertencias urgentes; pero el aterrizaje lo llevaron a cabo con una suavidad
y un tecnicismo verdaderamente magníficos. Era un grupo numeroso, y desplegaban sus grandes alas blancas llenos de confianza y de una cierta vanidad profesional que llevó
a alguno de ellos a dar varias vueltas sobre el lugar indicado, como
si quisieran
mostrar sus últimos hallazgos en
materia de aeronáutica.
Los ángeles, al fin, pusieron sus pies descalzos
sobre lo que más tarde sería la ciudad de
Puebla.
Era un gran placer verlos así, en un revuelo de plumas y carcajadas, convirtiendo un pequeño salto en un breve vuelo, azotando con el plumaje el aire y levantando de la tierra briznas de hierba y hojas secas. Se llamaban los
unos
a los otros y se golpeaban, jugando, ala contra ala, como si también en
las plumas tuvieran la sensación del tacto. Eran altos, bellos,
y muy ligeramente vestidos, con el pelo largo
y la mirada clara; eran ángeles académicos, cantando en sonetos,
descritos por los Santos Padres de la Iglesia,
pero un
poco irrespetuosos
con la
tradición.
Llegaron en un grupo que ya desde muy lejos cabrilleaba entre los rayos del sol, mostrándose tan límpidos y tan
esplendorosos como el sol mismo.
En fin, los ángeles llegaron y empezaron
a trazar la ciudad que habría de ser como
el gran aglutinante de la fe cristiana en un paisaje de pueblecitos míseros y paganos.
Eran los ángeles
del Imperio
y hablaban
español.
A su alrededor se alzaban las ruinas de las últimas
resistencias, nombres de imposible entendimiento para los recién llegados: Amozoc, Texmelucan, Atlixco, Cholula, Huejotzingo…
El grupo de trabajo se quitó sus escasas ropas,
recogió a la espalda, con cuidado, sus
fantásticas alas, y comenzó a trazar
la ciudad de Puebla marcando su perímetro con
cordeles, estacas y brochazos de
cal.
Cuando terminaron, los ángeles volvieron a reunirse en el centro de la gran marca y uno de ellos, más risueño, más seguro y exultante que los otros, señaló sobre
la tierra una gran
cruz blanca:
la catedral.
Después miraron a su alrededor, recogieron sus ropas y se vistieron sin prisas, charlando,
comentando los pequeños incidentes de este trabajo nuevo
para
ellos; desperezaron las complejas armazones de plumas, agitándolas en
breves
espasmos, caminaron por última vez sobre el valle elegido, probaron
su capacidad de despegue, saltaron sobre los dedos de los pies y tomaron vuelo en una idéntica algarabía de
voces desprovistas de todo
recato.
A varios metros sobre la traza de la nueva ciudad,
giraron en rápidos círculos, como para obtener las últimas impresiones sobre sus esfuerzos, y después
comenzaron a elevarse hacia el sol, tan
gráciles, tan seguros y chillones que
aún hoy los ateos de Puebla siguen afirmando que no eran ángeles, sino
patos.
Pero esto sólo iba a ser el prólogo de la historia del lugar. El primer acto se inicia con
santo Toribio
(…) Y así fue como el día del santo Toribio llegaron desde los rumbos más
lejanos, atravesando incluso sierras, guiados por
la noticia de que un pueblo estaba a punto de nacer, las gentes que irían a convertirse en los poblanos
primeros.
No venían solos, sino acompañados por tribus de
indios, tocados con plumachos y telas de colores locos, en los pies cascabeles hechos con frutas secas y en las
manos sonajeros
y ramas
verdes.
Venían indios con maderas sobre los lomos, otros
con cargas de paja, o con retorcidos clavos
de fierro y mecates enrollados en ramas. Traían, otros muchos,
utensilios, algunos de los cuales eran aún de
muy reciente descubrimiento.
Llegaban los indios
con mujeres
y niños.
Pasaban de nueve mil. Treinta
y tres
casas se
hicieron para otras tantas familias
españolas. Siete días se tardó
en hacer
el pueblo.
Después los indios celebraron una gran fiesta y
oyeron la primera misa del lugar. Al terminar el largo rito, llevado a cabo en
un idioma tan desconocido para los conquistados como para los conquistadores, los frailes bendijeron a los nuevos vecinos
(…) Al terminar la misa, los indios levantaron el campo, recogieron a los niños desperdigados, aceleraron
el trabajo de las mujeres y
organizaron, de forma
absolutamente imprevista, una gran danza para
atraer a los ausentes.
Tardaron los frailes en comprender que nueve mil indios estaban bailando para llamar con sus sones a los ángeles; que aquello era un grito de ayuda enviado a los alados mensajeros del nuevo dios. Pero los ángeles no volvieron a
Puebla (…) Los frailes, por
aquellos días empeñados en traducir una serie de signos ambiguos, procuraron frenar lo antes posible la concentrada danza y se dieron
a empujar,
hacia sus
lugares de origen, a las
tribus.
Se iban los grupos empenachados perdiéndose entre
los altos magueyes, pero las voces de los cantores seguían sonando en el poblado, en donde las mujeres se movían
ansiosas de organizar los nuevos
hogares, al fin en
paz.
Sonaban lejos los himnos religiosos, entre el polvo del atardecer, cantados con una fe sin júbilo, con palabras que se iban confundiendo, empastelando, en un coro en
el que sobresalían las recias voces castellanas de los frailes,
quienes pretendían, así, imponer no sólo
un cierto orden en el canto, sino establecer
la forma
correcta de pronunciar cada
palabra.
Pero las palabras se retorcían de nuevo, se transformaban
de nuevo, se hacían nuevas a los oídos de los frailes que enronquecían guiando al suave rebaño de
cantores.
A las puertas de las treinta y tres casas, los poblanos escucharon los últimos girones de los himnos y luego entraron en sus hogares y cerraron las
puertas.
Se fueron los indios para Tepeyac, para Cholula,
para Tlaxcala, para Xelpan, para Huejotzingo, para Tepeaca.
Se fueron dejando el semen de Puebla de los Ángeles en un lugar rodeado de nada.
Y apenas si se hubieron
marchado, comenzó a llover. Fray
Toribio de Motolonía se asustó.
Llovió tan fuerte sobre los nuevos poblanos que
el agua azotaba de un sitio para otro, atravesando las calles y
entrando y saliendo en las
casas.
Fray Toribio de Motolinía llegó a pensar que algo
en el ritual de la fundación había sido equivocado
y que Dios estaba ofendido. Pensó, también,
que acaso un indio ladino hubiera escondido, entre
los cimientos de algún hogar,
uno de esos amuletos para hacer llover que por obra del malo consiguen hasta
torrenteras.
Seguía lloviendo y los frailes de los conventos instalados en los cerros lejanos supieron de este interminable aguacero y pidieron, públicamente, por
los aterrados
padres de familia.
Agua pertinaz y
espesa, decía fray Toribio. Se
llegó a murmurar que Puebla había nacido con pecado y a sugerirse
que lo mejor que podían hacer los agricultores
varados en aquel lodazal era abandonar el campo y volver a los sitios de procedencia,
por tierras de Veracruz.
Indios empeñosos
dueños de dioses para llover, frailes en procesión, cristianos que observaban los negros nubarrones desde valles aledaños; todas
estas
presiones no consiguieron que los nuevos poblanos desfallecieran.
Parecía como si en ese mismo momento estuvieran
marcando la señal de su comportamiento
futuro.
Y cuando ya las casas
iban a
disolverse, salió el sol y todo
volvió a su ser. Entonces fray Toribio de Motolinía, convertido en el primer cronista de la ciudad, escribió un párrafo que aún hoy hace sonreír de comprensión
y gozo a quien lo lee: «Dos
credos después de haberse ido la gran nube, el lugar de Puebla estaba
seco y
limpio como una taza».
Salieron
al sol, sobre la limpia taza, las treinta y tres familias y dieron gracias a Dios, comenzando de inmediato a organizar una vida que habrían de heredar, siglo tras
siglo, sus descendientes.”
robledomeza@yahoo.com.mx
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